Domingo, 15 de diciembre de 2019

El otro ser, de Arturo Tendero

Asunción Escribano realiza una reseña sobre El otro ser, la nueva publicación de Arturo Tendero La Isla de Siltolá
Portada de la publicación

En la poesía de Arturo Tendero, desde siempre, lo inmenso se confunde y fusiona con lo más pequeño. En el poema inicial de su último libro El otro ser, publicado por La Isla de Siltolá, titulado acertadamente “selfie”, vemos al poeta, como en una estampa, dejándose bañar por las estrellas mientras contempla el cielo nocturno sentado en la terraza. El poeta es capaz de trasladarnos, sin nombrarla, toda su emoción en el contraste. Y lo hace con una magistral capacidad de dejar ser a las palabras para que digan lo que es, sea la noche o sea el día, la oscuridad o la claridad, el pasado o el presente.

De ese modo el poemario rebosa de instantes que se revelan profundos en su profundo sentido. El abuelo que no oye, o que corta el pan: “Estoy viendo a mi abuelo: en una mano el pan,/ con la otra, solemne, guiando la navaja”. Y también a él –como narra Lucas en ese pasaje-relámpago del Evangelio– se le reconoce en este gesto que sigue repitiéndose, real y simbólicamente, en los vástagos: “Qué orgullosa mi madre de ver a todos juntos,/ todos los que convoca este sencillo gesto,/ este cortar el pan con mis manos de padre.” 

Hay un momento en la vida, y solo quien ha llegado lo sabe con certeza, en que todo está ya visto para sentencia. No que nada se pueda cambiar, sino que sabemos, por fin, que la vida tiene dos partes, que lo que se fue no solo ya no vuelve, sino que a partir de ahora comenzaremos a añorarlo. Lo escribe Arturo Tendero en esta obra con total sencillez, tan rotunda como claramente lo tiene ya asumido: “He llegado a una edad donde las cosas/ que no emprendas ahora/ ya no las harás nunca.” 

Una edad, además, en la que quienes estuvieron con nosotros al principio del camino, y se fueron, ya nos empiezan a echar de menos. Creemos que somos nosotros quienes los recordamos a ellos, pero no, son ellos quienes, con su presencia de nuevo a nuestro lado, vienen a insinuarnos que volveremos a estar juntos, no todavía, pero que lo vayamos pensando mientras aún guiamos a los que nos siguen.

Todo esto el poeta lo expresa hermosamente, con sus mejores palabras: “Los años, cuando pasan,/ si uno ha dejado migas/ de pan en el camino,/ duelen igual que achaques en/ las articulaciones.” Así nos deja claro que, si a este momento en la vida se llega con la serenidad que solo la suerte o la gracia nos concede, entonces el poeta hace surgir de sus versos algo semejante a lo que algunos llaman felicidad, pero que es mucho más simple y cercano. 

Es el tiempo perdido que vuelve sin buscarlo porque tal vez no se fue, porque quizá somos nosotros, tan solo, quienes nos vamos (“Ningún instante fue posada nunca”), perdiéndonos entre la niebla de la vida (esa vida de la que hablan, por ejemplo, los poemas “Autoconjura” y “Cafés literarios”) y esa niebla de la que emergemos cada cierto tiempo para tener constancia de que seguimos vivos y de que los olores –como no podía ser de otro modo– nos traen o nos evocan nuevamente aquel otro tiempo en el que estuvimos y del que nos marchamos. Aquello que un día fue y cuya luz (“Relatividad”) nos sigue iluminando. “No es que me queje, –escribe Tendero– agarro/ como puedo la luz y resplandezco”. Por cierto, que a veces nos recuerda a Eloy Sánchez Rosillo en poemas tan hermosos como “La tarde sin salir” que resuenan, en definitiva, como una poética. 

