Lunes, 16 de septiembre de 2019

Ambigüedad (y IV)

La nostalgia lo llevó a recordar su pasado, pero enseguida sintió que debía abandonar esa senda, pues era consciente que muchas de aquellas visiones eran simples manipulaciones. Nunca lo había vivido, pero se lo habían contado montones de veces. Habían insistido en ello frente a cualquier titubeo, a cualquier pregunta insidiosa. Notó el abrumador peso de la duda que se abría siempre que evocaba aquel suceso, a pesar de tratarse de un hecho narrado sin fisuras, con una secuela lógica incuestionable y un final asumible, ejemplificador. No había discrepancia en torno al sujeto, al momento y a las consecuencias, pese a ello la ambigüedad que lo dominaba le obligaba a permanecer en silencio, incluso a no proyectar un solo ápice de asombro en su mirada.

Cree que ya no quedan testigos, pero eso no importa porque la verdad está asentada. Impertérrita. Dominante. Esclarecedora. No se trata de que haya un historiador que sea el amo del pasado. No es eso. Ni tampoco de la existencia de un escriba al que dictar su biografía autorizada. Su vida no da para tanto. No tiene que ver con ninguna historia oficial al uso. Es todo más simple puesto que se vincula con una hoja de vida que ha dejado de ser impersonal porque es un personaje público que solo da explicaciones cuando le apetece. A nadie le importa el sentido profundo que tiene de su identidad ya que goza de aquella que los demás le dan y es favorable. Asimismo, le parece que el país, en pleno declive, puede estar iniciando el proceso de su desaparición. Los esfuerzos en pro de su construcción intelectual, y al alimón material, a lo largo de un par de siglos resultan ahora infructuosos. Por eso, más que nunca, era necesario fijar la imagen, sin duda alguna, sin matices.

Juega con un guiñapo de trapos que convierte en una muñeca o con un pedazo de madera deformada que siente que es un proyectil. Su espacio es un trozo de acera limitado por dos esquinas y una hilera de coches aparcados. Cuando se cansa se acomoda en una esterilla modesta donde siempre está sentada su madre con su hermano pequeño que todavía no anda. No es consciente del paso del tiempo, aunque distingue que durante buena parte de la mañana le da el sol y que algunas veces antes de oscurecer llueve. No sabe si es feliz porque eso nunca se lo ha planteado, pero nota que pasa por momentos de tristeza que dejan atrás otros de alegría. Desearía que alguno de los niños que salen de la tienda de la mano de sus mayores se quedara un rato compartiendo sus juegos, ignora por qué sus miradas son fugaces. Hoy se ha dado cuenta de que en el platillo metálico que tiene su madre al lado de sus pies cruzados hay más monedas que otros días y piensa que eso es bueno. Nadie le ha dicho todavía que tiene una nacionalidad y lo que eso significa.