Jueves, 17 de octubre de 2019

Visita guiada por Castelo Rodrigo, uno de los doce pueblos históricos de Portugal

Este pueblo auténtico fue testigo de las aventuras y desventuras ibéricas, formó parte de la Extremadura Leonesa y conoce los motivos que llevaron a Portugal a depender de la monarquía española durante sesenta años
Un personaje histórico guía la visita/ Rep. Gráf.: Martín-Garay

En las tardes sabatinas el pueblo de Castelo Rodrigo, tierra ribacudana en la frontera con Salamanca, recibe a todo el que quiera saber un poco más de historia peninsular ibérica a través de su historia local, mientras pasea por sus empedradas calles.

Desde el mes de abril hasta el 31 de agosto, se realizan visitas guiadas gratuitas cada sábado a las 16h30 (hora portuguesa), en las que un personaje histórico viene a recibir al curioso visitante. Salamanca al Día recorre en esta ocasión Castelo Rodrigo de la mano de Pedro Jacques de Magalhães, un estratega militar famoso en la región, sobre todo, por humillar a los españoles con una contundente derrota, decisiva para la afirmación de la independencia portuguesa.

Eran otros tiempos, aquellos en los que la población de Castelo Rodrigo anhelaba la paz y superar unos conflictos fronterizos que lo estaban diezmando.

Bajo la Puerta del Sol arranca la historia

Pedro Jacques de Magalhães nos recibe en la Porta do Sol, acompañado por alguien que nos ofrece almendras dulces, -por algo la comarca se precia de llevar el sobrenombre de ‘Reina del Almendro en Flor-’. La entrada oriental al recinto amurallado es de estilo manuelino, el gótico tardío portugués, y exhibe el escudo real.

Después de una breve presentación, comenzamos a recorrer las calles hacia la parte baja de la ciudadela. Somos un grupo numeroso. Deparamos con uno de los tres torreones de la muralla que aún se conservan. Castelo Rodrigo fue fortificado en el siglo XII, con el fin de proteger el territorio reconquistado a los árabes. La plaza fuerte estaba guarnecida por trece torreones, además de la torre del homenaje. La antigua villa amurallada se asienta en lo alto de un montículo, a unos 900 metros de altitud y habría sido levantada donde anteriormente existió un castro y posteriormente una torre defensiva, denominada Atalaia de Martim Rodrigo. Es Monumento Nacional desde 1922.

Desde los siglos VIII al XI las expediciones militares de conquista y reconquista entre musulmanes y cristianos convirtieron esta zona de paso en una región peligrosa. Se desconoce la procedencia del nombre ‘Rodrigo’ que dio origen al topónimo. Se supone que el Conde Rodrigo González Girón, que dio nombre a la villa salmantina de Ciudad Rodrigo después de reedificarla, sería también el responsable de este topónimo, pero no se sabe a ciencia cierta, pues entre los siglos X y XII aparecen varios nobles de nombre Rodrigo vinculados con este territorio.

Desde la vertiente sur de esta atalaya, paramos a contemplar el amplio paisaje que se presenta ante nosotros. Al Sureste, la sierra de Francia y la de Béjar, intuyéndose ya Gredos; al Oeste, la sierra de la Marofa, un faro en el territorio de Riba Côa; al Este, las agrestes arribes del Águeda; y, en mitad de todo ello, una vasta y fértil llanura. Nos explica Pedro Jacques de Magalhães, nuestro cicerone hoy, que, en tiempos, la comarca de Castelo Rodrigo fue el granero de la Beira, por la gran cantidad de cereales que estos campos producían: trigo, centeno, cebada,…daban el pan nuestro de cada día a muchos hogares. Pero también era una zona rica en pastos, por lo que la actividad pecuaria abundaba. Y en frutales, sobre todo, vid, olivos y almendros, que mantienen su importancia en la economía actual del concejo.

Castelo Rodrigo dominaba la región de Riba Côa, delimitada al Oeste por el río Côa; al Norte, por el Duero; al Este por el Águeda; y al Sur por la Serra de Malcata. La comarca pertenecía durante la Edad Media a la ‘Extremadura Leonesa’, en el reino de León, que se extendía por un territorio más amplio, hasta la Serra da Estrela por el Sur y hasta la ciudad de Salamanca por el Este.

Las tierras ribacudanas gozaban de cierta autonomía dentro de la región y del reino, existiendo la ‘Hermandad de Riba Côa’, formada por ocho plazas con castillo. Entre ellas había libre circulación de personas y mercancías, sin sujeción a peaje.

