Sábado, 21 de septiembre de 2019

Unamuno fuera del cartel de Ferias

Con un lugar de acogida inmejorable como el Centro de Documentación de la Memoria Histórica, el pasado jueves se celebró un inusual debate de inauguración de curso por parte de la Asociación Amigos de Unamuno. Con toda seguridad nuestro notable cuatrirrector, que está muy vivo, se habrá sentido orgulloso.

Pienso que, de inmediato, lo de “inusual debate” les habrá sorprendido y desearían una explicación. Ocurre con el término “debate” que habitualmente no se emplea de manera correcta, y de ahí lo de inusual. Debatir –si no entramos en templos mayores como la televisión, con su particular lenguaje– es controvertir o porfiar con mesura. Y al no ser esto lo habitual, sino una prevalente prudencia hasta convertir este en unas conferencias de especialistas, agradecemos que no fuera de esta manera y dejaran aparte lo políticamente correcto.

No nos pregunten matices, digamos que sentimos esa sensación. Y también debemos añadir que ese “orden del día” lo facilitaba. Se trataba de acercarse con la mayor exactitud, o eso me parecía a mí, a las palabras que en el Paraninfo se cruzaron el 12 de octubre de 1936 el ínclito Unamuno y el “aguerrido” militar Millán Astray. Un hecho que permanecerá latente mientras se hable de sus protagonistas, pero la literalidad de lo que se dijeron –estábamos en guerra– seguirá siendo producto de la imaginación de todo ser humano que tenga un poco de intuición –la épica existe– y mucho sentido común. El raciocinio se le reconoce a todo el mundo y las titulaciones en estos casos son como esa persona que busca estar en forma tirando monedas por su casa para después recogerlas una a una o la que tiene un huerto donde siembra y recoge todo tipo de hortalizas. Siempre habrá alguien que le diga: “no compares, hombre, yo estoy en mejor forma que tú, date cuenta con quién hablas: yo voy a un gimnasio”.

Pero sigamos con los hechos. Quizá si nos atenemos a las consecuencias para el Rector por tal enfrentamiento, sin lugar a dudas las palabras de Unamuno nada debieron gustar al poder recién constituido. Y sin dejar de lado ese acercamiento en la literalidad de las palabras del Paraninfo, se nos ocurre una pregunta: ¿Cuántos libros se habrían escrito sobre los hechos del “tejerazo” del 23 de febrero de 1981 si un cámara –profesión que entonces no estaba entre las intelectuales– no hubiera dejado el objetivo abierto? Por tanto, si más atrás hemos dicho que la mayoría de las opiniones son válidas, por qué se condenan, se menosprecian o se denigran las que se vierten en Internet. Lo importante siempre es saber depurar.

Esto último es consustancial a las prevenciones de Unamuno, a quien le faltó vida para seguir opinando. Nuestro Rector, como muchos intelectuales de su época, miraba al cine con cierto desdén. Era un avance engañoso que venía a ensombrecer al Teatro –como si el teatro fuera la verdad y el cine no lo fuera… Sin embargo, hoy conviven. Y sin ir más lejos, ya auguran al móvil solo diez años de vida. ¿Qué ocupará su lugar?, preguntamos. Hoy inimaginable, pero el avanzado estado de gestación del futuro ingenio promete. Un hecho muy positivo para el conocimiento y del que debemos alegrarnos, no asustarnos.

Es más, recuerdo una conferencia en el Ateneo de Salamanca del presidente de la Asociación de Amigos de Unamuno, el escritor Francisco Blanco, en la que sobre don Miguel decía que “entre todos, lo sabemos todo”, pero un hombre solo, o su Casa-Museo, a pesar de su extenso archivo, es muy difícil que pueda recoger la inmensidad de la obra del vasco-salmantino. No nos quedemos en la epidermis, dejemos que los avances científicos nos invadan con sus conocimientos, y por supuesto sin “jaquearnos”.

Pero no nos queremos ir del debate del jueves –que seguro a nadie dejaría indiferente–, y aunque venimos señalando el leitmotiv al que estuvo dedicado, era muy difícil que los intervinientes no se salieran hacia los arcenes y hablaran, por ejemplo, de los intelectuales –Unamuno, Ortega y Azaña– que más influencia ejercieron en la primera mitad del siglo XX, o que alguien dijera que no era unamuniano, sino unamunólogo, o rectificar que la conferencia del 36 fue banal por lo banal de lo que se dijo en ella, o tantas otras cuestiones que hilaban con lo que ocurría en la actualidad, etc. Todas de interés.

A mí me gustaría decir “que lo que ocurre en el campo, se queda en el campo”, como señalan algunos futbolistas, pero estamos hablando de un acto en el campo de juego del Paraninfo para precisar lo que “mereció tarjeta amarilla y no roja”, como ocurrió con posterioridad, y si se podía hablar de aquello, también se puede hablar de la conferencia de este pasado jueves.

En mi caso, aunque hubo un tiempo de preguntas para el público asistente –por cierto, el salón casi completo ...y la Selección jugando contra Rumanía–, yo quería realizar una pregunta, pero se salía tanto del tema que al final quedó sin contestación. Es más, ni siquiera la hice. Pero con ello aprendí una cosa nueva: “nunca dejes una pregunta para el final, pues quizá luego lo lamentes”.

Esto me ocurrió y esta era la pregunta –tal vez indiscreta– y su enunciado: “Alguien de ustedes ha dicho que en Salamanca no hubo guerra, sino ajusticiamientos. Unos ajusticiamientos que, según dijo Unamuno, la mayoría de quienes asistían a presenciarlos eran mujeres. ¿Eso está documentado y el porqué de tales espectadoras suficientemente explicado?”.

Por lo dicho, solo puedo acudir a mi sentido común, así pienso que mientras aquellas vilezas ocurrían, los empleados, hombres, estarían en sus trabajos y los jornaleros en la plaza esperando al señorito, y si la mujer asistía al “evento” sería para marcar territorio y defender a la familia, pero no creo que lo hiciera –indistintamente de la clase social– por morbosidad o como un espectáculo.

Pero ya digo, don Luis, amigo moderador, si hubiera entrado esa pregunta –¡joé!, es la hora de Nadal, qué buen tenis–, que dejé para el final por no venir a cuento mientras se atendía a lo del Paraninfo, quizá se hubiera abierto el debate de nuevo ...y llevábamos una sesión de dos horas. Muchas gracias a ti, a todos y a todas (en especial a la/los intervinientes).