Viernes, 23 de agosto de 2019

Caminante, sí hay Camino

(Dedicado a la peregrina que la pasada semana fue violentada por
un individuo cobarde y en extinción. “Que no logre acobardarte”)

Que me disculpe el poeta, pero he podido comprobar que hay un camino que existe y, si queremos ser precisos, este camino, más que camino es la meta, una meta que te encela o te reta durante el año hasta llegar ese día del propósito, que es andar.

El empeño, cumplido del 13 al 23 de mayo, ha sido un trecho del Camino de Santiago, exactamente del llamado camino del Norte. En nuestro caso, la distancia ha sido desde Santander a Oviedo (230 Km. en 10 días). Experiencia de todo punto recomendable, pues a pesar de los vaivenes del terreno, arte y paisaje no dejan que pienses en las piernas, eso queda para el posterior alivio del descanso.

Curioso, pero en el camino nadie te pregunta si eres creyente o ateo, o si lo haces por un motivo cultural o deportivo, o si lo tuyo es una promesa o un negocio –en cierta ocasión leí en la prensa la historia de un caminante que, previo pago, año tras año, realizaba el camino ocupando el lugar de una persona que había comprometido la palabra con el apóstol y después no pudo cumplirla.

Así, el reto es de cada cual. Y, en mi caso –quizá por mimetismo de un hermano, caminante empedernido– yo me encontraba en mi primer camino. Y el resto, un matrimonio y dos amigos, todos menos uno –aunque este en forma– eran repetidores. Y, claro, yo que no estaba suficientemente preparado, pero con el propósito de animarme, pensaba que ellos no serían muy buenos cuando no aprobaban y repetían.

Una broma, pues pronto descubrí que aquello no era la Enseñanza, ya que nada más salir, en la primera etapa, quien les habla preguntaba si quedaba poco para llegar, con lo que se pueden imaginar que servidor a Santiago no le iba a pedir nada sobrenatural, si acaso me conformaba con darle las gracias por la salud de llegar hasta el final.

Como quiero que me lean y la escritura en lo digital tiene que ser concisa, no me puedo parar en las impresiones que me llevaba cuando las vacas miraban a nuestro paso –¿piensan los animales? – o los zig-zag incomprensibles de algunos caminos para pasar por las propiedades de algún concejal o concejala, que haylos hay –o al menos así nos lo manifestaron–, pero esto es negativo, y de negativo –a pesar de encontrarnos dos mochilas robadas a unos americanos y que pusimos en manos de la Guardia Civil– ciertamente hubo poco.

Como ejemplo, por el deseo de ahorrar peso en las mochilas, de bebida y comida llevábamos lo justo, sucediendo el caso que en un montículo tuvimos que pedir agua a una señora, y la mujer, además, ofreció comida a las dos personas que se adelantaron a la demanda. Luego, al saber que éramos seis, desistió de la comida, pero no del todo, pues herida su nobleza no pasaron cinco minutos hasta acercarse al lateral del caserío, donde descansábamos todo el equipo y nos trajo una rica empanada y otras viandas, que quizá fuera la comida de su familia. No doy más detalles para proteger su bonhomía.

Así son los cántabros, así son los asturianos. Además, para quienes teman que en el camino van a encontrar insalubridad, digamos que los albergues privados están al alcance por poco más de cinco euros sobre los públicos, pero con ello no queremos señalar que estos últimos estén en peores condiciones, sino que, al no poder hacer la reserva con antelación, si llegas con las fuerzas muy justas y carecen de plazas, no tienes asegurado el descanso. 

Es de reseñar los muchos extranjeros que realizan el Camino. Conocimos a uno que lo había completado desde la parte francesa a Compostela nada más y nada menos que cinco veces, por lo que no era extraño que llevara tatuada sobre su hombro la concha santiaguesa, emblema que si por algo lo tipifican los escritos es por tener forma de una mano abierta, símbolo de generosidad. Pero no nos pongamos didácticos, que tampoco el puño cerrado es tanto puño cerrado por tacaño como por unidad.

Son multitud las anécdotas que se podrían contar de este Camino milenario. Un motivo que queda para los muchos libros y guías que se escriben y se han escrito: Milagros y/o pseudomilagros, mujeres violentadas y violadas, bandidaje, avalanchas, precipicios, emboscadas, ataques de lobos y otros animales, enfermedades, epidemias, golpes de calor o frío y mucho miedo a cada paso. Todo es posible que ocurriera a lo largo de la Historia, por lo que no ha sido una rareza que numerosos peregrinos realizaran testamento antes de emprender el viaje. Y realmente muchos no regresaban, aunque también hubo privilegiados que no volvieron por enamorarse de una nativa.

Tampoco es casual que evite desmenuzar el itinerario que seguimos, ni destacar en prosa nada especial. (Permitidme una excepción: ¡Qué playa la de Cóbreces!). Todo lo que vimos fue de gran belleza y lo que vivimos son recuerdos imborrables, un aspecto humano que comenzaba con los compañeros de viaje, que más que amigos han sido todos familia. Antes de salir me habían avisado que era importante llevar un buen equipo (gracias, cuñado), ahora me doy cuenta que no solo eran las botas, la capa o la mochila, sino que ese gran equipo eran ellos: Pilar (¡tanta fuerza, tanta ayuda y tantas veces marcando un ritmo difícil de acompasar!), Jose (sensatez y simpatía), Polo (sabiduría, la anécdota contenida del extaxista), Joaquín (guía voluntario con el inglés imprescindible) y Ángel (el apoyo, enfermero, mi hermano real y de todos).

No obstante, sería injusto si no dejase un sello poético del camino. Así, desde Llanes-Cebreiro, llegados a Cuerres, paraje de gran belleza, nuestro albergue fue El Reposo del Andayón, alojamiento ecológico en el que te ofrecen ropa desinfectada y duchas a la intemperie con agua caliente, pero reservados por unas cañas indias, y posteriormente, antes de entrar al albergue, perfectamente acondicionado, se dejan todos los enseres en el exterior, con excepción de los más personales, que los llevas en una cesta (ver foto grupo). Ausente la directora, fuimos recibidos por Sandra, mujer de fina sensibilidad, quien nos dispensó un ceremonial en el que cada uno de los presentes pudo presentarse al resto y escribir anónimamente algo positivo, papeles que abonarán un árbol que dará frutos en el futuro.

Como vamos finalizando, diremos que el camino está lleno de postales naturales y gran número de frases de las que te gustaría tomar notas, pero sería un sinsentido y no podrías seguir el ritmo. Sin embargo, hubo una de consenso, que a todos nos llamó la atención, quizá de autor anónimo, y estaba escrita en un diáfano lugar: un bar; decía: “La mente es como un paracaídas, que si no se abre no vale para nada”.

Si la vida lo permite, el año que viene más.