Miércoles, 16 de octubre de 2019

Aquello que se le resistió a Unamuno

Si no se habla de otra cosa en Salamanca, ¿de qué piensan se puede tratar mi artículo de hoy? De él, claro, evidente el título, y vaya por delante mi admiración por el polifacético intelectual -poeta, filósofo, articulista, ensayista, novelista y dramaturgo- don Miguel de Unamuno y Jugo.

Todos sabrán que la razón que lo ha emergido a la actualidad local, nacional e internacional es el estreno de la película de Amenábar “Mientras dure la guerra” y como hay gente pa’ tó, alguien me dijo “que demasiada veneración e idolatría”. En este artículo ya he reconocido mi admiración, una admiración que, aparte del disfrute de su obra literaria, pudiera ser reducida a una sola virtud: tratarse de un ser que vivió por encima de los miedos. Y si acaso los tuvo, sus miedos fueron espirituales, pero en su vida intelectual ni rehuyó las polémicas ni dejó de opinar sobre hechos sociales o políticos que le pudieran acarrear problemas y ningún beneficio.

Es un ejemplo para cuantos opinamos en la Prensa, ya sea en papel o digital. Y como en el mes que entramos hará seis años -sin faltar ninguna semana- que escribo en esta columna, servidor, que es un átomo comparado con el maestro, aprovecha para decir que en mis trescientos y pico artículos publicados en este medio, y a pesar de no haber rehuido ningún tema, nunca tuve la mínima corrección ni en el fondo ni en la forma por parte de la Dirección anterior o actual de Salamanca TV al Día, un hecho que no se da en todos los periódicos.

Pero se debe ser justo y decir que, por esa actitud unamuniana de opinar con total libertad, sin autocensura, no fueron pocas las veces, no es mi caso, que le llevaron a Unamuno a dar cuenta ante la Justicia y, quizá por su carácter vasco, una vez fuera de los juzgados seguir opinando en la misma dirección hasta que le dejaban por imposible.

Pero vayamos al título del presente artículo y entremos en esa materia que se le resistió a Unamuno y nos acerca a un Unamuno humano, con sus aciertos, errores y contradicciones. Así, a intervalos, Unamuno no dejó de jugar al ajedrez prácticamente en toda su vida. Por tanto, alguna entente debería haber tenido con el juego como beneficio para sus tácticas vitales, pero no, nuestro literato salía y entraba en el mundo ajedrecístico haciendo crítica de las presuntas vanidades del juego, aunque después utilizara metáforas de peones, alfiles, torres, caballos y reyes en sus escritos.

Y tampoco fue muy cauteloso con sus compañeros de partidas. Hoy todas las opiniones de psicólogos y pedagogos son positivas con el ajedrez. No conozco a nadie que no señale que su práctica en los colegios sería un acierto, pues mejora la atención, enriquece la memoria y desarrolla la inteligencia. Sin embargo, Unamuno escribió un duro artículo tratando al juego -para otros un arte o una ciencia- como banal, un hecho que le granjeó no pocas críticas de grandes maestros. En una de esas frases suyas contundentes dijo que “el ajedrez desarrollaba la inteligencia, pero solo para jugar al ajedrez”.

Rey Ardid, reconocido doctor en Psiquiatría, Campeón de España de Ajedrez desde 1930 a 1943, decía que el ajedrez no es un juego, pero tampoco una ciencia. Lo definía “como algo que está un poco, solo un poco, por encima de las posibilidades de la mente. Si fuera más complejo de lo que ya es, o mucho más fácil, habría desaparecido”. Recordaba Rey Ardid que alguien había dicho “que era un arte inventado por el diablo. La mente humana no tiene condiciones diabólicas capaces de inventar el ajedrez”.

También se refería el gran maestro al amor-odio de Unamuno con este arte, mal llamado deporte. “Admiro al escritor, al ensayista, al pensador, pero Unamuno era un despechado del ajedrez, el ajedrez se le negó a Unamuno y esto le llevó a la ojeriza. Él decía que jugaba bien al ajedrez, pero yo no me lo creo. Era un hombre de extraordinaria inteligencia y no aceptó ni comprendió que no tenía habilidades para el juego y esto no era grave”.

Todo está recogido en una entrevista que le hicieron a Rey Ardid a comienzos de los ochenta del siglo pasado y en su deseo de señalar que no pasa nada por no saber jugar bien al ajedrez, recuerda una anécdota con Jacinto Benavente, que a pesar de todas sus cualidades literarias, era un pésimo jugador de ajedrez con el que en cierta ocasión jugó unas partidas, y por llegar con un grupo de teatro, como invitado, a Zaragoza, de donde era natural Rey Ardid, después de ganarle doce partidas le aconsejaron que se dejase ganar una. Al gran maestro le costó aceptar, pero así lo hizo, y la respuesta de don Jacinto fue: “No soy tan malo, eh, quizá usted había creído lo contrario”. “Don Jacinto no había entendido nada”, señalaba el gran Ardid.