Jueves, 28 de mayo de 2020

Escritura

Con mucha frecuencia la lectura no sirve para volcar los anhelos que nos llevan y nos traen. Anhelos que no pocas veces la lectura ha ayudado a generar.

Es entonces cuando necesitamos pasar a volcarnos en un recipiente distinto y llegamos hasta el umbral de la escritura. La escritura tiene todos los posibles rostros del hombre y, con ellos, también su fulgor o desamparo. 

Uno comienza a escribir guiado por una necesidad casi puramente biológica, tan intensamente obstinada que no puede sino entregarse a la melodía de los textos, a esas “palabras que me cantan”, como escribe Ida Vitale[i]. Y entonces, la página en blanco se vuelve amiga y enemiga a la vez. 

Es el cuenco en el que se contienen los afectos y los miedos, la mejor confidente; pero también el vacío, un proceso de aprendizaje en la espera y en la escucha, aquello en lo que Marta era aventajada por María. 

Todos los que escribimos sabemos lo que es esperar a que llegue la musa. Escribe Joyce en una carta a un amigo: 

“Me gusta la idea de que el Espíritu Santo esté presente en el tintero”[ii]

La inspiración es ese movimiento inicial de la respiración que consiste en llenar de aire los pulmones, pero que también sirve para denominar ese estado indefinido de escucha creadora con el que se convoca siempre la escritura. 

Uno se inspira o es inspirado por algo externo, musa o espíritu como afirmara Joyce, no en vano este término, espíritu, en su origen latino spiritus, también significaba aliento o respiración, y en el griego pneuma, viento. Y tiene mucho que ver con la apertura interior silenciosa que permite que el mundo nos hable…

Escribir es uno de los gozos más inmensos que se le han podido otorgar al hombre. 

“Golpear las palabras una contra otras, hasta hacer saltar la chispa que las ilumina.”[iii]

Escribir es reunir los que estaba disperso. Palabras que se multiplican, como los hombres, en su encuentro. Cuanto más distantes, más expresivas, como si su genética mejorara la raza al unir términos lejanos. 

Rozar la palabra que persigue los destellos de un incendio que sucede ante los ojos, es la experiencia universal de todo aquel que escribe. 

“De cada maravilla irrepetible/ queda un eco que evocan las palabras:// rescoldos del incendio./ Tratando de evocar la llama viva/ de todo ese esplendor traducimos sombras.”[iv]

Nombrar con música ese ahogo que domina a quien intenta dar cabida del mar inmenso de la vida y su experiencia en un pequeño cubo hecho de palabras. 

También al lector le ha ocurrido eso a veces. También el que lee siente, en ocasiones, que los textos no llegan a alcanzar, ni siquiera la rozan, toda la verdad vivida, que no hacen sino aproximarse al brocal de un pozo luminoso y profundo, cuyo fondo solo se puede intuir. 

La vida intensa produce luz, y su reflejo en la literatura –aun cuando sirva para iluminarnos como lectores– solo puede ser sombra.

Y además, en el límite breve que separa al lector del escritor, se sitúa la palabra escrita como una manera de combatir los infinitos rostros de la muerte. 

Leemos y escribimos para demorarnos en los minutos, para alargar la conciencia y su extensión, y también para combatir la desesperanza. 

La escritora mexicana Ángeles Mastretta recoge en su colección de relatos Mujeres de ojos grandes, un puñado de historias en las que las mujeres resisten y se salvan, gracias a su capacidad de narrar su propia historia. Todos hemos escuchado en la infancia el relato de nuestros antepasados por boca de nuestros abuelos, y esas narraciones han ido trenzándose en nuestra biografía hasta constituirnos como una estirpe narradora que sobrevive gracias a su capacidad natural para el relato. 

Precisamente esta escritora, Ángeles Mastretta, luchó contra la enfermedad de su hija relatándole, mientras ella estaba en coma, las historias de las mujeres fuertes de la familia, las mujeres de ojos grandes, experiencias que luego recogió en este volumen, y que –frente al insistente pronóstico médico– lograron que su hija un día, tras un largo periodo de maternales narraciones diarias, abriera los ojos e iniciara sorprendentemente su recuperación[v].

Así pues, el escritor escribe de sí –de quién si no– de uno u otro modo, en mayor o menor medida, con mayor o menor parecido y cercanía, los escritores cuentan aquello que sienten dentro ya sea para contrastarlo luego con otras ficciones imaginadas, ya como estímulo interior surgido a la luz de sensaciones externas. 

