Viernes, 18 de septiembre de 2020

El ritmo 

Dicen que el brasileño carente de ritmo o no tiene pies o no tiene oído.

El otro día, no sé muy bien si a propósito de Tulia, apareció en feisbu el vigor para debatir sobre el sentimiento dentro de la poesía. Cada uno aportó lo que está dentro de él. Y convencidos unos y convencidos otros de sí mismos, resultó un pequeño debate que a mí me entretuvo. Creo que para esto y poco más sirve el juntamiento en el feisbu. Y luego en los capítulos de la vida literaria, fraguarse un poco más, porque somos los mismos gatos y las mismas gatas en diferentes gateras.

Donde interesa estar es en los libros. Quiero decir en los de los otros, que los nuestros son muy sublimes, eso nadie osa poner en duda.

A un parlao y a una pupila es lo más lejos que habíamos llegado él y yo. Profesor y poeta, certera fusión que abunda para contradecir la sentencia de que en casa del herrero, cuchillo de palo. La misma sentencia que a veces resulta nefasta. Porque un universitario que aprendió la palabra y luego la enseña no está obligado a ejercerla en papel y propagarla. ¿Destruir vanidades? A ver quien le pone el cascabel a ese gato o a esa gata. A los jubilados no nos toca, que nos da mucha pereza.

Digo que Antonio Capilla Loma y yo sólo nos conocíamos de vista. Culpa mía -que entre mi yuyu por la vida literaria donde hay un vocerío abrumador que parece un orfeón y en realidad son las mismas voces como los hijos de Gepeto del Retiro- y los nietos entre adormideras y catarros, tengo la cartilla llena de faltas.

Al leer hace unos días a este poeta que no es de mentira, me he encontrado con una devoción por el ritmo tan natural como los enamoramientos entre compañeros de trabajo. Ya sea en las diversas estructuras de la rima (fundamentalmente en versos de arte menor), o en el soneto, o en el verso libre tan difícil de escribir como la muchacha de los cuatro muleros que confundía al cuñao con el marío, el ritmo de la poesía de Antonio Capilla Loma reina sobre todos los demás efluvios que de la tinta del poema fluyen.

El ritmo en la rima, o en el verso blanco, brota sólo por exigencia de  la métrica. Pero que sea una constante en toda la expresión poética de Antonio Capilla Loma es algo tan llamativo como un emblema. El ritmo puede ser muy tramposo y enmascarar la verdadera levadura del poema. No es el caso, porque Antonio Capilla Loma es un poeta surtido de variedades, temas y formas, pero sin caer nunca en la tentación de confundir la estética con el vacío.

A través de la escritura se conoce también la actitud del hombre. Y así sé yo que a los dos nos une el amor a Palestina, las ganas del zurriago al abuso de poder, el amor a la mujer y a los universos más débiles, cosas normales en dos viejos adanes que para salvarse escriben lo que sienten.

Y además de mi gusto por el ritmo que descubro -tan tarde- en la poesía de Antonio Capilla Loma, decidme que no es verdad. Decidme que se ha inventado la crueldad de que en Salamanca haya un baremo de multas que llega hasta los 1.500 euros para quien rebusque en los cubos de basura.

Yo soy mi sueño, yo soy mi vigilia. Y esperando una respuesta a esa atrocidad me quedo.