Por el Tratado de Zamora de 1143 nació Portugal, con Afonso Henriques como primer rey. Castelo Rodrigo había quedado en la parte leonesa. Las desavenencias entre el nuevo reino y el de León no permitían trazar con exactitud la línea divisoria, que se movía recurrentemente entre el cauce del Côa y el del Águeda.

Ubicado en tierra de nadie, era escenario de constantes invasiones provenientes de uno y otro lado. Por ello, se hizo necesaria su fortificación y repoblación, para lo que fue determinante el asentamiento de los monjes de la Orden del Císter a finales del siglo XII.

Los cistercienses fundaron el Monasterio de Santa María de Aguiar a tres kilómetros de Castelo Rodrigo, cerca del arroyo de Aguiar, afluente del Duero. Los conocimientos en técnicas agrícolas de estos monjes fueron determinantes para el progreso económico del concejo, así como la introducción de nuevos cultivos. Aún hoy, su economía está basada en el vino, el aceite y los frutales, introducidos por los monjes.

Las tres religiones ibéricas

Continuamos por la Rua da Cadeia, donde las explicaciones de nuestro singular guía se centran en los vestigios árabes y hebreos existentes en la villa. La cisterna es uno de los más importantes. Tiene dos puertas con arco, uno gótico y el otro morisco, y sería el ejemplo de arquitectura árabe más septentrional preservado en Portugal. Parece ser que después habría servido a la sinagoga judía como lugar para el baño litúrgico.

Se sabe que una importante comunidad judía habitaba en Castelo Rodrigo desde, al menos, finales del siglo XII, pues el primer fuero de Castelo Rodrigo, de 1209, ya hace referencia a los judíos y organiza el concejo integrándoles en la vida civil. Vivían en la judería, en Castelo Rodrigo aún existe la Rua da Sinagoga. La localidad, al igual que otras de la Beira, era un punto de paso en la ruta comercial existente entre los judíos del litoral atlántico y los de las comunidades de Ávila y Toledo.

Cuando fue decretada por los Reyes Católicos su expulsión de España en 1496, muchos de ellos vinieron a aumentar la población hebrea ya existente en la Beira y Tras-os-Montes. Castelo Rodrigo fue uno de los cinco puestos fronterizos por los que se les autorizó a pasar. Solo de la vecina comarca de Ciudad Rodrigo salieron 35.000 judíos, asentándose por toda la región de Riba Côa.

Nos muestra Pedro Jacques de Magalhães, convertido hoy en orientador de esta visita, una de las muchas fachadas con vestigios judíos de la localidad. En una casa de la Rua da Cadeia hay una inscripción en hebreo debajo de una ventana manuelina con la fecha ‘1509’.

Es solo un ejemplo de los muchos testimonios judíos y de cristianos nuevos que encontramos en Castelo Rodrigo. Numerosos muros de puertas presentan una cruz, con la que se pretendía probar la conversión al cristianismo de sus moradores, aprovechando el hueco labrado anteriormente en la piedra para colocar la Mezuzá.

Gran parte de la población musulmana y hebrea se convirtió al cristianismo, al menos de puertas para fuera, quedándose a vivir en Castelo Rodrigo.

Los monumentos de Castelo Rodrigo

La Rua da Misericórdia da testimonio del recorrido que realizaban los acusados hasta el Pelourinho (picota) donde les era leída la sentencia. El de Castelo Rodrigo se asienta sobre un pedestal con cinco escaleras en forma octogonal. A más escalones, más poderoso era el municipio. La columna tiene ocho metros de altura y está adornada con una gayola de características manuelinas, rematada por un pináculo. Es Monumento Nacional desde 1922.

Llegamos a una iglesia que, pareciendo simple por fuera, es un tesorito en su interior. Es la iglesia matriz de Castelo Rodrigo y tiene planta compuesta de tres naves, con frías y húmedas losas de piedra de función funeraria cubriendo el suelo. Observamos algún fresco aún reconocible y el altar mayor barroco, dedicado a Nuestra Señora de Rocamador. A la izquierda del altar, una última cena pintada sobre un fresco anterior, originario de la época de construcción del templo, a finales del siglo XII. El original también estaría dedicado a este episodio, pero fue imposible recuperarlo por hallarse totalmente adherido al posterior. Primitivamente de estilo románico y gótico, la iglesia fue reconstruida en los siglos XVI y XVII, época de la que procede el interesante artesonado del techo.  

Con todo, uno de sus elementos más identificativos es la figura en madera de Santiago Matamoros, que por lo visto en su día estuvo en la capilla del Palacio de Cristóvão de Moura. Durante la Edad Media, Castelo Rodrigo quedaba en la ruta de uno de los caminos de Santiago, el que pasaba por Salamanca entrando en Portugal por la localidad de Escarigo, siguiendo hacia Pinhel y Lamego o cruzando el Duero por Barca d´Alva y continuando hasta Bragança.

