Jueves, 23 de mayo de 2019

La historia de las cantarinhas y las mujeres que la hicieron posible

Las loceras del pueblo portugués de Pinela hicieron famosas estas cántaras para transportar agua, pasando después a formar parte de los usos del cortejo amoroso

Representación que evoca a las loceras de Pinela/ Fotos: RMG

Quien se acerque a Bragança este fin de semana verá puestos de cántaras, cántaros y cantarinhas (pequeños cántaros) en innumerables puestos de venta por todas partes. Se trata de objetos de barro fabricados de forma industrial, siguiendo las normas que impone el modo de vida actual. Sin embargo, hay unas cantarinhas que son las auténticas, las del pueblo de Pinela, en el distrito de Bragança.

Tanto en la fabricación como en el uso de estos objetos siempre estuvo involucrada la mujer. Al principio, el agua era transportada en grandes cántaras de barro, labor que era realizada mayoritariamente por mujeres. Las aguaderas iban al campo para llevar agua a los hombres. El que una mujer llevase agua a un hombre se convirtió en un indicio de aprecio, por lo que las leyes del romance se empezaron a construir en torno a la acción de las aguaderas y a los cántaros.

Estas cántaras comenzaron a ser vendidas en la feria que tradicionalmente se celebraba en Bragança por estas fechas. Los hombres que acudían a ella desde todos los rincones de la región querían llevar un recuerdo para sus novias, madres o mujeres de la familia, por lo que solían comprar alguna cántara de barro, que, poco a poco, fueron abandonando su sentido práctico y convirtiéndose en objeto de regalo, por lo que su tamaño también se redujo. Así surgieron las cantarinhas.

Las mujeres que recibían muchas de estas pequeñas vasijas durante el mes de mayo se enorgullecían de ser las más queridas, las más deseadas o las más populares de su comunidad. Por lo que las cantarinhas entraron a formar parte de los usos del cortejo, cuando un chico quería declararse a una chica, le regalaba una cantarinha.

Una vez abandonado ese contexto socioeconómico, el regalar cantarinhas se mantiene hoy como tradición y son ofrecidas por los padrinos y las madrinas a sus ahijadas, los hijos a las madres, los novios a las novias, etc. A veces se regalan de una en una y otras veces en series de tres unidas por una cuerda. Calculamos que si cada año las brigantinas reciben alguna cantarinha, debe haber muchas casas repletas de estos recuerdos.

Hace mucho tiempo, las mujeres del pueblo de Pinela, al sur de la capital brigantina, se hicieron conocidas en la región como artesanas del barro. Hacían, sobre todo, cántaros para el agua. La fabricación artesanal de estos objetos conllevaba todo un trabajoso proceso, que comenzaba con la obtención de la materia prima. Iban a buscar el barro a la aldea de Paredes y un tipo de arena especial a la aldea de Gralhós. Lo transportaban todo en carros o en burro. A veces, creaban algo así como una cooperativa para alquilar juntas una carreta y reducir costes.

Una vez en Pinela, había que dejar secar el barro al sol durante varios días. Después se mezclaba con el agua a la que le habían añadido la arena de Gralhós, ejerciendo una función de ‘levadura’ que hacía que la masa ligase y pudiese ser trabajada. Con sus manos trabajaban en la rueda el barro y después lo cocían. La espiga que pincelaban en su superficie era símbolo de prosperidad. 

El oficio de locera era mayoritariamente realizado por mujeres. Con los cambios en el sector agropecuario ocurridos a mediados del siglo XX, la utilización de los cántaros decreció. La emigración masiva que sufrieron estos pueblos del nordeste portugués en la década de los cincuenta, sesenta y setenta vació las zonas rurales.

La última locera de Pinela dejó de fabricar en los años 90. Pero hay una mujer que lucha porque estos cántaros y cantarinhas se mantengan como símbolo del pasado agrícola y artesano de la región y reivindica el papel de la mujer en este hecho.

Julieta Alves aprendió el oficio de su tía. Pertenece a una de las tradicionales familias de loceras de Pinela, donde nació en 1953. Después emigró a Francia, como tantos otros. De regreso a su pueblo natal, quiso formarse en la rama de la alfarería y otras artes manuales.

Actualmente, es la única locera de Pinela que fabrica cántaros, cántaras y cántarinhas según el método tradicional, con el mismo barro de Paredes y Galhós, aunque cociendo sus piezas en un horno industrial. No se dedica a ello desde un punto de vista empresarial, sino como afición, dedicando también parte de su tiempo a la dinamización de cursos donde enseña a fabricar las famosas cantarinhas de Pinela, para que el conocimiento no se pierda. “Las jóvenes no quieren aprender, dicen que se les parten las uñas de gel…”, se lamenta resignada Julieta. “En este oficio hay que ser práctica, no se pueden tener las uñas largas”.

Julieta Alves, la última locera de Pinela, tiene un puesto en la Feria de Artesanía que estos días acontece en la Praça Camões, en el centro de Bragança. Allí podremos encontrar las auténticas Cantarinhas y Julieta nos contará con gusto la historia de muchas mujeres trasmontanas que la precedieron.