Viernes, 13 de diciembre de 2019

Una mañana de impresión

No es que quiera escaparme de la política, pero casi, aunque es difícil. Un día de esta semana, en Madrid, caminando hacia el Museo Thyssen, a la altura de Caixafórum un guardia me “detiene” (en el buen sentido), puesto que solo trataba de anunciarme que por esa acera no podía avanzar, sino que debería tomar un atajo por la calle paralela a la Castellana, o sea, calle La Alameda.

Posteriormente, quedo enterado del motivo, o eso intuyo -no sé si coincidiría la hora-, ya que fue el día en el que Felipe González impartió en Caixafórum una conferencia de las suyas, esas a las que nos tiene acostumbrados, ya saben: del político de ayer al profeta de hoy. Normal. Además, pensé que, después de él, Aznar estaría al caer, aunque fuera en otro lugar, y efectivamente, ayer lunes lo vi en el telediario. Por favor, no me pregunten qué dijeron.

No hay manera. Uno huye de la política y ésta te sale al paso a cada momento. Ya volveremos más adelante, pero tomemos un poco de brisa. Y, si acaso, podemos terminar la referencia política con una anécdota: a la llegada a la exposición del Tyssen, de la que queremos hablar, de los dos programas de mano con los que te reciben, uno en inglés y otro en castellano, por equivocación, tomo el primero de ellos, o sea, el programa para turistas, esos angelitos blancos a los que -diría Machín- “sí los quiere Vox”. Los “angelitos negros” estaban en el “top manta”, no muy lejos de allí.

LOS IMPRESIONISTAS Y LA FOTOGRAFÍA

Dicho lo anterior para distender, ahora divulguemos un poco de cultura. Así, excelente y original exposición la que disfrutamos en el Thyssen con el anterior título, de la que se pueden sacar variadas conclusiones. Una de ellas, quizá la más importante, sea la retroalimentación entre el invento de la fotografía y el nacimiento de la Nueva Pintura. Es relevante el hecho de que se pueda pensar que los pintores se vieran obligados a abrir o acelerar un camino más poético, menos realista, pues a la postre, con el realismo fotográfico sería muy difícil competir.

No obstante, en aquel tiempo se creó un gran debate, y en la comparación los críticos veían el realismo fotográfico carente de imaginación, aparte de que el color en la fotografía llegaría mucho más tarde y, lo más importante, el movimiento de las figuras aún no lo recogían las cámaras. Un ejemplo de esto último lo encontramos en una instantánea de André Giroux, “Chozas con gansos en Boursadière”, en la que los patos casi se imaginan, pues al moverse aparecen difuminados.

Sin embargo, la pintura y la fotografía pronto comenzaron a hermanarse y muchos pintores vieron en ella un aporte para sus creaciones, caso del pintor Frédéric Bazille, quien claramente, en su obra “Pescador con una red”, el paisaje y la luz que se filtra entre las ramas de los árboles está dentro del estilo naturalista y preimpresionista, pero el cuerpo desnudo del joven pescador parece sacado de una auténtica foto. En otros casos, costumbre de Manet, éste encargaba al fotógrafo Anatole Godet reproducciones fotográficas de muchas de sus pinturas.

Y como fotografía libre, sin supeditación a la pintura, encontramos tomas de auténtico arte imbuidas de la elegancia del blanco y negro con acertados contrastes de luz, reflejos en el agua, sombras… o bailarinas danzando en distintas posiciones, de las que nadie diría que aquellas fotografías de trajes en transparencias volátiles pudieran ser realizadas por aquellas cámaras.

Pero no lo podemos evitar, nuestra debilidad es la pintura de esta época y algo posterior. Y encontrar a Monet en “Olas rompiendo” como si fueran tirabuzones es un “escándalo”, y no digamos la belleza de otear “Lavacourt invierno”, donde se contempla a un hombre andando sobre el hielo en un día de invierno embravecido. Hemos de señalar que una puesta de sol de Monet con el título “Impresión” fue el leitmotiv del término impresionismo.

Seguiríamos, pero cómo no hablar de Renoir y el “Retrato de Lucie Bérard” (niña con delantal blanco). Difícil de mejorar, ¡qué cara!, ¡qué color! (Los colores de Renoir son más vivos y resaltan más que los de Monet). Otro ejemplo de Renoir lo tenemos en “Mujer con sombrilla en un jardín”, un cuadro lleno de luz y colorido.

Otros óleos y sus creadores, “En la terraza en Sevres”, de Frédéric Brazille, en el que la luz parece salirse del cuadro, magnífico; de Brazille es el lienzo de mayor tamaño de la muestra: “Reunión familiar”, en el que aparece el pintor con su familia en una pose que bien pudiera ser para una fotografía.

Otros pintores: Courbet se encuentra al inicio de la exposición como si su realismo diera paso al impresionismo; Cézanne en un autorretrato; Manet, presente en varios cuadros, al igual que Camille Pisarro, Camille Corot, Alfred Sisley, Edgar Degas, etc.

Pero cómo terminar este artículo sin referirnos a los cuadros de una dama: la gran pintora Berthe Morisot: “El espejo psiqué” y “Miss Reynolds”. Unas maravillas.

Como comprenderán, esto es un resumen y habremos cometido la injusticia de olvidar creadores importantes. Hay que verla.