Jueves, 14 de noviembre de 2019

“Las voces del mirlo” de Julia Bellido

De él escribió Paul McCartney en su balada “Blackbird”: “El mirlo cantando en la muerte de la noche,/ Toma estas alas rotas y aprende a volar/ Toda tu vida,/ Solo estabas esperando que surgiera este momento ". El mirlo es el ave que posee un canto más lírico y armónico, que apenas se escucha en el invierno y que en los días del inicio de primavera alza su tono en armonía para todos, como una canción de fuego.

Las voces del mirlo de Julia Bellido, publicado por la editorial Renacimiento, se inicia con una cita de Cernuda “Como si la muerte no existiera, ¿qué puede importarle al mirlo la muerte”. Después la poeta nombra el canto, o mejor, los cantos, porque en la canción del ave reconoce: “He encontrado en el mirlo muchas voces”. El pórtico del libro expresa el diálogo del quien escucha con la tonada. Si está triste el oyente, la voz del pájaro parecerá un canto melancólico. Si es la alegría la que sella la escucha, será “decidida campana que, al tañir,/ disipara las brumas otoñales”.

Tras la puerta de entrada, se despliega el sucederse de las estaciones. Primero, el verano. Última, la primavera. En el calor encontramos poemas aparentemente sencillos, y digo “aparentemente” porque tras su lectura uno intuye un profundo dominio de los espacios líricos que se acomodan en primer lugar a la sensibilidad y, después, al lenguaje. 

Un ejemplo. En el poema titulado “Zen” percibimos algo que podría parecer, mirado superficialmente, privado de fulgor: “un guijarro en la palma de la mano”. Desde aquí la poeta rescata su historia, el tiempo anudado en él, tan lejano de quien siente “el tacto delicado” que “no recuerda/ su pasado salvaje”. También la imagen escogida fulge en su contradicción “la seda de la piedra/ domada por el agua./ Voluptuosa y firme,/ como un susurro./ sumisa por el tiempo/ y la perseverancia”. Al terminarse de leer el texto cobra sentido el título. No es el guijarro y su descripción el sentido final del poema, sino su encabezamiento: “Zen”. Precioso es también el poema titulado, precisamente, “El mirlo”, en el que la voz del ave “enciende la mañana”, y anuda amanecida y el sucederse de la belleza. 

Esta primera parte acumula los cánticos de los elementos naturales que visten la estación más cálida: agua, trigo, mar, infancia. Y también la madre, que no ha muerto porque se la percibe y se la siente en todo. Poema este escrito ante la foto de su madre que finaliza repitiendo las palabras últimas de aquel otro precioso de Dámaso Alonso en el que descubría la maravilla. “Y que nadie me hable de la muerte”, concluye la poeta. 

El otoño despliega su melancolía por la segunda parte del libro: “Hay árboles que lloran el otoño” escribe la autora en el primer verso de esta estación. Ahora el mirlo se filtra por la lluvia, y su canto da luz a la atardecida temprana: “La tarde va cayendo y tú regresas/ a cantar su milagro”. El invierno es la luna, los árboles desnudos, “el sol agradecido de diciembre”, la niebla espesa, y también la escritura. Es el paso necesario para la estación de luz que es la primavera, escogida, no inocentemente, como final del libro. Abril es el preludio, y en él el poeta descubre lo que es de verdad: “Y es clara y luminosa esta verdad/ como nunca lo ha sido”. En el espacio creciente de la luz el mirlo asciende, y deja grabadas en el aire las señales que el poeta ha aprendido a rastrear: “antes de alzar el vuelo y coincidir/ contigo en este instante que ahora tiembla”.

Un poemario hermoso, profundamente lírico, musical como ese canto del mirlo al que canta. Una mirada íntima y auténtica sobre la realidad pequeña, pero más real que nada. Termina el poemario, y como poema último sitúa Julia Bellido el encuentro con el mirlo (en él Antonio Cabrera también supo intuir lo misterioso. “Dice el pájaro negro/ claros enigmas”) en la muerte. Pero no es esta una muerte real, sino simbólica. 

Como ha ido ocurriendo a lo largo de los versos, cada encuentro, cada mirada es un aprendizaje. En la muerte entonces no está la despedida, sino que, por el contrario, se halla el verdadero encuentro, y el canto más real, y la pertenencia a todo lo mirado, y la comprensión total y, sobre todo, el diálogo profundo y verdadero: “Habitarás mi corazón entonces/ y podremos hablar con palabras y trinos.// Y anidaremos juntos/ en el silencio hueco de la tierra.”