Martes, 17 de septiembre de 2019

La República puede esperar

Dejando por ahora la novela política que, como diría el escritor chileno Jorge Edwards, en literatura el mejor final acaba por ponerlo el paso del tiempo, recordemos que la semana pasada fue la semana de Juanito y el fin de semana la preocupante desaparición de Blanca Fernández Ochoa, a quien, junto a su hermano Paquito (así conocido por siempre y para siempre) tanto debe el deporte español.

Se preguntarán ustedes quién es Juanito, ¿verdad? No sé si a él le gustará que le llamen así, pero en nuestro caso nunca nos atreveríamos a darle tal diminutivo si éste no hubiera germinado en el mismo seno de su familia. Quizá alguien de manera equivocada piense que es la respuesta de Doña Sofía a la tan traída y llevada opinión de “profesional” con la que le bautizó su marido Don Juan Carlos I –nuestro anterior rey–, pero no, lo de Juanito viene desde la adolescencia.

El amigo Peñafiel, quien tanto sabe de la Familia Real, corroboró ese apelativo con un ejemplo: En cierta ocasión, acompañando un ministro a Doña Sofía en la visita a unas obras, el ilustre personaje le anunció que lo que iba a ver Su Alteza sería la segunda obra más importante de Europa en ese ramo. Con toda lógica, la reina le preguntó cuál era la primera. Como el ministro no supo qué contestar, evidenció quién realmente debería ser un profesional y no lo era. Con esto podemos suponer que Doña Sofía, a pesar de ser griega, bien podía tener ascendentes gallegos. ¡Cuántas veces no le habrá corregido al Rey sus gustos musicales, por ejemplo! ¡Ay aquella sinfonía en el móvil del pollito!

Después de una nueva operación, la puerta del hospital estaba esta semana llena de periodistas que, como siempre, a la salida esperaban arrancar a Don Juan Carlos algunas palabras propias de su campechanía, de las que nunca decepcionan. En una ocasión –atravesaría un mal momento–, sin perder el humor, les dijo que “no sabía si estaban deseando pincharle un pino en la tripa”, en otra, más calmado después de una operación de huesos, dijo que salía del taller, donde le habían puesto unas piezas, y esta semana –que le habían tocado las válvulas– el símil era de tuberías y cañerías.

Con este sentido del humor tan suyo, le imaginamos en una situación parecida a la que tuvo la reina con aquel ministro, y pensamos que la presunta respuesta del rey hubiera sido tomarlo del brazo y decirle más o menos: “es una broma, hombre, no te preocupes, que a mí me preguntas por los dieciséis nombres de Froilán y no te digo más que Froilán... y de Todos los Santos..., jejejejé”.

Esta profesión periodística, que ha de llenar todos los días cientos de periódicos, no sólo se hace eco de la palabra, existe un lenguaje corporal y gestual que no debe pasar desapercibido, y gracias a ello hemos visto al matrimonio real largo tiempo distanciado, y lo que son las cosas, diría un castizo, ese acercamiento actual de Doña Sofía y Don Juan Carlos seguro que es real por parte del Rey, pero no sabemos, por lo de “profesional”, si será Real por parte de la Reina.  

No seamos malos: seguro que también es real por parte de Doña Sofía, una gran señora que nunca dio motivos para pensar otra cosa. Y a pesar de lo dicho, y siguiendo con el monarca, no creamos que Don Juan Carlos ha sido un rey “no profesional” en su labor de representación, ya que Don Juan Carlos sabía su oficio y es obvio que ni iba a ser un Franco ni un rey absolutista. Aquel fue un dictador que hizo lo que le dio la real gana, y comparar a Don Juan Carlos con él o con algo parecido a un rey estamental, sería un insulto a nuestro tiempo y a nuestra monarquía parlamentaria.

Aunque esto nos lleva a preguntarnos: ¿alguien cree que todo lo que haya hecho el Rey, los aciertos o errores, fueron desconocidos para quienes le administraban la agenda? ¿Qué margen le quedaba al Rey fuera de esta? Pienso que hay que ser muy inocentes para creer que el monarca se moviera con total impunidad y sin escolta.

En una reciente entrevista a Cayo Lara, persona que, es de agradecer, a nadie deja indiferente, preguntado por su relación con Don Juan Carlos, relató que, en cierta ocasión, días antes de asistir a una charla con él, pidió a la gente de su entorno político que le pasaran preguntas por escrito para hacerlas llegar al rey. Sin más, les quitó el nombre y la foto a las personas que hacían los requerimientos, algunos de alto contenido, si no de reproches, y tal cual se las entregó a Su Majestad en una carpeta. La contestación de Don Juan Carlos fue: “Dámelas, que yo las quiero leer, que estos –refiriéndose a su entorno– solo me cuentan lo que les da la gana”.

Como durante muchos años la vida del rey pasaba casi en exclusiva por la pluma de Jaime Peñafiel, son muchas anécdotas y muy jugosas las contadas por el periodista. Aunque quizá sean más las que haya dejado en el tintero. La experiencia y larga vida periodística de Jaime se extiende hasta aquella época en la que acudía a las monterías con Franco –más de una veintena–, y como hemos dicho que Franco hacía lo que le daba la gana, Jaime presumía de ser “el único periodista que podría escribir un libro de mil páginas sobre el dictador... pero todas las páginas estarían en blanco”. Cuenta Jaime “que Franco era un individuo de tal hermetismo, que solo me habló en una ocasión y fue para preguntarme si un personaje, amigo mío, era masón...”.

Don Juan Carlos, dentro de lo posible, habrá buscado un espacio propio e inventarse una vida soportablemente mediatizada en la que habrá tenido que decir lo que debía y no tanto lo que pensaba. Y como los tiempos cambian, a su hijo, el actual Rey Felipe VI, sumergido en la época millennials, seguro que no le tendrán capado el Twitter, con lo que podrá conocer al detalle lo que los españoles piensan de la Corona y debatirlo con sus consejeros.

Deseamos una pronta recuperación a Don Juan Carlos y larga vida. Y a Doña Sofía, si así lo desea, que negocie con él una nueva agenda.

No pudiendo resucitar a Azaña, y pensando en gente de renombre para la República –Pujol, Rato, Esperanza…, que pudieran haber sido– esta puede esperar.