Un castillo en lo alto de un monte suponía una referencia para los peregrinos, que aquí comenzaron a llegar en gran cantidad. Los frailes hospitaleros se instalaron en Castelo Rodrigo en 1192 para darles asistencia, fundando esta iglesia bajo la invocación de Nª Sª de Rocamador. Observamos en el templo otros símbolos compostelanos, como la vieira. Por ello, esta iglesia también es conocida popularmente como Iglesia de Santiago. Solo está abierta al público durante las visitas guiadas de los sábados o solicitándolo en la Oficina de Turismo.

Acabamos la visita en uno de los símbolos de este pueblo, las ruinas del Palacio de Cristóvão de Moura. Aunque nacido en Lisboa y educado en la corte española, este personaje está muy vinculado a Castelo Rodrigo. Su padre, Luís de Moura, fue alcalde de esta plaza.

Cristóvão de Moura fue nombrado embajador de España en Lisboa por Felipe II, periodo durante el cual trabajó a favor de la unión de los dos reinos ibéricos, comprando voluntades entre los nobles portugueses. Consiguió su objetivo cuando Portugal quedó bajo dominio filipino en 1580, permaneciendo así sesenta años. En 1594 Felipe II le concedió el señorío de Castelo Rodrigo, cuyo condado ya ostentaba. Posteriormente, Felipe III creó para él el marquesado de Castelo Rodrigo y lo nombró virrey de Portugal.

Cristóvão de Moura mandó construir un palacio, el mejor de esta región. Tenía tres plantas, varios túneles, una capilla, dependencias subterráneas y un pozo. Dominaba y domina la parte más alta de la localidad.

En el patio encontramos el escudo de Castelo Rodrigo invertido. Nuestro guía nos explica que fue un castigo impuesto a la villa por haberse posicionado a favor de Castilla cuando los dos reinos vivieron una grave crisis, entre 1383 y 1385. A día de hoy, Castelo Rodrigo conserva su escudo boca abajo, como símbolo de lealtad y coherencia, al mantener la palabra dada.

El palacio de Cristóvão de Moura fue saqueado e incendiado por el pueblo nueve días después de la restauración de la independencia de Portugal, ocurrida el 1 de diciembre de 1640, por considerar a su propietario un traidor a la patria portuguesa. Por ello, solo se conservan sus ruinas.

Visitas guiadas hasta el 31 de agosto

La visita guiada que hemos recibido hoy es gratuita y dura algo más de una hora. La entrada al palacio cuesta un euro. Puede ser conveniente informarse previamente sobre el horario de esta visita, porque quizá pase a realizarse por la mañana en agosto, según nos informan en Castelo Rodrigo. También es posible que la iniciativa se prolongue más allá del 31 de agosto.

Para grupos de, al menos, dieciséis personas, el municipio tiene a disposición un autobús panorámico, que realiza un recorrido por los puntos más relevantes del concejo, como el Convento de Santa María de Aguiar o la propia aldea de Castelo Rodrigo. También es gratuito, pero es preciso consultar su disponibilidad con antelación, lo que puede hacerse en las Oficinas de Turismo de Castelo Rodrigo o de Figueira de Castelo Rodrigo.

Regresa el silencio a las calles de Castelo Rodrigo una vez concluido el viaje por su agitada historia. Grandes acontecimientos están marcados en las gastadas piedras. Comparte su historia con la de España y Portugal. Por eso, conocerla es comprender las semillas que fructificaron en nuestro presente.

Hoy nos ha guiado Pedro Jacques de Magalhães, el héroe de un episodio que este pueblo revivirá los días 9, 10 y 11 de agosto, cuando se recree la Batalla de Salgadela. Pero podrían haber salido a nuestro encuentro António Ferreira Ferrão, Fray Bernardo Brito, el mismísimo Cristóvão de Moura o muchos otros personajes que dejaron su huella en la historia local, que es también la historia peninsular.

Una vez, todos ellos vivieron en esta tierra de paso con fronteras movibles. A propósito de fronteras, dice el compositor uruguayo de raíces judías y afincado en España, Jorge Drexler, en su canción “Frontera” (1999):

“Yo no sé de dónde soy

Mi casa está en la frontera

Y las fronteras se mueven como las banderas

El mundo está como está por causa de las certezas

La guerra y la vanidad comen en la misma mesa

Soy hijo de un forastero y de una estrella del alba

Que si hay amor, -me dijeron-, toda distancia se salva”

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