Auschwitz. La locura criminal del nazismo

El 27 de enero de 1945 se produjo la liberación de los campos de concentración nazis de Auschwitz por las tropas soviéticas. Aunque no se carecía de noticias sobre la naturaleza criminal del nazismo y sobre los horrores que se vivían en sus campos de exterminio, las noticias, que desde ese día de finales de enero de 1945 se confirmaron rotundamente, no dejaron de producir una consternación sin límites en la conciencia de la humanidad contemporánea y, a la vez, una profunda reflexión sobre la verdadera naturaleza del ser humano.

El imperativo ético y cívico fundamental en nuestro convulso y violento mundo sigue siendo que Auschwitz no se repita

Guillermo Castán Lanaspa

Activista por los Derechos Humanos

         La locura criminal de lo que sus protagonistas denominaban eufemísticamente la solución final consistía ni más ni menos que en el total exterminio de los judíos. Borrar un grupo humano de la faz de la tierra, utilizando los medios, la lógica y la estructura de la administración del Estado y dirigirla hacia ese fin. Tarea en la que participaron organizadamente, con eficacia, los aparatos del estado alemán. Los diversos asuntos y la logística necesaria para tan monstruoso y aberrante plan fueron minuciosamente preparados y desarrollados por la administración pública; listados, ubicaciones de prisioneros, medios de transporte, destinos, vigilancia, suministros varios incluyendo el gas venenoso (que se solicitaba del mismo modo que se podían solicitar máquinas de escribir o combustible, por ejemplo) y un largo etcétera que puede suponerse implicó el trabajo y la implicación de miles de funcionarios del régimen, cada uno de los cuales cumplía su misión como si de cualquiera cosa se tratara.

         Nunca ha habido nada comparado con la Soah, con el Holocausto. Nada es comparable ni por su naturaleza, ni por sus implicaciones, ni por la planificación, organización y financiación necesarias, ni por la participación tan amplia de peones en las diversas tareas previstas para obtener el fin buscado. La historia de la locura criminal no encuentra nada parangonable con el nazismo. Bueno será recordarlo aunque, como a menudo se ha dicho, el horror desatado en los campos nazis escapa de toda comprensión humana; es, sencillamente, inimaginable.

         Cerca de un millón trescientas mil personas fueron enviadas al complejo de campos de concentración de Auschwitz, de las que más de un millón fueron asesinadas en cámaras de gas mediante un procedimiento organizativo de tipo industrial en el que el producto que se obtenía eran cadáveres calcinados, hasta 2500 por turno en cada crematorio. A pesar de las dificultades para obtener cifras exactas, ya que los criminales destruyeron las pruebas que pudieron antes de ser derrotados, los historiadores aceptan las siguientes víctimas mortales del complejo de campos entre 1940 y 1945, incluido el centro de exterminio de Auschwitz-Birkenau: judíos de toda europa, 960.000 polacos no judíos, 74.000; gitanos, 21.000; prisioneros de guerra soviéticos, 15.000; otras nacionalidades, incluidos españoles, 15.000. El mayor número de víctimas, con enorme diferencia, fueron judíos, asesinados por el mero hecho de serlo; pero también cayeron víctimas de la vesania nazi muchos comunistas, socialistas, homosexuales, testigos de Jehová, opositores al régimen…

         Más de 6.500 vigilantes fueron destinados a estos centros de exterminio durante su vigencia, de 1940 a enero de 1945, y la mayoría de ellos sobrevivieron a la guerra; muchos de ellos fueron incapaces de explicar el qué y el porqué de tanta ignominia; la mayoría afirmaba haberse limitado a cumplir órdenes, a cumplir con su deber. Gentes que antes de la guerra eran normales, que llevaban una vida normal, con sus familias, sus trabajos, sus amigos, se mostraron dispuestos a colaborar, cerrando los ojos, en la mayor acción criminal que conocen los tiempos. Hombres y mujeres normales y corrientes, amigos de sus amigos, con sus preocupaciones, pidiendo sus vacaciones, recibiendo su paga mensual y sus pluses, fueron eslabones de una cadena monstruosa; seres banales a cargo de un auténtico holocausto: la banalidad del mal. Y junto a ellos monstruos convencidos de la superioridad de la raza aria, del carácter infrahumano de sus víctimas, de su derecho a hacer lo que hacían, como el tristemente célebre doctor Mengele, que experimentó con seres humanos como si de cobayas se tratara.

         Y a pesar de las pruebas apabullantes que existen, desde el final de la guerra ha habido intentos por negar que esta historia haya ocurrido. Un negacionismo a veces hijo de la ignorancia, otras del no querer saber y siempre de una ideología criminal que ha envenenado a muchas gentes, al punto que en varios países, Alemania entre ellos, ha sido tipificado como un delito en el código penal. No en España, donde el franquismo fue un entusiasta colaborador de la Alemania nazi y un eficaz protector de execrables criminales que aquí hallaron un refugio seguro por el resto de sus días. Una página negra de nuestra historia que no conviene olvidar.

         Adorno dijo que el objetivo fundamental de la educación es que Auschwitz no se repita. Por eso, entre otras razones, las escuelas del mundo democrático han asumido como una obligación fundamental la educación en valores esenciales de las nuevas generaciones. Libres de pins parentales, o de vetos, la juventud tiene el derecho inalienable de saber, de conocer, para valorar y no repetir. Indudablemente, el imperativo ético y cívico fundamental en nuestro convulso y violento mundo sigue siendo que Auschwitz no se repita.