Sábado, 7 de diciembre de 2019

La copla

Una de las señas de identidad de la dictadura franquista es su voracidad por apropiarse de todo. Incluso del pantano de mi pueblo, una idea de don Filiberto Villalobos, médico, ministro de la segunda república, y sobre todo paisano. Qué faena nos hizo usted, don Fili. A la idea de don Fili le siguió el proyecto de Indalecio Prieto, que es quien tenía las competencias para hacer el pantano. Todo quedó interrumpido por  el golpe de Estado. A la república no le dio tiempo ni a acabar con las miles de escuelas que estaba construyendo. Y el pantano de mi pueblo lo construyó e inauguró Franco, como otros muchos proyectos republicanos.

Por cierto, tengo que repetir aquí que el generalísimo se equivocó de botón al inaugurar el pantano de mi pueblo. No le dio con el dedo al de bajar las compuertas, sino al de encender las luces de la presa. Así que ahí tenemos al dictador con la euforia luminosa y a pleno sol. E inaugurando dos veces en dos minutos el mismo pantano.

La dictadura franquista se apropió también de la gente. Unos se dejaron y otros no pudieron oponerse porque estaban ya muertos. Entre esto últimos hay que contar con don Miguel de Unamuno, que después de dimes y diretes, fue enterrado con honores falangistas. Vivir para ver, hubiera dicho el Rector.

Unamuno, como todos los escritores de la Generación del 98 menos los hermanos Machado, era enemigo acérrimo de la copla. La copla, un género popular español tan lleno de pasiones y del que no se conoce muy bien su origen fue fagocitada también por los propagandistas del franquismo.

Mal hecho porque la copla caminó sola primero de la mano de Pastora Imperio, y luego fue más bien republicana si recordamos a  “María de la O”, “El día que nacía yo”, “Suspiros de España”, “Ojos verdes”,  “La bien pagá”, o “En las cruces de mi reja”, por poner unos ejemplos.

Y hay un claro desacierto al identificar a la copla con Andalucía. Hay autores como Quintero que era de Ceuta, Ochaita de Guadalajara, Solano de Cáceres. Y si vamos a las voces, tenemos a Concha Piquer (la musa del régimen) nacida y criada en Valencia; Angelillo, de Madrid; Imperio Argentina, de Buenos Aires; Raquel Meller, de Tarazona; Rosita Ferrer, de Barcelona. No se puede achacar a la casualidad que los ideólogos culturales del régimen pensasen llegar por todos los medios a una España andalucista.

Por eso hicieron con el flamenco lo mismo que con la copla, obviando que Carmen Amaya era catalana, o Antonio Gades (Antonio Esteve) era de Alicante; o que Rafael Farina se crió en Los Pizarrales de Salamanca, después de nacer en un pajar del Martinamor, unos cuantos kilómetros dentro de la misma provincia.

La copla y el flamenco se rozan, pero no son lo mismo. El origen del flamenco parece cercano a un mestizaje morisco. Y tampoco es lo mismo que el llamado cante jondo (hondo) de quien Manuel de Falla decía que era más antiguo que el flamenco.

Ahora Estrella Morente ha grabado un disco de copla. Hace bien, flamenca de postín por parte de padre y madre, ha reinado en el flamenco hasta ahora. La inquietud le llevó a su padre -Enrique Morente- a buscar nuevas fórmulas de expresión dentro del flamenco, mientras que otros como José Menese se han muerto sin apartarse de su pureza.

Esa misma inquietud ha empujado a Estrella a la copla.  Estrella no añade nada a este género, aunque no pierde la dignidad de una intérprete prodigiosa. Pero “aflamenca” la copla. Y está bien que lo intente, aunque para eso haya tenido que huir de las clásicas (“Cinco farolas”, “Y sin embargo te quiero” “Ojos verdes”, y alguna más).

Cuando hace unos años asistimos a la trifulca entre Rocío Jurado y Concha Márquez Piquer porque la primera había dicho (al ser preguntada por la Piquer) que ella era más larga, Rocío tenía razón aunque la hija de la tonadillera y del torero rubio, que estaba casado con otra, se pusiese como se puso. Porque Rocío Jurado cantaba tan bien la copla como el flamenco, incluso como la balada.

De esto doy fe, porque la escuché junto a su primer marido con quien departimos el tiempo de los exilados que un día volvimos.

Y conmigo, toda España.

Tanto la copla como el flamenco tienen unos cimientos literarios. Y ahí sí que no pueden saltarse las reglas. La poesía popular -tan olvidada- es muy agradecida pero muy exigente.

Digamos que desde este ángulo, la copla es para Rafael de León, devoto de Miguel de Molina; y que el flamenco lo dejamos para Federico García Lorca, más cercano a Manuel Torre y Tomás Pavón.

Las dos seducciones se fusionan en dos poetas actuales: Miguel Ángel Yusta,  a quien debemos cientos de coplas y que tiene un espacio semanal en el “Heraldo de Aragón” para dar vida a esta poética, y Manuel López Azorín, que enlaza con el anterior a través del romance (con guiños a la seguidilla) en su libro “Romancero flamenco”.

Ni en la literatura ni en la música se puede poner de rodillas en el  olvido aquello que es tan importante que nadie sabe de dónde viene. Y es porque viene del pueblo.