Miércoles, 3 de junio de 2020

‘En Salamanca’ y otros poemas del venezolano Ramón Palomares

 Ramón Palomares y José Alfredo Pérez Alencar, en la Plaza  Mayor de Salamanca (foto de Jacqueline Alencar, 2002)

 

En casa hoy memoramos otro cumpleaños (el número 85) de Ramón Palomares, grande amigo y mejor poeta. Nuestra amistad siempre ha sido inquebrantable, tanto en Mérida como en Salamanca: dicen que todavía lo ven por esas montañas andinas de su Venezuela natal. En casa, los tres tenemos muy presente al ‘viejo lobo’, al ‘capitán’ que nos fuera presentado, ya para siempre, por Carlos Contramaestre, nuestro hermano mayor.

 

Manuscrito de Palomares en carta a A. P. Alencart

 

Palomares era poco dado a escribir sobre ciudades o pinturas, pero Salamanca fue una de las escasas excepciones, como también lo fueron sus versos inspirados en una pintura del maestro José Carralero, amigo entrañable de mi casa y huésped duradero en nuestro corazón.

Aquí van estas perlas pergeñadas por un venezolano que supo rendir ofrenda a Salamanca y a Fray Luis.

 

Retrato de Palomares hecho por Carlos Contramaestre en el Aula Unamuno del Edificio Histórico de la Universidad de Salamanca, mientras el de Escuque leía sus poemas inaugurando el Foro de Iberoamérica de la Usal (Salamanca, 1991)

 

EN SALAMANCA

Para Alfredo Pérez Alencart

 

Escuchamos el canto del pájaro en la piedra,

 

la piedra vieja y sabia,

y escuchamos al gato ronronear bajo el pelaje leonado

y unas voces se oían junto a otras, lejanas,

cuando la campana sonó en medio del frío.

Y la bella muchacha que pasaba desapareció en el muro sin sol.

 

La tarde era de golondrinas y algún pino arriba de los techos

y el vivísimo césped recordaba que era la estación exquisita.

Hacía yo mi lección de escritura y despertaba en Salamanca

como un niño remoto después de una larga noche de lluvia.

Y miré la madera antigua, recogida,

y escuché el árbol sapientísimo bajo las palomas.

 

La ausencia del agua y el graznido de papeles sombríos,

la veleta en la cruz rematando la cúpula y el azul.

 

Y siempre los ramajes ardiendo en el silencio.

(Salamanca, 24-4-1991)

 

Francisco Brines, A. P. Alencart y Ramón Palomares, en  el Ayuntamiento de Salamanca (Foto de Jacqueline Alencar, 2004)

 

... Quiero decirles que, como presente modestísimo, he traído unos versos para un príncipe de los versos, una ligera piedra ornamental para el gran aurífice, y en el sueño que nos da la facultad para revertir lo imposible me doy a la aventura de sobrevolar la ciudad y así seguir a buena altura el duro exilio de Fray Luis: él sí sabía volar y develaba desde el aire huertos y torres, igual que lenguas idiomáticas, palabras sagradas y sabia antigüedad –su mirada profunda, su inteligencia floreciente en luz. Hombre calmo y confiado y hombre apasionado y presuroso: ¡Renazca en estos predios su iluminación!

 (Palabras de Ramón Palomares en el Ayuntamiento de Salamanca, 2004)

    

Retrato de Ramón Palomares en el Colegio Fonseca de la Universidad de Salamanca, obra del pintor Miguel Elías (2004)

 

FRAY LUIS SOBREVUELA SALAMANCA

A Alfredo Pérez Alencart

 

Yo que amo a Salamanca y la miro en mí mismo,

su Tormes y su Toro y sus graves conventos,

la piedra que la funda y la arcilla que asciende

extasiada en sus muros, sus praderas y patios;

en el aire otoñal color de golondrina

y el esmeralda fluido de intensas primaveras

Yo que soy su bandera, su victoria y su víctima

no me duelo en mirarla desde una torre ciega

pues desciendo con ella y con ella regreso:

tortuosos caserones de rojiza congruencia

de su trama escogí una espadaña en vuelo

-extensión de sus arcos, pródigos de armonía;

y el huerto que cruzara mi paso adolescente.

El verano es ahora y la celda arde suave

sin rencor, sin ahogo, en la imagen del puente

-largo en el gris de piedra

que duele como el verso

del Eneas virgiliano al contar su desgracia.

No es mía la tristeza, la obsequié a mis contrarios

mudos en el pasado, atrapados del miedo.

