Miércoles, 26 de febrero de 2020
Las Arribes al día

La caza de la perdiz en Arribes

“Argo fue ralentizando el ritmo hasta que cayó en muestra. Estaba a unos 50 metros de él”

Argo tomando un poco de aire tras buscar las perdices en las Arribes / CORRAL

Era una mañana de diciembre, fría, con la escarcha aún en la sombra a pesar de ser casi mediodía, porque en las Arribes también hiela, aunque haya quien piense lo contrario. Tenemos algún grado más que en la meseta, pero en los meses de diciembre y enero puede haber heladas que te penetran hasta los huesos, y que sientes, especialmente, si estás en un puesto en una montería al jabalí, encima de un picón de tres piedras, apenas sin moverte para no caer al vacío 10 metros más abajo. Aguantar durante tres horas ahí, sin apenas saber de nada ni de nadie, cuando no había emisoras, es duro. Más que disfrutar la caza lo que haces entonces es sufrir esa afición desmedida que nos facilita soportar tener congeladas manos y pies, o tiritonas que si en ese momento se mueve algo entre el monte, te resulta imposible meter en el punto de mira nada, tener la boca sin gota de saliva y la lengua como un esparto en los días de calor, con una costra de saliva seca en los labios que incluso te causa dolor si intentas quitarla en seco, también con el agua entrándote por el cuello y penetrando entre las botas, con el cuerpo totalmente empapado, en muchas ocasiones también de sudor, aunque sea el mes de enero.  Y todo por cobrar una perdiz, y a veces ni eso, pero así es la caza.  

Pero este día no iba al jabalí, iba solo con Argo, mi bretón, a las perdices, con quien disfruto la caza de la perdiz al salto desde hace 13 años, por lo que los achaques de la edad, como al dueño, con 56 cumplidos, son algo habitual. A pesar de esa circunstancia, Argo siempre que está en el campo está cazando, no he conocido perro con tanta pasión por la caza, y en cinco décadas pisando el campo, he tenido muchos compañeros.

Por esta razón no puedes desviar la atención ni un solo momento, porque habitualmente las perdices salvajes no aguantan la muestra del perro como algunos suponen, especialmente cuando el bando aún no se ha tocado o todavía están en pequeños grupos. Por eso cuando veo que Argo comienza imprimir intensidad a la búsqueda, le presto toda la atención que puedo, pero en ocasiones la orografía del terreno, difícil en las Arribes, o el monte, te impide tener un contacto visual permanente, así que cuando lo pierdes casi puedes estar seguro que se levantan las perdices sin que hayas podido echar la escopeta a la cara. A veces escuchas un leve brbrbrbr…, y otras ni eso, y te dejan con el molde, tienes que salir corriendo, si puedes, para ver la dirección que han tomado, algo fundamental cuando el vuelo puede tener varios destinos, porque moverse en las Arribes no es gratis, el cuerpo lo paga y no hay bebida energética que reponga el constante bajar y subir entre regatos y paredones (bancales).

La perdiz de Arribes

Las perdices salvajes, y sobre todo cuando tienen más de un año, es difícil que aguanten la proximidad del perro. La mayoría de las veces se levantan fuera de tiro, a 80 metros del perro, y si a esa distancia le pones otros 30 que te haya aventajado el perro en la búsqueda, los 34 gms de 7ª e incluso 6ª no llegan, aunque a veces nos puede llegar a sorprender la distancia que alcanza un disparo si un perdigón se cuela por un buen sitio de la pieza. El comportamiento de las perdices de las Arribes es algo extraordinario en cuanto a su bravura y rusticidad, salvajes hasta el punto de que en La Fregeneda, a varios de los cazadores que participaron hace dos años en la semifinal del Campeonato de España de Caza Menor con Perro, les escuché decir y asentir en más de un corrillo: “Esto son perdices…”.

Aquí la perdiz no se cansa, por lo que la técnica que explicaba Ismael Tragacete, el más grande campeón de España de Caza Menor con Perro, aquí no sirve. En las Arribes es imposible hacer ‘el caracol” para aproximarte a las perdices, es cierto que hay que cogerle las vueltas, pero cuando están en bando o en grupos es muy difícil sorprenderlas, saben que la vida les va en ello, y es que lo saben de verdad, porque de lo contrario es inexplicable las ‘faenas’ que hacen. Cuando aún están en bandos o en grupos de más de cinco, siempre hay alguna pendiente de la situación, encima de alguna pared, alguna piedra, observando su alrededor. Es la encargada de levantar el vuelo para advertir a las demás. Puede haber alguna ‘tonta’ que se haya rezagado entre algún barceo, y esa es la podremos aprovechar, por eso después de que hayamos visto levantar al grupo, aún deberemos permanecer alerta por si acaso ‘suena la flauta’, y más si nuestro perro, con experiencia, mantiene la muestra. ¡Qué suerte¡ Aunque casi seguro que al levantarse intentará tener ventaja buscando algo que la tape, un roble, una mata de zarzas…, o realizará un vuelo rasante sobre las escobas e incluso poniendo de fondo algo oscuro para dificultar que nuestros ojos la sigan en el vuelo. ¡Increíble¡   

Hay quien prefiere un perro que vaya a dos metros y que se dedique solo a cobrar la pieza, lo cual –para mi forma de entender la caza– no tiene sentido, para eso llevaría un retriever, por ejemplo, no un perro de muestra. Yo quiero un perro que me ayude a localizar las perdices porque cazo en un extenso territorio con una baja densidad de caza, con lo que si no es así puede llevarte horas encontrar una perdiz, sobre todo si por cualquier circunstancia ya han volado del lugar de dormida, puntos que conoce el cazador experimentado en un territorio.

El lance

Frente a mí tenía el Teso de San Cristóbal, estaba en Las Coronas, en Villarino, y Argo había comenzado a marcar la huella de perdices, su búsqueda se volvía más intensa y eso me obligaba a estar en guardia, pues en cualquier momento podía escuchar el vuelo de las patirrojas. Era una zona de paredones, algunos de más de un metro de altura y con bastantes escobas, por lo que me resultaba casi imposible seguir el ritmo de Argo antes de que entrara en muestra, solo podía buscar a cada paso una buena posición de disparo, que al menos nada me estorbase para poder apuntar llegado el caso.

Argo fue ralentizando el ritmo hasta que cayó en muestra. Estaba a unos 50 metros de él, así que me apresuré en el acercamiento, hasta que unos 15 metros después y tres paredes más abajo se levantaron tres perdices, choreadas a 12 metros una de otra y a unos 70 metros de distancia, encaré la Franchi y le adelanté el tiro a la última, la más cercana, el primero a unos 5 metros y el segundo a 8, hasta que la vi caer 20 metros más abajo por la inercia de la velocidad que llevaba buscando el Tormes. Ahora tocaba cobrarla, otra odisea. Argo corrió hacia abajo, saltaba las paredes sin poner las patas en las piedras, y yo hacía lo que podía para no pegar un tropezón y bajar cuatro metros de golpe, hasta que vi a Argo de nuevo en muestra. –Ahí la tiene-, me dije. Bufff. –tráela, bonito–, le grité, bajó un paredón más y vi a la perdiz revolotear, tanto que me hizo poner la escopeta en la cara otra vez, pero Argo saltó sobre ella.

Feliz año 2020.