Miércoles, 16 de octubre de 2019

El miedo

Vuelven los tiempos oscuros. Edward Snowden, en su libro de memorias Vigilancia permanente escrito durante su asilo en Moscú, confiesa, a propósito de sus tareas de inteligencia para Estados Unidos, que “unas pocas docenas de las personas mejor posicionadas en todo el mundo para hacer esto se encontraban allí: estaban sentadas a mi alrededor en el Túnel. Mis compañeros tecnólogos llegaban todos los días y se sentaban ante sus terminales para seguir haciendo el trabajo del Estado. No eran inconscientes sin más de los abusos cometidos por ese Estado, sino que no tenían ninguna curiosidad al respecto, y esa falta de curiosidad no los hacía malvados, sino trágicos. Daba igual que hubiesen recalado en la Intelligence Community por patriotismo o por oportunismo: una vez que habían entrado en la maquinaria, se habían convertido ellos mismos en máquinas”. Cualquier persona avezada reconoce en estas palabras el legado de Hanna Arendt escrito hace casi sesenta años que configuró su bien hallada tesis de la banalidad del mal.

¿Cuáles son los límites del trabajo bien hecho? ¿Qué papel desempeña en el quehacer laboral la obediencia debida? ¿Hay constricciones institucionales en las que su costado informal puede prevalecer? Si las hay, ¿de qué tipo son? Son cuestiones añejas que en días de particular zozobra reaparecen con especial virulencia y que llegan a alcanzar un nivel de preocupación especialmente dramático. Hoy corren tiempos de desasosiego. Lo son en el panorama mundial, en la arena europea, en el contexto español y en el ámbito individual, pero el problema permanece incólume, aunque la gravedad del momento lo proyecte con un especial significado. Ello es así, como advierte Karen Amstrong (Los orígenes del fundamentalismo), porque “todo proceso modernizador produce gran ansiedad” ya que “cuando el mundo cambia, las personas se sienten desorientadas y perdidas. Las emociones más comunes son la desesperanza y un temor a la aniquilación que, en circunstancias extremas, puede conducir a la violencia”.

Ahora bien, a la vez, hay también algo ancestral y permanente en el ser humano: el miedo. Martha Nussbaum (La monarquía del miedo) señala que en todas las sociedades el proceso de conformación del miedo “está influido por la cultura, la política y la retórica”. La capacidad de incidir a corto y medio plazo sobre la primera es muy reducida. Y la política y la retórica, en la mayoría de las ocasiones, van de la mano. En el período de feroz individualismo en que vivimos, dominados por el imperio de las emociones y arrinconados por patrones económicos que incrementan de forma galopante la desigualdad y precarizan la vida, el miedo es el resorte adecuado que responde a cierta toma de consciencia de un peligro que acecha. “Un dolor producido por la aparente presencia inminente de algo malo o negativo, acompañado de una sensación de impotencia para repelerlo”. El discurso reinante en buena parte del mundo se ceba en la ira, el asco y la envidia como grandes catalizadores y, sobre todo, en su instrumentalización política para beneficio de unos pocos.