Domingo, 8 de diciembre de 2019

El vacío de la representación y el descrédito de la intermediación

“Que se vayan todos”, “No nos representan”, “Lo llaman democracia y no lo es”, son etiquetas que configuran buena parte de la iconografía política del siglo XXI. Suponen el hiato entre dos visiones antagónicas de la democracia. Una, muy extendida a lo largo del último siglo, basada en un conjunto de ideas sencillas, pero vigorosas, referidas a la soberanía popular proyectada en la fórmula simple de “un individuo un voto”, a la representación política, a un sistema de pesos y contrapesos entre diferentes facetas en que el poder se divide y al denominado estado de derecho. La otra, sostenida en expresiones de la acción directa donde el eje de actuación lo incardina la participación, la asamblea, el concepto de la voluntad general y, en muchos casos, la ausencia de coerción alguna.

Tras una procelosa andadura, el primer modelo ha sido preponderante en una notable cantidad de países cuyo número no ha dejado de aumentar. Su pujanza hizo que se llegara a ejemplificar, en brillantes palabras de Juan Linz, como “el único casino en el pueblo”. Un escenario que casaba con el que en la última década del siglo XX describió Francis Fukuyama donde más que del fin de la historia de lo que se trataba era que la democracia se había convertido en el único orden político legítimamente posible. En este escenario, la idea de representación, aupada en el acto electoral, cobró una fuerza predominante, aunque no exclusiva. La preeminencia de esta dimensión con su consiguiente énfasis en la competición por el voto potenció el papel de los partidos políticos cuya funcionalidad no dejó de crecer hasta convertirse en los auténticos amos del poder. Formaban gobierno, representaban las divisiones sociales existentes, seleccionaban personal para la política, agregaban, articulaban y jerarquizaban intereses dispersos, eran máquinas de socialización y de información. Pero estas tareas, que pueden subsumirse bajo la idea de la intermediación, fueron quedando obsoletas y entraron en una severa crisis con la revolución tecnológica.

El nuevo mundo virtual aupado sobre la expansión de la telefonía celular supuso la desvertebración de una gran mayoría de las tareas de intermediación que habían sido fundamentales para la vida corriente. De pronto, la persona-al-otro-lado-de-la-ventanilla dejó de tener sentido: telefonistas, recepcionistas, cajeros, se convirtieron en empleos amortizados. Se vació el contenido de muchas de las funciones de terciar entre partes, algo que también afectó sobremanera a la representación política que, además, venía sufriendo un severo proceso de desgaste por la mayor conciencia de la gente en torno a la corrupción. Los políticos, cuya reputación siempre había estado cuestionada, incrementaron su descrédito batiendo records con respecto a la desconfianza que generaban y terminaron siendo vistos como uno de los problemas principales de la sociedad. Al hecho de convertirse en personas prescindibles se añadía la añagaza de eliminar la traba. Dos aspectos cuestionables, al menos a medio plazo, que la realidad cotidiana se encarga de desmentir con la llegada de nuevos representantes tramposos, soeces y chulescos.