Refugiados climáticos: el mayor contingente de los próximos años

La lucha por el clima implica una toma de conciencia acerca de nuestras (insostenibles) costumbres.

Tania Curiel

Activista por los Derechos Humanos

Según un informe del Banco Mundial, 143 millones de personas podrían convertirse en «refugiados climáticos» de aquí a 2050. Este término designa a las personas forzadas a huir de sus países debido a degradaciones ambientales y/o catástrofes naturales causadas por el cambio climático, como pueden ser: la subida del nivel del mar, la salinización de las aguas, la sequía, la contaminación, la erosión de la tierra, tormentas, la intensificación de las olas de calor… El Banco Mundial subraya la vulnerabilidad medioambiental de África subsahariana, Asia del Sur y América Latina, específicamente, debido a su proximidad geográfica con los Trópicos y su débil nivel de desarrollo económico, que complica la instauración de medidas de prevención.

Hasta ahora, no es un estatuto ratificado por los Estados, y carece entonces de vinculación jurídica. ¿Por qué? Porque la Convención de Ginebra de 1951 instituye el estatuto de refugiado con estrictas condiciones de atribución, que excluyen al clima: por una parte, no se hace mención del clima como posible factor de persecución o de violación de los derechos fundamentales de las personas; y por otra parte, sólo se aplica a desplazamientos internacionales, cuando de momento, la mayoría de las migraciones climáticas son desplazamientos internos. Efectivamente, la subida del nivel del mar ya provoca cada año la migración de millares de personas residentes de espacios insulares del Pacífico y de Oceanía (Tuvalu, Maldivas y República de Kiribati, en particular), y de zonas costeras de baja altitud, debido a inundaciones. La sequía también implica la búsqueda de nuevos espacios viables, y en particular para las poblaciones rurales que dependen de la agricultura.

Fue en 1985 cuando el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) evocó específicamente al concepto de «refugiado ambiental» para denunciar el hecho de que estas personas hayan de ser re-enviadas a sus países e impulsar a la comunidad internacional a luchar contra el cambio climático. Las manifestaciones del cambio climático no surgieron de golpe, sino que las señales estaban en rojo desde los años 50: aumento de la temperatura global de la Tierra de 1°C, concentración atmosférica de CO2 y Gases de Efecto Invernadero (GEI) que aumentan en paralelo a las emisiones producidas por las actividades humanas… Y considerando la lentitud de los avances, me atrevo a decir que hay una verdadera falta de voluntad de incluir esta cuestión en el derecho internacional, y de proponer una respuesta legal a estas poblaciones que se convertirían en apátridas, si es que consiguen desplazarse antes de la catástrofe.

A principios del 2020, el Comité de Derechos Humanos de la ONU emitió sin embargo un fallo histórico en cuanto a Ioane Teitota, nativo de Kiribati: inundaciones, escasez de las tierras cultivables, disminución de las fuentes de aguas dulce… son algunos de los efectos del cambio climático sobre su país, que obligan a este hombre a cruzar fronteras, y que violan el derecho a la vida. En tales condiciones, y desde las perspectivas moral y legal «no puede ser deportado».

La comunidad científica demostró que los países del Norte también se verían afectados por el cambio climático en los próximos años: bien porque se convertirán en potenciales destinos, bien porque ellos mismos constituirán países de origen. Por ejemplo, 60% del territorio de losse ubica bajo el nivel del mar y está expuesto a sumersiones, el Danubio experimenta una subida de sus aguas, Alaska se ve afectada por el derretimiento de los suelos árticos, Nueva Orleans padece de un número creciente de huracanes… Y solo a partir de aquí, el riesgo sale de su abstracción y se convierte en una realidad palpable.

Con el fin de menospreciar la contradicción entre nuestros comportamientos y la urgencia climática preferimos seguir negando la realidad. Pero esto va en contra de las generaciones futuras y de las personas más vulnerables que ya padecen los efectos del cambio climático (en 2015, la ola de calor en Karachi mató a 2000 personas). Incluso en cuanto al clima nuestro mundo se fractura entre un grupo más rico y otro más pobre: el Norte dispone de un nivel de desarrollo económico que le permite poner en marcha programas de prevención y de protección relativamente eficaces (Países Bajos y Reino Unido ya proyectan barreras ante subidas del nivel del mar de un metro, por ejemplo), al contrario de los Países Menos Desarrollados (que ya cuentan con espacios imposibles de salvar).

Aunque la voluntad de promover este estatuto repose más sobre la voluntad política de controlar los contingentes futuros de refugiados climáticos y preservar sus economías que por justicia y solidaridad, podría al menos permitir a los desplazados defender sus intereses. Sin embargo, esto solo constituiría un avance pero no un cambio radical. La lucha por el clima implica una toma de conciencia acerca de nuestras (insostenibles) costumbres. El informe del Banco Mundial concluye de hecho con una nota positiva, según la cual se podrían llegar a reducir en el 80% los desplazamientos previstos si el mundo reacciona y reduce efectivamente sus GEI.