Martes, 21 de mayo de 2019

“El oficio de escribir admite pocas comodidades pero hay una que no consiente jamás: traicionar la verosimilitud de la fábula”

Charo Ruano entrevista a este autor, que el viernes, a las 20.00 horas, presenta su libro ‘Fábrica de prodigios’ en Letras Corsarias

"Pablo Andrés Escapa, hombre acostumbrado a vivir entre los libros quietos y reposados de la Biblioteca del Palacio Real"

A veces en esto de entrevistar a escritores, una se encuentra con el miedo de que la manden a hacer puñetas, para qué negarlo; ellos deben estar hasta el gorro de que les preguntemos una y otra vez lo mismo o parecido y de repetir y repetir, cuando lo que –una vez el libro en la calle- les apetece me imagino, que es descansar y a otra cosa. Pues multiplicado por cien le pasó a esta entrevistadora con Pablo Andrés Escapa, porque además de todo lo anterior no me corté a la hora de recordarle a Cervantes, Merino, Luis Mateo…

Pero Pablo Andrés Escapa es demasiado bueno, demasiado generoso y tiene una paciencia infinita, hombre acostumbrado a vivir entre los libros quietos y reposados de la Biblioteca del Palacio Real, contestó a mis preguntas con generosidad y con una cordialidad que para que negarlo, como muy bien dijo Elvira Lindo en alguna ocasión,  es propia de los “Caballeros escritores de León”.

Y es que León ya debería escribirse con letras de oro cuando hablamos de literatura, las generaciones se suceden pero la calidad se mantiene atención a Pablo Andrés Escapa, oirán hablar mucho de él, este viernes en Salamanca, ya que protagonizará un acto literario, a las 20.00 horas, en la librería Letras Corsarias (calle Rector Lucena 1).

.- Solo he leído cosas buenas sobre usted, y en este último libro  dicen que sigue la mejor tradición cervantina, además abre el libro con una cita de Cervantes que abraza el libro con  exactitud… mucha responsabilidad ¿no?¿Quién es Pablo Andrés Escapa, para los no iniciados?

Siempre digo que soy un lector que escribe. Y en ese orden: primero el aprendizaje y el disfrute de la lectura, casi el desbordamiento, para llegar después a una escritura consciente de sus orígenes y ambiciosa en sus propósitos. Precisamente la cita de Cervantes que abre el libro es un recordatorio de las responsabilidades que tienen tanto el lector como el creador de fábulas.

.- Responsabilidad añadida a la de ser un autor que comparte patria con los mejores cuentistas de este país, Luis Mateo, Pereira, Merino, Llamazares…

Reconocerse en una tradición, y más cuando esta es meritoria, significa contar con el aval de una provechosa compañía que ayuda a orientar los pasos. Pero cada uno tiene que hacer su camino propio, encontrar su voz, en un itinerario que, cuando vale algo, contribuye a ensanchar el sendero común de unas maneras imaginativas que no son exclusivas pero que van conformando un determinado modo de abordar la ficción que acaba creando escuela.

.- Una se pregunta qué maestros de lengua han tenido desde siempre en León.

Los que yo tuve en la escuela de mi pueblo, Villaseca de Laciana, fueron extraordinarios. Entre otras cosas me inculcaron el gusto por leer –porque ellos daban ejemplo leyendo en alta voz y con calma para toda la clase–y por escribir ateniéndose a dos principios básicos: evitar las faltas de ortografía y expresarse con claridad. Esto ya es un principio de estilo. Pero en la provincia de León ha perdurado una escuela alternativa que no ha sido menos valiosa en la configuración de un patrimonio imaginativo de carácter popular que ha inspirado a muchos de los que escribimos ficciones. Me refiero a la costumbre de contar de viva voz con toda una serie de recursos, nada inocentes, que hacen del relato no ya de una historia bien asentada sino de la anécdota más modesta una verdadera lección de narrativa.

