Domingo, 16 de junio de 2019

Cristóbal Aguilar: en memoria

Hace unos días, a comienzos de la última semana de mayo, fallecía nuestro amigo el artista sevillano Cristóbal Aguilar Barea (1939-2019). Tuvimos la fortuna, prácticamente en el arranque de nuestra profesión docente, de coincidir ambos en el instituto sevillano ‘Gustavo Adolfo Bécquer’, ubicado en el castizo barrio de Triana. Enseguida congeniamos y, desde entonces, hemos mantenido una continuada y fiel amistad, a pesar de la distancia.

Cristóbal –como así le gustaba firmar su obra, sin más– formó parte de ese movimiento artístico, tan significativo en los años sesenta y que se prolongaría hasta los primeros años de la democracia, conocido como “Estampa Popular”, que tuvo sus núcleos de artistas en Madrid, Barcelona, Sevilla, Córdoba, Bilbao y Valencia.

Es inútil ahora detallar en esta columna toda la andadura artística de Cristóbal, que se prolongó a lo largo de toda su vida. E inútil también trazar un bosquejo siquiera de lo que fue “Estampa Popular”, movimiento de artistas conscientes, antifranquistas, que cultivaron un realismo social y crítico, con muchos matices, y que se sirvieron del grabado como herramienta fundamental en sus creaciones. El IVAM de Valencia dedicó entre abril y junio de 1996 una exposición de este movimiento, con un hermoso catálogo, que recomendamos a quienes estén interesados en él.

Cristóbal, en un principio, formó parte del Grupo Sevilla de grabadores d Estampa Popular, que funda en 1960, junto con Francisco Cortijo y Francisco Cuadrado. Tal grupo, muy activo en exposiciones, se prolongaría hasta 1962; año en el que el propio Cristóbal funda Estampa Popular de Sevilla, en la que participan varios artistas que ahora no podemos nombrar. Curiosamente, un año después, en 1963, se celebra la segunda exposición de Estampa Popular de Sevilla, organizada nada menos que por el zamorano Agustín García Calvo, en la Facultad sevillana de Filosofía y Letras, en homenaje a Antonio Machado. Se quitó el retrato de Franco que presidía la sala y, en su lugar se colocó el del gran poeta sevillano.

Pero hoy no queríamos –no podemos aquí– trazar el itinerario artístico de Cristóbal. Si, hablar, sin embargo, de su extraordinaria calidad humana, de sus grandes dotes como artista, tanto en el dibujo, como al óleo y en el grabado. Era un artista demorado, lento, con un realismo lírico muy sugestivo, de una claridad misteriosa. Dejó plasmados los lugares y paisajes que amaba: de la Andalucía occidental, de Segovia (donde obtuvo una beca), de Salamanca, de La Alberca incluso; los tipos populares, campesinos sobre todo; motivos extraídos del arte clásico, que recreaba de un modo delicioso. En los últimos lustros de su vida, abrió su creación a la cerámica; son extraordinarias las piezas decoradas por él, con sus motivos más queridos, expresados en platos, tazas, azulejos y otros modos.

Ilustró también algunos libros (uno de ellos, nuestro ‘Cancionero para niños’, que editara en Madrid Ediciones de La Torre, en su colección Alba y Mayo nº 21, 1993). Y participó como ilustrador en otros muchos. Queremos citar ahora el de ‘Versos para Antonio Machado’, publicado en París por Ruedo Ibérico, en 1962, con portada de Millares, poemas de algunos de los grandes poetas españoles contemporáneos (desde Blas de Otero o José Hierro, hasta Claudio Rodríguez y José Ángel Valente), e ilustraciones de artistas como el propio Cristóbal, Cortijo, Zamorano, Arroyo o Francisco Mateos, entre otros.

Pero ya tendremos tiempo de glosar la figura de Cristóbal, como hombre y como artista. Ahora, que acaba de marcharse, solo queremos dar noticia de su paso por el mundo, como un ser humano y un creador verdadero, del que tuvimos la fortuna de gozar de su amistad.