Viernes, 24 de enero de 2020

Golpes de estado

Titular una columna es un arte que a veces se escapa de la gracia del escribidor. Combina la capacidad de resumir lo que se ha escrito con una sutil procacidad a la hora de llamar la atención. En ocasiones promete más de lo que anuncia, cuando no puede arruinar el relato. También existe una tensión que provoca su necesaria brevedad. Hoy pensé titularla con el substantivo plural “debates”, porque la actualidad me había llevado a seguir el de investidura de Pedro Sánchez en el Congreso de los Diputados y el habido en el Parlament a propósito de la inhabilitación de Quim Torra. Pero cuando estaba en ello caí en la cuenta del número de momentos que sus señorías, con independencia de su color político, habían proferido el término que encabeza finalmente estas líneas. Sentí que ningún otro entre la retahíla pronunciada acaparaba mejor la atención en sendos eventos. De nuevo, la expresión que dominó el acontecer boliviano de noviembre estaba en el candelero.

Los debates en cualquier asamblea tienen un componente engorroso que queda enmarcado por consideraciones reglamentarias, por la habilidad de las personas que intervienen y por el eventual auditorio. En el ámbito de la política, como gestión del conflicto, han generado una práctica proverbial que culmina en el parlamentarismo. Una oralidad tan vieja como la humanidad según la cual la discusión realizada al socaire de la hoguera daba sentido al devenir colectivo que se materializará como la conocemos en la actualidad a lo largo de los dos últimos siglos.

Hoy, sin embargo, configuran una liturgia que parece fuera de lugar en el marco de la sociedad de la información. Una teatralización del disenso que, no obstante, trae consigo la añagaza de un término polisémico como es el de golpe de estado. No se trata tanto de la cantidad sino de la intensidad con que una expresión puede irrumpir en la disputa acerba a la hora de definir el marco de una discusión política. Un enunciado seco, de extrema dureza, repleto de dramáticos significados ancestrales que, sin embargo, en el fragor de la liza queda reducido al sinsentido de lo manido; se vacía de su poder de denuncia para convertirse en una soflama más.

El carácter de representación teatral de la política, como se evidenció el sábado en concreto en ambas sedes parlamentarias, desvaloriza el gesto y deprecia aun más el lenguaje y hace de las palabras vanos recursos sonoros. Cierto es que ello forma parte de la propia escenificación que llega a la audiencia con sonidos que se acoplan al gusto de cada quien, y que por ello debería quitar gravedad al asunto, pero el legado del golpismo por su impronta en el pasado no lo permite. Tampoco debe quitar relevancia el hecho de que la mayoría de la población no siguiera los debates ni esté al tanto de su contenido, excepto de su resultado. Al contrario, su mera invocación es un mal agüero, salvo que su insistente repetición logre devaluar por completo su sentido.