Martes, 20 de agosto de 2019

Ambigüedad (II)

Francis Fukuyama en su último libro, Identidad, sostiene que “la demanda de reconocimiento de la identidad es un concepto maestro que unifica gran parte de lo que está sucediendo en la política mundial en nuestros días” para concluir rotundamente que “el aumento de la política de la identidad en las democracias liberales modernas es una de las principales amenazas a las que se enfrentan”.

El reconocimiento es el mecanismo activador por excelencia de la identidad de una persona en la búsqueda primordial de la dignidad de todo ser humano, mucho antes que otras formas desafiantes de reconocimiento parciales basadas en la nación, religión, secta, origen étnico o sexo, o de individuos que simplemente quieren ser reconocidos como superiores. También supone un acicate a la hora de soportar la angustia de la existencia.

Recibir el reconocimiento es algo diferente a ser conocido pues se contabiliza un añadido que efunde un aroma particular. Satisface la búsqueda de la dignidad que supone un equilibrio entre el verdadero yo interno y el mundo exterior de reglas y convenciones sociales. Este no reconoce debidamente el valor o la dignidad de ese yo interno generándose un conflicto de dimensiones ambiguas.

Además, los otros fijan un modo de actuación donde se mueven, condenando a quien se rebela al más duro ostracismo. Los límites quedan definidos, del otro lado, por la renuncia a aspiración alguna de quien se siente el apestado de la tribu, pues su forma de ser diferente lo expulsa inexorablemente de lo que alguna vez fue su comunidad.

No importa que su voz sea humana, ni incluso que su mirada demande piedad, tampoco que su ademán sea pacífico; la evaluación confirma la decisión inicial, aquella que sucumbe al más impune de los juicios. Sin apelación, sin considerar ningún atenuante, ni de carácter psicológico, ni, menos aun, de ámbito económico; apenas un hueco para lo cultural que está de moda.

El hombre con el torso al aire está echado en posición fetal sobre el cartón debajo del primer tramo de escalones de la pasarela peatonal. Ignoro si es un desplazado interno o si cruzó la frontera hace unos días. También pudiera tratarse de alguien enajenado o que la fortuna se le hubiera torcido. Tampoco sé ni su edad ni su estado de salud. ¿Por qué sé que está vivo? Lo he visto las dos mañanas anteriores a la ida al trabajo, pero en la primera estaba recostado y parecía fumar mientras que en la segunda rebuscaba en una de las bolsas de basura que debía haber recolectado de un contenedor próximo.

Pero hoy yace quieto, con un trapo que le tapa la cara. Estúpidamente me pregunto si en algún momento él se habrá cuestionado acerca de su identidad, si se habrá preguntado quién es, si habrá habido respuestas o el silencio más feroz se habrá adueñado de su ser. ¿Supone alguna diferencia? Después de alejarme de él cincuenta metros vuelvo la vista atrás y me pasmo con una interrogación: ¿a quién importa todo esto?