Jueves, 21 de noviembre de 2019
Ciudad Rodrigo al día

Los callos de los electores y los comentarios perversos a la exhumación de los restos de Franco

Décimo noveno capítulo de la serie de Ángel Iglesias Ovejero sobre ‘Actitudes contrarias a la aplicación de la Ley de Memoria Histórica’

Desde el fracaso de la investidura para la formación de gobierno los medios de comunicación no paran de hablar y escribir sobre el cansancio de los electores, con el  consiguiente riesgo de abstención que ello supondría el próximo día diez de noviembre, lo que no sería de buen augurio para la democracia en general ni para la memoria histórica en concreto. En este contexto, a diestra y siniestra del PSOE los partidos políticos han convergido, para criticar y pervertir el sentido de la exhumación de los restos mortales de Franco en el hasta ahora llamado Valle de los Caídos y su posterior inhumación junto a los de su esposa en Mingorrubio (municipio de Madrid, barrio de El Pardo), cerca de lo que fue su residencia en el ejercicio dictatorial del poder. El actual Gobierno, presidido por Pedro Sánchez, con el necesario apoyo de las instancias jurídicas, ha cumplido su promesa (18/06/2018) de llevar a cabo dicha exhumación aprobada en mayo de 2017 por el Congreso (con la abstención de PP y ERC).

De entrada, el diagnóstico sobre el cansancio de los electores tal vez requiera la aclaración, en principio superflua, de que no está motivado por esfuerzos penosos o descomunales (extraer carbón de las minas, sacar piedras de los ríos, cortar encinas centenarias con los dientes, etc.). El ramalazo de pereza se debería a que, sin contar otros comicios, han sido convocados cuatro veces desde 2015 para unas elecciones generales, con el fin de que ejerzan el derecho que el sufrido Pueblo Español se ha ganado de elegir a sus representantes para los cargos políticos del Estado. Basta con levantarse y, llegado el caso, andar un poco, hacer cola y cumplir el trámite, pues no requiere un entrenamiento especial. Así que quienes dan por hecha (o incentivan) la abstención revelan un prejuicio manifiesto contra el colectivo electoral o una parte considerable del mismo al que supone constituido por flojos y vagos de siete suelas, porque en realidad son menos solicitados que sus vecinos, gracias al régimen monárquico. La Monarquía de España, además de ahorrar a sus súbditos la dura tarea de tener que elegir al jefe del estado, les da la posibilidad de no tener que votar más que una vez por cada una de las convocatorias, mientras que, sin ir más lejos, en la República de Francia, por cada una de ellas casi siempre deben mover el esqueleto dos veces en el espacio de quince días.

De acuerdo, con la Democracia Orgánica de Franco la función de elector era mucho más llevadera, incluso liviana. El conjunto de los españoles, en los casi cuarenta años que duró aquélla, solo fue requerido dos veces, en sendos referéndums, para la aprobación de la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado (1947) y de la Ley Orgánica del Estado (1966), de las que el principal beneficiario, además del Dictador (confirmado en el poder), fue Juan Carlos I (en 1975). De la última quedan en vida más votantes que de la primera. La operación fue como coser y cantar, a causa de la eficacia del argumento guerracivilista entre quienes habían experimentado las delicias del primer franquismo (“hijo, dicen que hay que votar sí, porque  si no, es que va a volver la guerra”). En los medios rurales no hizo falta mucha propaganda. El mismo alguacil del ayuntamiento se encargó de trasmitirla la víspera de la votación, cuando repartía las papeletas y, para evitar errores, ayudaba a meter “la buena” en el sobre, obra de caridad necesaria cuando ya en plena desbandada emigratoria muchas personas mayores eran analfabetas. Al día siguiente se depositó el sobre, y asunto concluido. Así se hizo en Robleda el 14 de diciembre de 1966. A pesar de las precauciones hubo una papeleta en blanco y otra en contra (“por error”, decidieron los escrutadores).

El día 25 de octubre de 2019 España amaneció un poco más democrática que la víspera, después de la exhumación, en espera de la corrección de los efectos perversos provocados por la amnistía de la Transición, que permitió la impunidad de los responsables de delitos contra la humanidad, imprescriptibles. En general, así lo han entendido los afiliados y simpatizantes de las asociaciones de Memoria Histórica. Y esto debería constituir un estímulo para ir a votar, aunque haya partidos políticos que, después de haber contribuido al bloqueo que motiva la repetición de elecciones, ahora se dedican a enredar y tratar de pescar en río revuelto votos para sí y abstenciones para el adversario principal: “todos contra Sánchez”. Tachan a éste de oportunista por fijar la fecha de la operación en período preelectoral, como si el retraso de cuarenta años en la ejecución fuera culpa suya y no de quienes han acumulado obstáculos para impedirla hasta el último día; y, por otra parte, como si no fuera de urgente necesidad efectuarla para no seguir teniendo que esperar indefinidamente, si acceden al poder quienes se han opuesto a ella y ahora la critican o ignoran.