.- Usted después estudió en Salamanca ¿guarda buenos recuerdos?, y ¿afianzaron esos años el saber que ya traía?

Al margen de las correspondientes exaltaciones juveniles del ocio y la amistad que son complemento de todo currículum universitario que valga la pena recordar, Salamanca supuso para mí la consciencia de ser parte de otra tradición cultural: la de ese venerable cordel de lectores críticos que, gracias a su formación filológica, es decir, gracias a su entrenamiento en técnicas y saberes que solo una educación humanística proporciona, sea cercan a los textos con el convencimiento básico –pero hoy eludido–, de que la mera opinión no es nada sin un criterio ilustrado que la respalde.

.-Si tuviera que explicar qué diferencia esta Fábrica de prodigios de sus anteriores libros de relatos, además de la longitud de las historias, ¿que diría?

Diría que la voluntad esencial de este libro ha sido la de vincular el progreso de la trama al de la propia escritura que emprenden los protagonistas de cada relato para explicarse la realidad extravagante que les rodea. Y, junto con ese propósito, el de obtener una escritura depurada en la que la emoción y la lógica vayan juntas de la mano, como le gustaba reclamar a Stevenson.

.- Tres relatos intensos, donde combina la ironía y la inquietud, lo insólito y lo común, la reflexión y lo imprevisto: ¿la literatura como remedio, como medicina frente a las insuficiencias de la vida?

Nunca he separado la literatura de la realidad porque entiendo que la fábula es parte de la vida. De manera que escribir es, para mí, vivir y hacerlo de una manera más intensa que si solo me limitara a ver pasar los días sin ese intento de dejar algo de lo que traen transformado en un relato.

.-Leyéndole da la impresión de que una vez metido en la historia le da cuerda para que se desarrolle, para que ella misma vaya evolucionando, eso que parece así, ¿es así, o exige un pulso firme y certero?

Por lo general yo no sé dónde va a desembocar una historia cuando empiezo a escribirla. Mi punto de partida suele ser una imagen que adquiere pronto un valor simbólico. Después, la propia escritura va revelando los acontecimientos, va alumbrando a los personajes y haciendo avanzar la trama. Pero va también sembrando una poética que rige la fábula y es a ese dictado al que yo recurro para resolver, por un lado, los progresos del argumento y, por otro, la caracterización de los personajes, incluido su modo de hablar y sus vacilaciones. Escribir teniendo en cuenta tal fidelidad acaba por orientar la fábula y por hacerla más dependiente de la necesidad que del artificio.

.- En el hecho de aceptar lo extraordinario se acerca a Merino, en los nombres de los protagonistas a Luis Mateo (espléndida galería: Belarmino Santos, Eliseo Valbuena, Amelinda Chicón, Profirio Aldama…) y en esta especie de novelas ejemplares a Cervantes, evidentemente tiene muy clara su vocación, aunque le imagino cansado de comparaciones.

¿A quién le molesta que lo comparen con buenos escritores? Lo malo sería verse al lado de otra nutrida galería de nombres menos encomiables o menos honestos con su trabajo.

.- Los tres cuentos de Fábrica de prodigios parten de una situación que en principio es rara y usted trata de convencer al lector de que la crea y lo consigue, sin duda, ¿le gusta probarse, el más difícil todavía?

El oficio de escribir admite pocas comodidades pero hay una que no consiente jamás: traicionar la verosimilitud de la fábula. En salvar esa barrera radica el desafío de la invención, especialmente de las invenciones más peregrinas. El mérito de emprender una narración cuyo punto de partida es obviamente increíble tiene menos que ver con el atrevimiento que con el acierto de las palabras elegidas para llevar al lector de buena fe por esos senderos difíciles de transitar, es decir, de creer. Sin exigencia no se va a ningún sitio en este arte de escribir ficciones, que es un trabajo de libre elección. Por eso no da igual el resultado. Por otra parte, solo abandonando sendas ya trilladas o ahondando en caminos propios sin conformarse con repetir lo ya hecho, por bien que haya ido previamente, puede uno progresar en el oficio y acabar ofreciendo al lector esa posibilidad reclamada por Cervantes como prueba de autenticidad y maestría a la hora de escribir: saber contar con propiedad un desatino.

