Viernes, 13 de diciembre de 2019

El ordenamiento de las identidades

"Las innovadoras tecnologías ayudaron para construir cámaras de resonancia donde se encontraban cómodas las nuevas expresiones del yo"

Woody Allen en Un día lluvioso en Nueva York, ante una situación de desconcierto personal por la que pasa la protagonista que se pregunta quien es ella realmente, pone en boca de su interlocutor, con cierta sorna, que lo mire en su permiso de conducir, que es el documento de identificación por excelencia en Estados Unidos. El pasaje no puede ser más ilustrativo de las tribulaciones que asolan al yo contemporáneo, a veces superficiales y otras profundas. Diluidos paulatinamente los viejos lazos comunitarios, quebrados los vínculos con instituciones que creían ser los pilares fundamentales que acompañaban la existencia, la soledad parece conformar hoy el entorno más sólido de cierta parte de la humanidad.

No hay ataduras familiares porque la familia o se ha reducido a la más mínima expresión o se hace-deshace-rehace a una velocidad vertiginosa sin que haya posibilidad de consolidar un sentido de pertenencia y de estabilidad. Los nexos religiosos se deterioran y cuando se construyen, como ocurre en el ámbito evangélico, tan exitoso en América latina, siguen pautas de una diversidad de sectas que afloran por doquier y, estableciéndose en locales como si se tratara de garajes o de pequeños comercios, producen una atomización con vocación individualista.

En la política, la banalización de la democracia, en afortunada expresión de Peter Mair, ha supuesto el notable incremento del número de partidos en la mayoría de los países, de la volatilidad del voto, porque cambió la oferta del lado de las candidaturas o la demanda por la avidez del electorado en busca de nuevas alternativas. Ni que decir tiene que la identificación “de toda la vida” con algunos partidos ha disminuido a cifras impensables hace dos décadas situándose en un valor promedio general del diez por ciento. Por otra parte, la identidad de clase hace tiempo que, probablemente de modo injustificado, es una antigualla.

Pero todo ello no quita para que se haya producido una efervescencia de identidades plurales que siempre estaban presentes, pero que o bien eran consideradas demasiado íntimas o no tenían el diapasón que las ayudara a proclamarse a los cuatro vientos. Han requerido una venturosa combinación de reafirmación del yo y un soporte inesperado de las TICS. La pulsión narcisista, que venía consolidándose por la expansión de la sociedad del consumo, se aupó en la soberanía individual avalada por la lógica de la competencia. Las innovadoras tecnologías ayudaron para construir cámaras de resonancia donde se encontraban cómodas las nuevas expresiones del yo.

El problema radica a la hora de establecer la prelación de las identidades que las personas pueden estimar que las definen. El listado de campos tiende a ser ilimitado: A los ya señalados se une el que determina el sexo, la(s) lengua(s), la etnia, el empleo, las aficiones, la enfermedad… Ámbitos difusos, precarios, discontinuos. También resulta problemático que los demás no reconozcan la identidad del otro ¿Qué se es primero? ¿Cómo gestionar las identidades múltiples? ¿Hay identidades en uno que son intrínsecamente excluyentes? En definitiva, ¿quién las ordena?