Lunes, 20 de enero de 2020

Esclavos del afán sin coraje

Uno guarda fotos como guarda recuerdos. Las primeras se toman con fondos que comparten mucha gente, a veces millones. Paisajes naturales idílicos, acantilados de Finisterre con el sol detrás en el ocaso, bellezas arquitectónicas que acumulan siglos: pirámides, templos, acueductos, coliseos, palacios. Uno está solo o en pareja, quizá en grupo. Adopta una pose circunspecta, una sonrisa impostada o un gesto de felicidad sincera. Detrás el mar o una catedral.

Los recuerdos permanecen en el umbral íntimo de las personas, no hay objetivación posible al contrario de las fotos, de hecho, de estas se decía que se obtenían tras un proceso de positivado. Los recuerdos son un constante agobio que conspira contra la posibilidad de hacer descansar el pasado porque, a diferencia de las fotos, admiten elucidaciones diferentes y se tiende a reinterpretar su significado. Como en los personajes de la última novela de Luís Landero, Lluvia fina, construyen una trama tan poderosa que puede llegar a terminar con la vida de un tercero que los atesore.

Fotos y recuerdos son eslabones del afán humano así que pareciera no solo que no se pudiera vivir sin ellos, sino que son constitutivos de su naturaleza prosaica. A veces configuran los peldaños de escaleras que pretenden alcanzar la reparación de un relato que justifique un determinado estatus. En ocasiones son evidencias del surgimiento de un amor, o de la construcción de un rencor. Pueden constituir coartadas para justificar lo que apenas sucedió en un instante permaneciendo abierta la duda del acontecer subsiguiente.

Si es frecuente denunciar la sobrevaloración que se puede tener de un recuerdo concreto de la vida es más raro encontrar a gente que tenga el coraje suficiente para denunciar las trampas que pueden envolver a una foto cuando esta exhibe el paraje idílico que todos desean. La plasticidad de los recuerdos soporta mejor la dureza de lo que permanece inmutable en el papel o en el mundo digital.

París es una de las cinco ciudades donde más tiempo he vivido. Recuerdos y fotos se acumulan en mi bagaje de forma sobresaliente y con cierta fruición. Aquellos son muchos, variopintos, dispersos, estas son pocas y tienden a mostrar sitios consabidos. Una registra al Pont de Sully en el costado del Quai de Béthune, la orientación es río abajo. Hace sol y es primavera, sonrío. Mi afán habitual está en plena ebullición.

Hoy esa foto superpone un vacío ennegrecido, pero mi cobardía, como la de muchos, consiste en no tener coraje para denunciar el espectáculo mediático organizado a partir del lamentable incendio destructor, como no paran de repetir, de uno de los grandes iconos de la cultura europea. ¡Cómo no cuestionar en el momento actual la recolección para su reconstrucción de 600 millones de euros en menos de 24h, la apertura de una suscripción popular o que se haya pedido a los eurodiputados que donen un día de su sueldo! Sin demagogia, pero estoy confundido por el trastoque de valores, de prioridades, anonadado por la banalidad.