De mí sé de volar sobre esos techos lentos

que levitan conmigo hasta el cielo más alto.

Salamanca de Tormes, de Frailes, de caballos,

de tabernas y espadas

donde el verbo se pule con música de esferas:

Salamanca soy Yo, créanme el cielo y Cristo

por sus nombres sagrados

-humildes e irradiantes-

imposibles al ojo de inteligencias muertas

que un astro oscuro

avienta hacia la nada.

 

Mérida, Venezuela, octubre de 2004

  

Pintura de José Carralero, inspiración del poema de Palomares

 

ENTRE PÁRAMOS

 

                                        A Jacqueline

A propósito del cuadro Otoño,

 del pintor José Carralero

 

Ah  Sí

el camino entre páramos…

y extraños con figura de sauces reciben a sus primos.

El cielo blanco incita sus camadas de lobos,

pero no hay gente aquí.

Una bruja escondida guarda las llaves del recio caserón.

Los taumaturgos revelan de lejanos crepúsculos

comentan sus enigmas,

están amparados por una enceguecedora luz blanca.

La bruja  prueba su liturgia.

El camino, ha escapado del frío

Y sus gredas, su ceniza y su espuma han alcanzado, lejos,

la otra claridad.

 

Es la visión de un hombre puesto a resolverse

Y que anda arañando, escudriñando y revolviendo desde su ventana

y a lo profundo sabe y siente que el otoño es presagio,

tan solo que en el corazón de su convalecencia

esconde un niño

(que es la rosa tras el espacio rojo

la cabeza del topo que mira indiferente

y el tinte de manzana al pie de la ruina).

La inocencia insiste en un canto ameno y cadencioso

aunque el cielo esté lleno de osos irritados y la tempestad

en camino revuelva su furia.

Ojos del pintor, él sabe:

La finísima tela que le abre sus visiones

y la sabiduría de su hacer

nunca serán vanas.

Y nos ofrece, con la seda de su luz misteriosa

un zumo de  alegría, de asombro y de belleza

que hace olvidar el frío, la brasa y la candela.

Y su poder de encantamiento

Nos estremece como un árbol de pólvora.

 

Mérida, junio de 2010

 

 Jacqueline Alencar y Ramón Palomares, en el Colegio Fonseca de la Universidad de Salamanca (2004)

 

Ramón Palomares (Escuque, 1935–Mérida, 2016). Premio Nacional de Literatura de Venezuela (1974) y Premio Internacional de Poesía Víctor Valera Mora (2006). En 2001 recibió el Doctorado Honoris Causa por la Universidad de los Andes. Original como pocas, la poderosa poesía de Palomares ofrece noticia inefable de mestizajes de muchos siglos, de recuerdos espejeados en pueblos andinos, de pasajes de la historia y de las leyendas andinas que él ha sabido dar refugio no perecedero en la médula de sus libérrimos versos. Sus libros de poesía son: El reino (1958); Paisano (1964), Honras fúnebres (1965); Santiago de León de Caracas (1967); El vientecito suave del amanecer con los primeros aromas (1969); Poesía -1958-1965- (1973); Poesía  (1977, Antología-); Adiós Escuque (1974); Elegía 1830 (1980); El viento y la piedra (1984); Mérida, elogio de sus ríos (1985); Alegres provincias (1988); Trilogía (1990, Antología); Lobos y halcones  (1997, Antología); El canto del pájaro en la piedra (2004, Antología realizada por Alfredo Pérez Alencart), con pinturas de Miguel Elías); En el reino de Escuque (2006); Vuelta a casa (2006) y Sobrevolar a Salamanca (2010, antología coordinada por Alfredo Pérez Alencart, con pinturas de Miguel Elías). También pueden mencionarse la plaqueta El ahogado (1964) y Mérida, fábula de cuatro ríos (1994), antología de textos en prosa por él recopilados. Sobre su obra han escrito, entre otros, José Ramón Medina, Paul W. Borgeson, Carlos Contramaestre, Luis Alberto Crespo, Ludovico Silva, Patricia Guzmán, Eduardo Milán, María Elena Maggi, José Barroeta, Jesús Serra, Salvador Garmendia, Adhely Rivero, Juan Liscano, Adriano González León, Gabriel Jiménez Emán, Eleazar León, Oscar Zambrano Urdaneta, Ennio Jiménez Emán y José Manuel Barreto.

Carlos Contramaestre, Ramón Palomares y Alfredo Pérez Alencart (Universidad de Los Andes, Mérida,  Venezuela,1995)