Viernes, 4 de diciembre de 2020

Escalofríos

Esto no es una crónica política. Porque me da mucha pereza volver donde solía, porque no sé si este periódico hace buenas digestiones o no, porque no entraré yo en la lavandería de Yerma donde un candidato habla de  otro y de  las manos manchas de sangre como si fuese verdad, porque no se murió del todo el hijo de nadie que quiso cambiar el mundo y quizás ahora mismo no tenga traducción. Porque no abjuro de la lava de amor que un día empezó a acariciar colinas y me resisto a la esterilidad con la memoria malherida, pero de pie.

Esto es una crónica de lo que pasa, de lo pasó,  de lo que fue pasando en secuencias de vida oscura y el pavor de no ver la libertad maciza que algún día quizás llegue y no sea un rincón sino un campo donde los polígamos galopen el viento sin tener que mirar atrás. Una crónica para esa libertad que, como el amor, no sólo tiene urgencias sino emergencias.

Cuando el periodista llegó a Madrid, venía de vivir dos vidas (algún amigo poeta muerto tuvo que vivir tres) en una ciudad que intentábamos fuese más ubérrima que las demás. Misas los domingos en la iglesia de San Martín, muy a la vista de toda la gente de bien. El tedio de abandonar las tardes festivas lo que más amaba para seguir la senda del coñac de noviembre. Aún así, hubo noches en que desde la comisaría de Colón -donde aguató con más paciencia que ellos y nunca firmó- vio a los noviecitos del parque intentar algún que otro amor, en la semioscuridad que al otro lado de la ventana parecían hermosos himnos de insomnios como el juego sagrado que no sabe de extinciones joviales o no.

Fue a mediados de los 70 cuando empezó todo: los anónimos de las advertencias, las amenazas de muerte, enseguida 149 personas que iban cayendo por la pólvora como rosas agotadas de inocencia y juventud. Cambió de casa, cambió de nombre, nada cambió. Hasta que llegó la bomba. Entonces tuvo miedo por él y por sus niños. No valía de nada hacer caso a los consejos y trasladarse a trabajar a una cafetería donde las gentes eran escudos humanos y el escritor de moda, una compañía que -extrañamente-  parecía un caballero protector.

Se fue a ver al ministro del Interior. El mismo ministro de la Dictadura que no agonizó con el dictador, sino que a la muerte de este se transmutó en demócrata como casi toda la clase política. Y el ministro del semblante triste, como todos los enamorados de su muerte que luego no les llega hasta una larga ancianidad, sembró más miedo aún cuando desde el otro lado de la mesa le contestó con un obús que él jamás hubiera pensado: no puedo hacer nada porque la policía no me obedece. Años convulsos en los que la policía no hace caso a su propio ministro ¿se entiende?

Un amigo aconsejó al periodista marcharse a vivir  lejos el largo verano. Y el periodista le hizo caso y alquiló una casa a cien kilómetros de la vida, metida ya en la montaña, a espaldas de un  pueblo alegre y apartado del ajetreo. Allí escribió todos los días, allí caminó horas y horas entre pinares, a solas con el silencio, sin permiso de viaje: no lo necesitaba. Allí fue feliz porque nadie le conocía, salvo su jovencísima mujer y el primer hijo de nueve meses. Nadie supo nunca donde estaban los tres. Ni siquiera se acercaban al pueblo a hablar con la gente, a sentarse en una terraza, a dar señales que perturbase aquella tiranía de seguridad. La paz empieza alguna vez, sí.

Y de repente, una mañana cualquiera, un día no diferente a los demás, acudió a su casa la dueña del chalet cercano. Preguntan por usted, están al teléfono, al teléfono de mi casa. Eran ellos. Se hizo de noche en pleno corazón del suave verano. ¿Quién supo que estaba allí? ¿Quién supo el número de teléfono de la señora más cercana? Todos los ríos siguen corriendo hacia su desembocadura. Nada es evitable, supo él entonces, como la niña amante de Marguerite Duras, para quien enseguida fue demasiado tarde la vida.

Muchos años después el periodista recuerda esto como una lejana espada que no acabó de desaparecer. Lo vuelve a vivir cuando se entera de que en el propio ministerio del Interior hay un grupo llamado a sí mismo “policía patriótica” destinado a fabricar pruebas falsas contra el líder del tercer partido político, de que a una asesora de ese mismo líder le han robado el móvil con la precisión de un cirujano, y que toda la información laboral y personal ha sido volcada profesionalmente a medios afines de comunicación. La labor de acoso y derribo contra una de las formaciones políticas más importantes del país es contemplada -insólitamente- con una tibieza que al periodista, ya viejo, le suena a complicidad por omisión.

¿Existe la plena democracia en un país donde dentro del propio gobierno habitan grupos de agentes que en vez de cumplir con su labor de proteger a los ciudadanos tienen vida propia y subterránea al servicio de otros intereses?

La respuesta quizás es muy reciente. En la casa del mismo político, viven él, su mujer y dos  niños. La guardia civil ha instalado un sistema de cámaras de vigilancia para proteger a la familia. Pero el estupor es inaudito cuando acaba de descubrirse que el sistema de protección en realidad está transmitiendo en tiempo real todo lo que ocurre en la casa. No en la sede del partido, sino en una casa familiar.

Dando por hecho que la guardia civil es inocente de esta última tropelía ¿quién está detrás de este torpedo a los cimientos de una democracia que debería poner el grito en el cielo antes de tambalearse? ¿Quién?

Hubo cosas que no se enseñaban en la escuela cuando el periodista era niño. Tampoco se enseñó después ni una pequeña parte de lo que ocurrió. La cuestión es ¿se enseña hoy? Porque los hombres de mañana tienen derecho a saber.