Viernes, 14 de agosto de 2020

El caracol

Uno es del lugar donde hizo el bachillerato o del sitio donde están enterrados sus muertos o de la casa donde se encuentra su biblioteca. Son expresiones que he escuchado y con las que he congeniado casi siempre. Pero también se dice que lo que de verdad determina a una persona es la lengua, si bien otros insisten que lo que da significado a su vida son las creencias más profundas y trascendentes; para muchos son los seres queridos los que con su afecto contribuyen a configurar el sentido de pertenencia a un espacio concreto. En sendos casos se encuentra la razón de ser en comunión con otros; hay, por tanto, un perfil más grupal de la existencia. Asimismo, una minoría reivindica donde tienen depositado sus activos financieros siendo los extraños moradores de los paraísos fiscales o donde se ubican sus inmuebles.

Hay tantas posibilidades a la hora de responder a la pregunta de dónde somos como seres humanos habitan el planeta, incluyendo el tópico -aunque no por ello irrelevante- del lugar de nacimiento. Sin embargo, al final se pueden agrupar en una docena de respuestas teóricas mayoritarias que en la práctica terminan reduciéndose a un puñado: una casa, una ciudad, una familia, un trabajo. Saber de dónde se es supone tener delimitada una parte notable de la identidad. Cierto es que la respuesta tiene una gran dosis de construcción del relato que vamos pergeñando a lo largo de los días para intentar entender nuestra existencia o, mejor, para explicárnosla con el fin de darle cierta coherencia. Pero nos resulta imprescindible para no andar demasiado a ciegas. A pesar de estas certezas personales, el hecho sedentario es el factor decisivo que limita las opciones que en la práctica se ven reducidas a una nostalgia construida por ilusiones o deseos frustrados y el lugar concreto que se habita.

Mi amigo que frisa los 70 años me cuenta que ha vivido en seis casas distintas. El ritmo de las mudanzas osciló entre los 10 y los 15 años. La primera la hizo siendo niño cuando sus padres pasaron a un piso más confortable, la segunda se dio al casarse, las cuatro restantes estuvieron ligadas tres a avatares profesionales y la última a resultas del aburguesamiento de su vida y premio a su capacidad ahorradora. Seis viviendas en cuatro ciudades diferentes. Me dice que le cuesta trabajo decir de donde es, aunque siente que cualquier respuesta de las anteriores, no obviamente la vinculada al capital, le valdría. No obstante, al presionarle un poco, termina resaltando, sobre las restantes posibilidades, el espacio de su adolescencia, cuando estudiaba el bachillerato, el barrio que ya dejó de ser lo que fue y que solo existe en su memoria. Sin embargo, tras unas bromas, su rostro se ensombrece y me dice con una voz extrañamente ronca: “¿Sabes?, me hubiera gustado ser un caracol para llevar siempre la casa liviana a cuestas, ni ser de aquí ni ser de allí, en fin, como una estrella errante”.