.- Trabajar en la Biblioteca del Palacio Real debe imprimir algo así como carácter, ¿le viene de ahí de ese contacto permanente con la literatura pausada, retenida, ese tomarse las cosas de modo casi artesanal?

La idea de escritura como trabajo artesanal me ha acompañado siempre. Luego han venido las confirmaciones: trabajar en una biblioteca de fondo antiguo no es un estorbo para comprender que en un libro me refiero ahora a su condición de objetoel tiempo es un valor adquirido, especialmente en aquellos que son fruto de proyectos editoriales donde la adecuación entre forma y contenido poco tiene que ver con el azar porque ha surgido para sobreponerse precisamente a la casualidad, que solo tiene el valor del instante. En la biblioteca he podido reconocer este afán por perdurar expresado en el propio aspecto material de los libros. Es una aspiración que alcanza a todas sus partes, desde las tapas hasta la última línea del texto. Quizá por eso doy importancia a todas las composturas que acaban constituyendo un libro. Le pongo un ejemplo: mi hábito de redactar colofones tiene una deuda contraída con esa costumbre derivada de la escritura manual de los códices para declarar que se ha llegado al final de la obra. Vamos a decir al final de la fábula, porque hablamos de literatura de creación. Solo que la letra de un colofón viene a negar el final del camino; en él comienza la vida del libro en la memoria del lector, y esa, creo yo, es la mejor posteridad que puede esperarle a un libro.

.-¿Y dónde se siente más cómodo en el relato corto, en estas cuasi novelas ejemplares o en la novela, que también ha tocado?

A la hora de escribir no hago diferencias entre géneros. Creo que, con independencia de la extensión de lo narrado, no sabría prescindir de una serie de efectos que suelen asociarse a la escritura breve principalmente: intensidad y tensión narrativa, concisión expresiva y capacidad metafórica del lenguaje, propósito simbólico del argumento... Con esas guías como faro estable de la escritura, en textos de más largo recorrido habría lugar para indagaciones menos contenidas del carácter de los personajes, para demoras confiadas a la ambientación y para una fluidez descuidada de la inminencia del desenlace en beneficio, por ejemplo, de las digresiones.

—¿A la hora de trabajar es muy maniático? Porque para conseguir esta prosa da la impresión de que hay que trabajar y dejarla reposar y corregir y corregir y volver a leer.

La corrección es parte fundamental de la escritura. Pero lo es más todavía en aquellos libros cuya trama depende del progreso de la propia escritura como elemento dramático. Es el caso de Fábrica de prodigios, donde cada uno de los tres relatos contiene otro que alimenta la ficción. La buena prosa, por otra parte, necesita reposo para decantarse y dejar bien a las claras todo aquello que le sobra. Solo cuando se vuelve a lo escrito tras un tiempo de abandono, casi diría que de olvido, percibe uno sin demasiado esfuerzo lo que es preciso eliminar. Y cuesta menos renunciar a ese párrafo o a tal o cual adjetivo que tiempo atrás parecía imprescindible. El poeta Horacio recomendaba nueve años de abandono antes de entregarse a la razonable depuración; le aseguro que yo soy menos conservador, aunque me tome sin falta mi tiempo de silencio.

.—León como imaginario privilegiado del Oeste, como tierra mítica, me imagino que sabe que pasarán a la historia, aunque solo sean sus escritores.

Conformémonos con que llegue a pasar al menos algo de ese imaginario colectivo, un patrimonio que hasta ahora ha servido para que sucesivas generaciones de escritores puedan seguir alimentado su oficio, renovando un acento reconocible al fabular que es el mejor saldo que podemos devolver a la tradición oral que ha nutrido nuestra memoria y ha orientado nuestra visión más soñadora del mundo.

Por Charo Ruano