La tristeza

Este es un tiempo confuso en el que uno no sabe a ciencia cierta qué tipo de lógica es la que lo gobierna. Las declaraciones de personas prominentes en el ámbito público, sea desde el mundo académico, empresarial, social, artístico, en fin, político, embrollan más que aclaran el acontecer. Me ocurre, por ejemplo, con el término “neoliberalismo”, para muchos su crisis es terminal, para otros ha triunfado irrestrictamente. Algo similar sucede con la vinculación entre la izquierda política y el internacionalismo que ahora, inexplicablemente para mí, a este lo sustituye el nacionalismo.

En otro ámbito, como es el de la neurología, se debate cada vez más sobre la pulsión entre las razones y las emociones, ¿dónde se originan?, ¿qué las diferencia?, ¿cómo se retroalimentan? Ello ha llegado hasta el terreno de la comunicación y, por ende, a las ciencias sociales. De lo que se trata es de que el relato seduzca más que convenza. Se dice que si la discusión en torno al acontecer se sitúa en el seno de la política o de la economía la pregunta que domina el escenario es ¿qué piensas? Por el contrario, si el parámetro de referencia es la cultura, la cuestión es ¿quién eres? Diferentes interrogantes para distintos enfoques de la vida.

Dentro del complejo universo de las emociones la tristeza ha sido durante siglos uno de los grandes motores que ha tenido salida en muy variadas expresiones artísticas. Siempre ha sido un tipo de turbación desordenada que podía trascender a los demás y generada por alguien que hacia de ella una expresión inequívoca de belleza. No era plausible que su enunciado se trasladara al mundo social como un rasgo de una época, de un grupo humano. Solo en el uso de una metáfora se podía hablar de “tiempos tristes” o de “naciones tristes”. El calificativo perdía todo tipo de rigor y se repudiaba como inaceptable.

En el filme sueco Sobre lo infinito, que ganó el pasado León de Oro del festival de Venecia dirigido por el fabuloso Roy Andersson, en un determinado momento, uno de los personajes se cuestiona “¿Ya no se puede estar triste?”, recibiendo como escueta respuesta, tras un gélido lapso silencioso, “si, pero cada uno en su casa”. No hay una evidencia más certera, una soflama más determinante, a la vez que angustiosa, de una situación que en ocasiones bien podría recibir algún tipo de tratamiento médico, pero invariablemente en la más infranqueable intimidad.

Los sentimientos, las emociones, son individuales y como tales pertenecen al mundo de lo privado, pero cuando adquieren trascendencia porque son objeto de aceptación pública se abre una puerta para su consideración y, seguidamente, su gestión. Si cuestionarse quiénes somos se pone por delante de otras preguntas entonces el estado de ánimo adquiere una inusitada relevancia. La tristeza se configura en un factor explicativo para tener en cuenta. Algo que siempre se supo por sus efectos en el comportamiento humano ahora cobra cabal significado, reconocimiento inequívoco de su presencia. Si estás triste dilo.