Y escribe porque no puede no hacerlo, aunque lo escrito se quede para siempre en un cajón o llegue solo a ser leído por alguien cercano. Y el lector, el receptor de aquella historia que el autor no ha podido sino escribir, el lector, digo, sea uno o un millón, se mira frente a un espejo y descubre, página a página, las diferencias o –en ocasiones también– semejanzas con los personajes de la narración. Y eso le hace sentirse acompañado en el mundo.

Quién hubiera podido imaginar que podrían unirse de manera tan asombrosa términos tan disímiles como “yeso” y “jazmines”. Una suma que parecería de locos si no se contemplara el acierto final del verso: 

“Entre yeso y jazmines, tu mirada/ era un pálido ramo de simientes.”[vi]

Para rescatar en un chispazo la palidez amorosa de la piel, sobre la que se resalta la oscuridad de la semilla-pupila. La mirada oscura reverberando entre el yeso frío de la piel y el olor perfumado del jazmín. 

Y ahí está el destello que surge del entrechocar de las piedras. La luz que surge de sumar palabras como cantos pulidos por el agua, pero duros, que no se pliegan sino que solo se someten a ser moldeadas por la transparencia del dúctil y suave líquido.

El poeta recrea el momento íntimo de silencio nocturno en el que amasa sobre el folio la escritura: 

“Escribo ya con la noche/ en casa. Escribo/ sobre la mañana en que escuchaba/ el rumor de la cal o de la lumbre/ y solo tú eras/ quien decía mi nombre./ Escribo para llevarme a la boca/ el sabor de la primera/ boca que besé temblando./ Escribo para ascender a las fuentes./ Y volver a nacer.”[vii]

La noche columpia, de este modo, la oscilación cansada de los versos. Escribo ya, dice el poeta con un verbo que convierte en realizativo su poema. Escribo, escribe, mientras realiza el acto de escribir, con la claridad de lo oscuro como cobijo, calentando en su sombra los trazos rítmicos, y dejando que el pensamiento o el poema, en una clara modificación de la mirada sobre el tiempo, se vuelva invisible hacia el pasado.

“Escribo sobre la mañana en que escuchaba el rumor de la cal o de la lumbre”[viii]

Y el oído hace presencia, fecundando en él esa preciosa sinestesia que supone la suma de sentidos, en la que se busca el cumplimiento de su multiplicación semántica. 

Se escucha el rumor de dos objetos, la cal y la lumbre, que queman la mirada del poeta. 

También se escribe para llevarse a la boca el sabor de la primera boca que se besó con temblor. Y llega así el sentido del gusto a hacerse presencia cuando el escritor, en esa expresión ya lexicalizada adiciona su paladar en el engarce del momento en que surge la primera pasión, que todavía escuece en la memoria y deja el granizo de su gusto sobre los innumerables años transcurridos… 

La recuperación de aquel temblor… detener la impresión, congelarla, hacerla hierro candente sobre la vida, para qué esta no nos arrastre en su ferocidad de cemento. 

Esto es, sin duda, cuestión de poesía, su empreño más dulce, y el poeta con esa transparencia que deja sobre la epidermis del folio la escritura que rescata, que une que ata, asimila los extremos temporales de la vida, dispersos en su fuga, para hacer de ellos un antídoto contra la pesadumbre de envejecer. 

“Escribo para ascender a las fuentes./ Y volver a nacer.”[ix]

Se asciende así costosamente, al origen bautismal de la escritura, a su origen temporal y vital, a esa agua en la que se anuda históricamente tanta simbología. 

Útero o matriz, la escritura exige de quien le entrega su vida abrirse a la oquedad, vaciarse del tiempo, para poder volver a hacer en cada signo, en cada verso, en cada texto… del pasar de los días, profunda vida.

 

[i] Vitale, Ida, Léxico de afinidades, Mexico, FCE, 2013. Ebook.

[ii] Joyce, James, Sobre la escritura, Sabatini, Federico (ed.), Bardelona, Alba, 2011. Ebook.

[iii] Arginzoniz, Beñat, La herida iluminada. Sobre la poesía. Bilbao, El gallo de oro, 2015, p. 24.

[iv] Pardo, Pilar, Temporada de fresas, Sevilla, La isla de Siltolá, 2010. Ebook.

[v] Santiago Posteguillo, La sangre de los libros.

[vi] García Lorca, Federico, “Gacela primera del amor imprevisto”, en Sonetos del amor oscuro. Diván del Tamarit, Barcelona, Lumen, 2010, ebook.

[vii] Andrade, Eugenio de, Los surcos de la sed, Madrid, Calambur, 2011, p. 27.

[viii] Ibídem, p. 27.

[ix] Ibídem.