Domingo, 18 de agosto de 2019

El porno, los niños y el móvil

Es de Pero Grullo (así lo escribía Unamuno) que el estío siempre fue una época de sequía. Y no solo para la Naturaleza, sino de sequedad de noticias. Hasta los carteristas están de vacaciones. En la época franquista –creo que lo leí por primera vez en el periódico “Pueblo”– hubo quien inventó aquello del monstruo del lago Ness, y ya avanzada la democracia, incluso hasta el día de hoy, hay quien saca al monstruo del lago y lo pasea por las páginas de los periódicos.

Pero tal como si fuéramos esos afortunados presentadores televisivos, nuestra imaginación y recuerdos tienen un pinganillo en la oreja y hasta ella nos llega tal caudal de noticias, que la sequía se transforma en inundaciones. Esta semana, entre otras cosas, me había llamado la atención escribir sobre la juez tarorista y “estríper” y con ello pasármelo bien, pero al ser un poco rarita, creo que hacer puénting tiene menos peligro. Descarto ambas cosas.

Y bien, como queremos hablar de algo que esté de actualidad, pero que sea serio y no tratándolo de manera trágica, abrimos esta ventana para protestar sobre eso que los interesados no van a denunciar nunca, ya que nuestra proposición es preguntar ¿cómo es posible que niños de ocho o nueve años estén viendo porno en los móviles? Digo que ellos no lo van a denunciar nunca puesto que, a esa edad, al menos los de mi generación, morbosamente buscábamos en el diccionario (todo con perdón) la palabra “puta”, y ese término nos remitía a “ramera”, y cuando pasábamos a ver “ramera”, la frustrante información era nuevamente “puta”, sin más.

Años después llegó el destape –hablamos de finales de los sesenta–, en el que el cine nos trajo películas subidas de tono con actrices como Helga Line, Mary Francis (Paca Gabaldón), María Luisa San José, Silvia Tortosa, María José Cantudo, Pilar Velázquez, Bárbara Rey, etc., que con un poco de suerte –y dejándose engañar la taquillera y el “picatícket” – se veían cuerpos para dieciocho años cuando apenas contábamos con catorce.

Posteriormente, con la Transición y la Democracia, la libertad se reflejaba en el porno, y éste inundó los kioscos con las revistas “Lib”, “Playmate”, “Playboy”, etc., contaminando a la vez a los periódicos, que, hasta los muy serios, o casi todos, económicamente no le hicieron ascos a los anuncios de sexo por palabras o por módulos, donde se admitían fotos de desnudos casi integrales.

Pero quedaba por venir el gran salto, que lo dio Canal Plus, la primera televisión de pago en la que podían verse géneros y posturas de manera explícita, y quien tenía un amigo informático, el descodificado te lo conseguía gratis con un truquillo de nada. Pero era curioso que quien no encontraba ese amigo –según estadísticas unas 30.000 personas– veían aquellas películas con rayas y de manera codificada. Un hecho que a mí no me extraña, pues recuerdo que en las empresas a los chicos se les decía: “¡cómo tienes los ojos tan rojos, chaval, coge un colador y mira el Canal Plus como Dios manda!”. (Quizá más de uno utilizaría el colador).

Dicen que todo lo que sube, baja. Sin embargo, en este asunto, hoy estamos un escalón más arriba. En la actualidad, con los “smarphone”, un gran porcentaje de niños acceden a ver películas de alto voltaje y su confusión en lo que atañe a sexualidad es tal, que se duda si los casos de “manadas” sean producto de mimetismo al entender como sexualidad lo que es porno crudo y duro.

Por supuesto, ha habido visionarios de lo que podía ocurrir, pero es un negocio que si se deja en manos de los que sacan tajada y no se regula por ley, que nadie se lleve a engaño: no tiene arreglo.

Recuerdo que en un periódico se intentó controlar los anuncios y suavizar los mensajes, pero fue caso perdido. Se nombró al corrector de pruebas como una especie de defensor ético del lector y así intentar que la publicidad mantuviera un orden para los nuevos anuncios –ejemplo: madurita pechugona, jovencita culona, etc., poco más-, pero aquello duró cuatro días y dos se perdieron en discusiones, al final se volvió a lo de siempre: sexo con idiomas, fogosidad, ninfonosequé, lluviasnosecuanto, de todo.

Y esos anuncios han sobrevivido hasta el 1 de enero del presente año, pues en Prensa ya no se permiten. Económicamente tampoco se habrá perdido mucho, puesto que la mayoría ya había emigrado a Internet, que para lo bueno y para lo malo es el mundo donde se mueven los más jóvenes (¡algunos con noventa años!).

Estas y no otras han sido las clases de sexualidad en España durante más de medio siglo. Aprendamos y en lo sucesivo seamos responsables con las nuevas tecnologías y no las dejemos en manos de los niños con total libertad.