Jueves, 2 de abril de 2020

Candente actualidad

Saco de mi bolsillo una carta de carácter reivindicativo que alguien me ha metido en la manifestación y en su reverso comienzo a escribir: “persona, trapo blanco, ablación, Ernesto Cardenal, Lidia Falcón, Cristina Almeida, Alcasser, México, Colombia, Marilyn, Marisol, Twigg, Amparo, coronavirus…”. Así hasta cuarenta palabras

Los más perspicaces habrán observado que esta entradilla, en su manera tan tradicional (lo primero que tienes a mano) de utilizarla, se parece a la piadosa carta que implorando por Atilano Coco para que lo sacaran de la cárcel le entregó su señora a Unamuno y que este utilizó por su reverso para escribir palabras de réplica a la perorata del señor Astray. (Vean la película). En mi caso también son unos apuntes de lo que pienso mientras sigo la marcha.

Apuntes que a veces sirven para algo y a veces no. En esta ocasión serán la guía para el presente artículo. Persona en griego quiere decir careta, máscara, caricatura o cara, con la que hombres o mujeres protagonizamos el mismo papel, y en la escena de la vida también hemos de disfrutar los mismos derechos y deberes, aunque a veces sea de manera complementaria. Trapo blanco, como violación de la intimidad de la mujer, y ablación, una mutilación prehistórica impropia del siglo XXI. Con lo enunciado, ya no hace falta decir que la manifestación era la del Día de la Mujer.

Una larga lucha en la que en lo político -hablamos de mujeres que aún están con nosotros- Lidia Falcón estuvo presa muchos años por su militancia feminista y política clandestina, la misma lucha que en la transición y en la democracia, junto a otras muchas mujeres, fue pionera Cristina Almeida.

En lo artístico, nuestra Marisol, como la modelo londinense Twigg, quien se retiró a los veintipocos años de las pasarelas, no quiso ser la Marilyn española: una mujer exportable.

En todo el mundo, víctimas de las mafias -Colombia, México, etc.-, o de violencia de género, muere un gran número de mujeres. En nuestro país, las niñas de Alcasser y su asesino Anglés siempre permanecerán en el lugar más trágico de nuestra memoria.

Y hablando de Dios y de la mujer, no me he olvidado del sacerdote y poeta Ernesto Cardenal, fallecido recientemente, quien en sus primeras memorias, a los 74 años, decía que “habría podido llegar al misticismo sin que Dios y una mujer se estorbaran”. “Entonces -cuando hubo de tomar los hábitos- su mayor renuncia fue a lo afectivo, a lo erótico, a lo sexual”.

Y fue suspendido a divinis por Juan Pablo II por su empeño en no abandonar ni el ministerio ni la Teología de la Liberación, que tanto alarmaba al Vaticano. Así, metido en política, como ministro de Cultura de su país, fue amonestado públicamente por el Papa en su viaje a Nicaragua. Pero Ernesto Cardenal nunca se arrepintió de lo que hiciera mal. Así se explicaba: “La máxima autoridad debe ser siempre la propia conciencia”.

Pero no puedo terminar mi artículo de hoy sin referirme al problema que tanto nos embarga: el coronavirus, con lo que también completamos la palabra Amparo. Sí, Amparo Muñoz. ¿La recuerdan? Nuestra Miss Universo, quien renunció al título harta de que la trajeran y la llevaran. Después protagonizó 40 películas hasta que cayó en desgracia y fue señalada como presunta portadora del VIH, sufriendo rechazo casi medieval por desconocimiento general de la enfermedad. Afortunadamente pudo volver a trabajar después de dos años. Al final, en el 2011, murió víctima de cáncer a los 56 años.

¡Que el coronavirus termine pronto! Y mientras, se trate a los contagiados con la mayor humanidad para que nadie sienta mayor tormento por ser discriminado.