Viernes, 4 de diciembre de 2020

La mejoría de la muerte 

Se murió el hombre que descubrió la transmisión de la alegría. No la viudedad alegre y confiada que es puro teatro benaventino, sino la complicidad de 46.000 neuronas buscando el camino de la felicidad. Por lo visto la felicidad es pura física y se pega. ¿Y para esto se van las familias reales, cuando están de vacaciones o se jubilan, a meditar a la India y otros lugares más remotos? No busquemos fuera lo que está dentro. O no está.

Yo creo que a la felicidad se llega por muchos caminos. O parándose. Pero  siempre a través de la alegría, que también es nombre de mujer de los Álvarez Quintero, esos dos hermanos que hicieron salir huyendo de Andalucía a Antonio Machado.

La sociedad española empezó a cambiar algo del mucho miedo que respiraba a finales de los años 50, cuando Juan XXIII le dio la vuelta como un calcetín a la iglesia católica que se inventó un nuevo dios, el dios de la alegría. Hasta entonces, salvo el Arcipreste de Hita que fue un rebelde con causa, todos vivieron bajo el yugo del miedo del añejo nacionalcatolicismo. Bueno todos no, que fuera de aquí Napoleón le plantó cara a la iglesia católica y prescindió de ella hasta para proclamarse emperador y ponerse la corona a sí mismo en la devastada Notre Dame que a todos nos duele tanto.

Casi todas las religiones interpretan muy mal el momento de la muerte. El mismo budismo entendía que cuando uno de los suyos enferma y se pone a morir, no hay que hacer nada más que acompañarle mientras se va en un viaje del que no regresará. Va contra la naturaleza contradecirle, porque si el enfermo se muere es porque él mismo lo ha decidido y lo único que cabe es estar con él hasta el último suspiro. A poco que uno ame la vida, sabe que con el invento de la penicilina en 1928 el doctor Fleming acabaría con este estrabismo mental. Cuánto daño hacen las religiones en la vida y en la muerte.

Hace años me avisaron de que el hermano menor de mi padre se estaba muriendo, allí lejos, junto a la frontera de Francia y casi solo. Me puse en camino toda la noche y llegué de mañana para asistir a dos días de atroz agonía. Estaba ingresado en una clínica regentada por religiosas. Protesté ante la falta de ayuda para morir sin sufrimiento y un poco de paz por lo menos. La respuesta de ellas fue que Dios le da a cada uno la muerte que quiere.

Y eso mismo es lo que hizo durante años la monja Teresa de Calcuta hurtándole a millones de indios pobres hasta un simple paracetamol. Estaba convencida de que el dolor  de tantos desgraciados era necesario porque purifica. ¿Purifica de la miseria de sus vidas de hambre, sed, abandono, y crueldad? Tenían que lavarse de sus pecados a través del sufrimiento, les decía sor Teresa.

Y mientras escribo esto no dejo de acordarme de los millones de seres humanos condenados a morir con un dolor extremo. Me acuerdo del hermano menor de mi padre en la frontera de la muerte. Me acuerdo del muchacho joven que conocí en un pueblo y cuando le dijeron los médicos que estaba curado del cáncer se fue a su casa a seguir viviendo. Y lo que le esperaba era una agonía que le empujó a pedirle al padre una inyección de las que guardaba para sacrificar a los perros desahuciados que él criaba en el corral.

Ahora tenemos en España nuevo gobierno. Ya demostró tener sensibilidad con los viejos escritores contradiciendo a Montoro y dejándonos seguir escribiendo. La cuestión es ¿tendrá agallas para ir más allá? ¿Abordará el  tema de la eutanasia como prometió, y que en otros países ya está dentro de la normalidad diaria?

Puede hacerlo y la sociedad española seguro que lo entiende. Y me tienen sin cuidado los diputados que cantan himnos, besan banderas, viven una extraña euforia entre generales y toreros.

Porque la realidad es otra. Más allá de la eutanasia, en España se producen entre 6 y 8 suicidios diarios. Y a final de año, el recuento es que hemos tenido más muertos por suicidios que por accidentes de tráfico ¿Hacemos como que no sabemos nada? Muchos de esos suicidios son asistidos, fuera de España o aquí mismo. En un antiguo libro mío llamado “Avispas y cromosomas”  conté una manera de hacerlo. Y como no hay que escribir una palabra que no hayas vivido -según el maestro Jorge Guillén- yo me suicidé.

De todo esto sabe mucho Fátima Izquierdo, porque lo ha estudiado y porque la asignatura de la muerte no le es desconocida. Seguro que me entiende muy bien lo que escribo. Que no es una apología -ni siquiera una incitación al suicidio- sino ejercer el derecho y la obligación de contar lo que pasa. O sea, un vicio más.

Allá en la villa medieval, donde abrí los ojos a la luz de la vida, siempre oí decir que cuando una persona está muriéndose avisa del instante final con una inesperada mejoría. Y que a eso le llamaban la mejoría de la muerte. Pues debo tranquilizar a mis amigos porque yo no paso de ser un recuerdo antiguo y no veo la fragua de los incendios asomando por ninguno de mis horizontes.

Eso, sí, si me llega la hora que me encuentre con vida. Y no llaméis -por amor de dios- a Teresa de Calcuta.