Carece de sentido afirmar que algo llega demasiado tarde y que se puede dejar para después su realización. Pero esto es solo una parte de un discurso perverso que desvirtúa el sentido de la exhumación. Los emergentes más franquistas, Vox del Amo, con la aprobación tácita de los “extremistas del Centro”, que son sus aliados desde que gobiernan arrebujados en Andalucía, califican la exhumación de “profanación”. Los “indignados” y “transversales” de antaño primero contribuyeron a dicho bloqueo en la investidura fallida del 25 de julio pasado, con un comportamiento de gente inmadura que recuerda el de los niño de Tíjola (“los llevaban en brazos a la confitería, e iban llorando”). Luego han rivalizado con los independentistas para calificar aquella ceremonia de “exhibición franquista”. Son posiciones contradictorias, una de las cuales por lo menos es falsa, aunque lo probable es que ambas lo sean.

Profanación ha sido durante más de cuarenta años la acogida en un templo católico del cadáver de un responsable de crímenes contra la humanidad, añadida al semiculto tributado en vida (allí mismo y en otros lugares). Los cánticos guerreros de sus fanáticos seguidores han sido irreverencias rayanas en sacrilegio. Los nietos de Franco no tienen la culpa de serlo ni, por supuesto, de todo lo que hizo el Abuelo. Ahora han tenido la ocasión, aparentemente desaprovechada, de experimentar alguna empatía con quienes han sido vejados en vida por ser descendientes de víctimas republicanas, hacia quienes no se les conoce la más mínima señal de compasión. Ser enterrado junto a su mujer no es ninguna vejación para el muerto ni para ellos. Muchas viudas y huérfanos de víctimas franquistas han esperado en vano que los restos de sus maridos o padres “desaparecidos” fueran depositados en las tumbas previstas para ellos, y no olvidados en lugares perdidos del campo. Dichos nietos y biznietos, al fin, se han librado de las penurias sufridas por los “huérfanos de la revolución” en los tiempos del hambre  imperial, y mientras se averigua la procedencia de las inusitadas riquezas acumuladas por su ancestro podrán disfrutar de ellas tranquilamente (“dichoso el hijo que tiene a su padre en el infierno”, rezaba un refrán italiano).

La perversión lingüística de Vox y los franquistas declarados consiste en utilizar términos a contrasentido y con una connotación guerracivilista o macabra  (acusación de violadoras de “las trece rosas”, inhumación de Sánchez en la Moncloa, dictadura por ser impedida una bandera preconstitucional, reconquista, como eco de la guerra santa contra los moros y la llamada “Cruzada”, etc.). No anda muy lejos el lenguaje de Rivera cuando habla de exhumadores (Gobierno) y exhumados (Franco), contrahaciendo el discurso de las asociaciones de Memoria Histórica (sobre “represores” y “represaliados”), a las que de paso ofende, sabiendo que hay muchos republicanos muertos por exhumar. Los fieles seguidores de Casado practican la suerte de don Tancredo, que tan buenos resultados le dio durante un tiempo a Mariano Rajoy. Pero este marianismo también es sospechoso de maniobras propagandísticas nada católicas en las redes sociales contra sus adversarios. Así que, en el fondo, lo más escandaloso han sido los estridentes silencios de los líderes de Ciudadanos y Peperos.

No han sentado muy bien tampoco a los memorialistas los comentarios de Pablo Iglesias sobre la exhumación y nueva inhumación de Franco. Podían haber sido más discretas, cierto. Pero el desencierro de los restos del personaje por la puerta grande del Valle a hombros de los suyos camino de la dehesa del Pardo también tuvo su gracia, ¿no? ¿Hubiera sido más “democrática” y “pedagógica” una ceremonia clandestina (con misa negra en un vertedero) para estar más en consonancia con las operaciones macabras de los victimarios franquistas de marras? Y ya, en plan iconoclasta, ¿habría que aprovechar la circunstancia para derribar o dejar arruinarse la Cruz, la Basílica y el Monasterio, hasta que el Valle se convirtiera en llanura? Es la solución propuesta por algunos historiadores olvidadizos, que, como los pioneros de Podemos, se han enterado hace poco de la existencia de la represión franquista en el territorio de la actual Comunidad de Castilla y León. ¿Acaso hubiera sido más adecuada históricamente la destrucción de los campos de concentración nazis para entender y recordar el Holocausto?

La Democracia tiene que saber guardar las formas y la Legalidad. Y en este caso concreto, encontrar una fórmula que, sin monjes de por medio, haga de aquel Valle y su recinto un lugar de memoria y reconciliación, sin abandonar por ello la labor de recuperación de la memoria republicana, empezando por la exhumación de cadáveres en fosas infames. Este Gobierno ha prometido poner los medios, y el desentierro de Franco lleva a tener alguna esperanza de que sea posible una mejora de la convivencia entre los descendientes de represores y represaliados.

Precisamente la fractura de convivencia es el principal efecto negativo del conflicto catalán, que ciertamente no quedará resuelto con el enfrentamiento entre los constitucionalistas derechistas y los independistas, que, con sus respectivas posturas dogmáticas, son los que la han provocado y, por añadidura, son los más responsables de la ingobernabilidad de España (bloqueo). El reciente debate televisivo (04/11/19), sin nacionalistas, así lo ha confirmado; pues la estrategia de PP, CS y Vox consiste en negarse a dialogar y demonizar a quien lo quiere hacer. (Es muy significativo que Casado, integrante del  monstruoso Bloque Tricéfalo que gobierna en Andalucía, Madrid y otras Comunidades, no encuentre mejor fórmula para debatir con P. Sánchez que llamarlo “Frankenstein”, siendo así que su plumero franquista queda en evidencia por la alianza de su partido con otro en Europa considerado manifiestamente como extremista, demagogo y fascista).