Miércoles, 16 de octubre de 2019

Un Centro de Espiritualidad en Cantalpino

El 25 de abril de 2004, el Papa San Juan Pablo II beatificaba a la religiosa salesiana Sor Eusebia Palomino Yenes, nacida en Cantalpino en 1899 y muerta en Valverde del Camino en 1935.

El legado de esta humilde salesiana ya ha traspasado nuestras fronteras hasta llegar a todos los rincones del mundo. De todos ellos llegan fieles para conocer los lugares por donde se movió esa sencilla monja que vivió y murió como una santa. Para darse cuenta de las extremas necesidades que soportó toda la familia de esta sierva de Dios, basta contemplar el humilde hogar en que nació y vivió, durante los años previos a su profesión con las Hijas de María Auxiliadora. Un hogar de poco más de 30 metros cuadrados para el matrimonio y cuatro hijos. A consecuencia de un accidente laboral, el padre estaba imposibilitado para trabajar en el campo, y la madre, sin otra fuente de ingresos que las procedentes de limosnas obtenidas por todos los pueblos de la comarca, hacía equilibrios para dar de comer a cuatro criaturas, hasta que éstas alcanzaban la adolescencia para ejercer como sirvientas en otros hogares. Razones sobraban para la desesperación y, con estas realidades, tendría que haber sido un lugar de sufrimiento y tristeza. Pues no, a pesar de todo, nadie de la casa se impacientó por la continua escasez de los más elemental.

¿Cuál es la explicación? Sencillamente, la fe El cristiano convencido tiene la certeza de que en Dios está la solución. Desde pequeños, nos enseñaron que la fe es creer lo que no vemos. Agustín, el padre de Eusebia, antes del accidente laboral, y a pesar de llegar a casa agotado por el cansancio de toda una jornada expuesto al frío o calor de la estación, siempre encontraba un momento para explicar a sus hijos lo que él sabía de Historia Sagrada. Quienes le conocieron se maravillaban de que, con los únicos conocimientos adquiridos en la escuela, tuviera tal facilidad para embelesar a sus pequeños con relatos de la Biblia que, en formato de cuento, penetraban hondamente en sus mentes. Ese magisterio paternal no decayó con su minusvalía y, en esa casa, alguna noche se irían a la cama sin haber cenado lo suficiente, pero nunca sin rezar el Rosario. Ese ambiente caló muy hondo en el corazón de nuestra protagonista que, desde niña, tuvo muy claro para qué había venido a este mundo: para hacerse santa. Por eso, cuando acompañaba a su padre recorriendo los pueblos vecinos para llevar algo de sustento a casa, nunca dejaron de asistir a los actos religiosos que se oficiaran diariamente.

Ni que decir tiene que esta conducta nunca pasa desapercibida para quien la observa. Sor Eusebia nunca olvidó aquellas periódicas “excursiones” en las que pudo comprobar en su propia carne los resultados de la verdadera caridad. El sonrojo de un obrero en edad de poder ganar el jornal necesario para sostener su hogar, y obligado a ejercer la mendicidad, hería su pundonor y no se atrevía a pedir limosna a sus propios convecinos. La pequeña Eusebia captó rápidamente esta circunstancia y quiso acompañarle en sus andanzas. El alma privilegiada de nuestra paisana no escogió la pobreza como forma de esfuerzo o padecimiento. Al contrario, la pobreza fue la escalera de que se valió para entregarse a los demás y subir al cielo. Lo atestigua con creces toda su vida, antes y después de su profesión como religiosa.

Quienes tuvieron la dicha de convivir con ella no paran de proclamar lo sobrenatural de su quehacer diario. Una religiosa con la cultura imprescindible para poder profesar era capaz de entablar diálogo sobre elevados temas teológicos con licenciados o sacerdotes, como si se tratara de una nueva discípula de la “Escuela de Salamanca”. Toda su vida fue una continua entrega a los demás, salpicada de hechos difíciles de explicar. Durante los años de la II República, a la vista de los acontecimientos, y sabedora de lo que iba a suceder, obtuvo autorización de su confesor para ofrecer su vida por la salvación de España.

La rápida difusión de la fama de santidad que envuelve la figura de Sor Eusebia Palomino hace que Cantalpino se haya convertido en lugar de peregrinación de numerosos devotos llegados de todos los continentes, deseosos de conocer los lugares por donde se movió esa salesiana con aureola de santidad.

Para que no desapareciera ninguno de los elementos de la primitiva “choza” -así llamaba Sor Eusebia a su casita-, las Salesianas, con no poco esfuerzo, han ido adquiriendo todos los inmuebles que rodean a tan modesto hogar para que permanezca tal cual lo conoció nuestra paisana. Como sucede en todos los proyectos de obra, los cálculos suelen quedarse siempre cortos. En esta ocasión también ha sucedido y la Congregación recurre a la caridad de todos los simpatizantes para colaborar en las cantidades aún pendientes de liquidar.  Para los interesados en esa ayuda, ofrecen el siguiente número de cuenta: ES59 0075 5701 2606 0031 8793.

Una vez terminada la obra, el próximo domingo 29 de septiembre, tendrá lugar la inauguración oficial del nuevo Centro de Espìritualidad “SOR EUSEBIA PALOMINO”, en Cantalpino. Desde ese día, por nuestra provincia discurrirá un nuevo camino de peregrinos con final en el lugar donde nació la monja de la que tanto se habla. El complejo consta de casa -tal como la dejó Sor Eusebia-, locales de alojamiento y pastoral, además de una capilla para que, quien lo desee, pueda orar y pedir ayuda ante el Señor, María Auxiliadora y Sor Eusebia.

 Los actos comenzarán con una Eucaristía en la iglesia parroquial, a las 12 horas, seguida de un paseíllo hasta la Plaza de Sor Eusebia, donde se pronunciará un pregón alegórico del acto, y se terminará con un vino español. Se pretende amenizar todos los actos con la actuación desinteresada de algún músico. El viaje incluye comida en ruta con sobremesa salesiana. Tenemos constancia de la asistencia de varios autocares venidos de Madrid, Béjar y Salamanca, amén de los que acudan en coches particulares  Si alguna persona desea asistir, podrá ser informada en el Colegio “Don Bosco”, de las Salesianas. Os esperamos.