Domingo, 25 de agosto de 2019

Todos tenemos una historia

Quienes trabajan en campañas políticas insisten mucho en ello. De hecho, las buenas historias, aquellas que logran conectar con la gente, las que, en la mayoría de los casos, terminan dejando una impronta que moviliza, son las que fundamentan un triunfo electoral, una identificación duradera con un determinado proyecto. Pero en la era de la economía de la atención escuchar una historia es extremadamente costoso. Nadie tiene tiempo. Resulta todo un acontecimiento que alguien se quede con el hilo del relato, que se entere de algo. Ello choca con el hecho de que el deseo más intenso del ser humano es lograr la atención del otro. ¿Cómo compaginar, entonces, la usura del tiempo con la necesidad de contar una vida? La sensación de vacío que sigue al silencio coincide con el sentido del dicho de que si uno se hace a sí mismo le sobrarán piezas.

Pareciera que las historias son patrimonio de profesionales que las elaboran. Escritores de novela o comunicadores construyen textos de contenido y propósito diferente. En ocasiones de lo que se trata es de una pura ficción, otras veces lo que se pretende es comunicar un propósito sobre coordenadas que enmarcan la realidad. Se hace por matar el tiempo, por dinero, por buscar el reconocimiento, para ganar una elección. Hay un imponderable semioculto que produce un efecto mágico tras la ristra de palabras enunciadas en un momento determinado. De los cuentacuentos que manejan historias universales a los predicadores que buscan llevar a las almas a su redil. Del maestro que repite la lección al publicista que elabora el argumento en favor de lo que vende. Contar algo es una tarea que se asimila a la velada del grupo en las noches en torno al fuego. Es también un acto necesario que implica un emisor y un receptor, sin importar si este o aquel son uno, dos o muchos; un hiato entre ambos que, sin embargo, a veces conduce al diálogo de sordos, a la impostura o, a lo que incluso es peor, a concebir que no hay nada que contar.

La mujer ha esperado a que él termine la cena. Ahora quiere contarle lo que ocurrió aquella tarde de verano que tanto la marcó y que él desconoce. Un asunto enrevesado sobre el que ha ido cambiando su interpretación, incluso ha incorporado a sus recuerdos circunstancias que supo después. La noche es plácida y todo invita a la confidencia. Ella, nerviosa, ha pensado con cuidado el orden de su exposición, la cadencia del relato, los puntos a enfatizar, las pausas que tiene que incorporar. Sabe que es ineludible captar su atención desde el inicio, que no debe mostrar fragilidad, porque a él le fastidiaría, ni tampoco histrionismo, ni menos aun un exceso de afectación. Él ha doblado la servilleta y al hacer ademán de levantarse ella le dice que espere, que quiere referirle algo que pasó hace tiempo. Dejando a un lado la silla, él musita: “no, historias ahora no, por favor”.