Lunes, 20 de enero de 2020

No te distraigas

La madre le advierte al niño, el profesor a la alumna, el expositor lo reclama a la audiencia, los manifestantes lo exigen al líder. Requerir atención supone una acción de ida y vuelta. Una demanda dominada por la empatía que reivindica la necesidad de ponerse en la piel del otro; precisa de la predisposición para estar pendiente de lo que va a acontecer, pero también del embrujo que emane de la propia apelación.

En esta relación de tipo dialéctico, donde la oferta y la demanda actúan al unísono, tan importante es el foco como el receptor; sin embargo, a mí, ahora, me interesa más este último, el sujeto a quien se invita a estar atento. Se sabe que el entrenamiento de la atención, en combinación con el silencio, una determinada quietud y la apertura hacia el cuerpo y el entorno mientras se observa el desfile de pensamientos con desapego, desarrollan en la persona practicante mayor conocimiento, sosiego, estampa y bienestar.

En los últimos años se ha enseñoreado de un costado de la plaza pública la práctica de la atención plena que es la traducción al español del término anglosajón mindfulness. Su éxito se ha debido, en gran medida, a su incardinación en el ámbito de los programas de formación de las escuelas de negocios. No obstante, su alcance traspasa ese inmediato pragmatismo adentrándose en otros pagos vinculados con la meditación y una serie de aspectos conexos que despiertan mi curiosidad.

Uno de ellos tiene que ver con liberar la día a día más pesada carga del yo, así como con el hecho de aligerar el cada vez más oneroso agobio de la identidad, en un momento como el actual en que ambos se han adueñado de la existencia de muchos. En un mundo en que el selfie domina la esfera del exhibicionismo imperante el enclaustramiento no deja de ser una rareza que apela a algo más que la estricta soledad. Asimismo, es provocadora la imagen del romero que no desea que hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo o del caminante que solo hace camino al andar.

Hoy la distracción es un estado permanente que aleja de la vigilia. Ahuyenta cualquier posibilidad de concentrarse en lo relevante porque, además, somos profundamente incapaces de definir lo que importa. Alimentada por el ruido permanente que nos rodea es una poderosa aliada del narcisismo que nos seduce a la mayoría. Enredados en una trama de pasatiempos no solo no atendemos, sino que no hay conciencia de que estemos distraídos.

Atrapados, asistimos a un espectáculo en sesión continua que nos entontece progresivamente. Babeantes, contestamos desconfiados que no nos distraemos mientras hacemos oídos sordos mirando de reojo al móvil, siempre acunado en la mano como un señuelo de poder ilimitado. En última instancia, escucharemos un lejano gemido que, lejos de activar algún resorte que deje atrás nuestro desvelo, lo asumiremos como el aviso inesperado por el que nuestra necia falta de atención es la antesala del final.