Esa nostalgia de un pasado auténtico en emociones y verdad se posa también en los objetos: “De la casa de adobe en que fui niño/ no queda nada en pie”, escribe volviendo a hacer presente el lugar de la vida. “Sin embargo –continúa el poeta– qué clara en la retina/ la visión del buldócer que escarbó/ y aún remueve indolente los escombros./ El polvo que levanta/ y que el aire difunde en remolinos/ es el primer cadáver de mi vida.” Todos aquellos momentos que marcaron la existencia del escritor quedan impresos en los versos, para que continúen, para que nada los destruya, para que den testimonio, para que no se muera la memoria que los contempló y quede huella en la escritura de su autenticidad. El parque de otoño donde esperó a un amor que no cuajó, y del que escribe, melancólico: “aún siguen cayendo/ las hojas de los árboles.” También el pueblo que quieto parece una postal, como ejemplo de los cambios imperceptibles pero reales: “sutiles advertencias/ de que no pasa nada/ pero pasa tu tiempo”. O las fotografías de los hijos pequeños que testimonian, con la intensidad de pocas cosas, todo el dolor de lo perdido en una estrofa preciosa –ya citada anteriormente– de gran acierto estructural, en la que, mediante un encabalgamiento abrupto, cual extremidad que se dobla, se proyecta vívidamente la imagen del deterioro óseo: “Los años, cuando pasan,/ si uno ha dejado migas/ de pan en el camino,/ duelen igual que achaques en/ las articulaciones”. 

Las palabras en el poemario sirven, por lo tanto, para evocar tiempos pasados, como ese uso antiguo, el “caldofrán”, que se convierte en índice de una infancia en la que la humildad dejaba sus señales, y de la que hoy sólo se recuerda su mejor rostro, dominado por palabras y nostalgia: “Yo era un niño aprendiendo las palabra./ Y, con ellas, el mundo.” Ese niño que se deja pasear por el poemario, preguntándole al abuelo, “cuando era un niño/ sin miedo a preguntar”. No hace falta el juicio explícito sobre el presente, porque a lo largo del libro se van dejando las señales, los hilos que permiten tejer una imagen poderosa de lo que fue la vida. Lo demás lo infiere el lector. Una técnica que maneja poderosamente Arturo Tendero. 

Así mismo tiene cabida en el libro la mirada crítica realizada, muchas veces, con una inteligente ironía. Para ello, alegóricamente, se rescatan también de la naturaleza tan querida para el poeta las imágenes intensas que se dicen a sí mismas: los tertulianos croando como ranas; las cucarachas ametralladas por el insecticida empleado por un sujeto lírico con “instinto de paz”, que habla de lo que somos todos; las malas hierbas “que invaden cualquier cosa/ capaz de soportarlas”; los que se echan al monte, absurdamente, con auriculares y que le hacen clamar estos versos: “Supón que hay una magia,/ que el mundo nos invita a formar parte,/que quien lo escucha existe/y quien anda sumido/ con los auriculares, dónde anda.” 

De todo esto habla en sus poemas Arturo Tendero en El otro ser, un poemario en el que el autor refleja su interior en ese momento en que se descubre la verdad de la vida; un poemario una de cuyas claves se desvela (y explica) al cierre de El otro ser, en “Relatividad”. Entre evocaciones de los que dejaron de estar de un modo, para estarlo de otro, y las presencias reales de aquellos a los que precede el autor, esta es, en definitiva, una obra acerca de lo que importa en la vida: “el crujir de las alas”, “el sol sobre la cara”, “el canto del ruiseñor”... Pero también de cómo aprovecharlo: “Los dos olvidaremos este instante/ por eso lo transcribo,/ pero nunca/ sabremos lo que has visto” dice el poeta a su nieto que aún no habla. 

Poemario de frontera, El otro ser es una obra reposada, con poemas diversos en sus temas que hablan de la riqueza vital del poeta, también de sus gustos y de sus aficiones, de su mirada, y del tiempo, omnipresente a lo largo de todo el poemario. Porque la frontera en la que se encuentra el poeta no se dibuja en un mapa, sino en la peripecia afectiva de la que hemos hablado en esta reseña, que apenas consigue rozar levemente alguna de las profundas e intensas emociones que el lector sentirá como propias al leerlo. En la poesía de Arturo Tendero, desde siempre, lo inmenso se confunde y fusiona con lo más pequeño. Termina el escritor con un canto agradecido y triste. De entre todas las estrellas que vuelve a contemplar en el último poema, escoge una: el padre. De él escribe fusionando palabra y vida: “Su luz, como una estrella que murió,/ y sin embargo vemos aún brillar,/ sigue parpadeando todavía,/ a sideral distancia, en estos versos.”