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Domingo, 7 de marzo de 2021

José Ramón Cid Cebrián, tamboril por gaita

Ciudad Rodrigo es más que el Carnaval: “Tiene un turismo de fiesta a potenciar”
Ramón Cid Cebrián posa entre su retrato y el de Titón, de Mogarraz, obras de Florencio Maíllo. FOTOS: Carmen Borrego

Coronando la casa de José Ramón Cid Cebrián gira una veleta anclada a la raíz que sustenta sus cuatro puntos cardinales: la balanza de la justicia propia de un procurador, el tamborilero salmantino,  el caballo y el mastín. Es el toque certero que marca el trabajo constante, tenaz, siempre firme de un hombre de hondas raíces en la tierra a la que entrega, envuelto en la delicada filigrana plateresca del Palacio de los Águila mirobrigense, el afán de su generosidad y de su sabiduría como musicólogo, folklorista e historiador. La suya, una sombra cabal y atenta al ejercicio de la memoria, a la labor de la tierra fecunda en historias y en latidos ancestrales.

Charo Alonso: No sólo Teatro y Carnaval ¡Ciudad Rodrigo es un hallazgo!

José Ramón Cid Cebrián: Ciudad Rodrigo tiene que hacer actividades para que se quede el turista. Tiene un turismo cultural, aparte del de Carnaval, que es un turismo de fiesta, pero hace falta potenciar actividades, no que la gente vea las cosas en dos horas y no se queden ni a comer. El Carnaval, vinculado a la luna, de ahí que este año se celebre tan tarde, es el momento de más gente y más fama, porque son las actividades más espectaculares. Pero Ciudad Rodrigo tiene materia prima para ser un centro turístico importante, aunque no termina de despegar: viene el turismo, sí, pero lo despachan todo en un par de horas. Y no se puede agotar todo en el centro histórico, Ciudad Rodrigo tiene una comarca muy interesante: La Sierra de Francia y de Gata está cerca, Las Arribes del Duero, Portugal, el yacimiento paleolítico de Siega Verde, las zonas de interés ecológico y etnográfico.

Ch.A.: ¿Se puede atraer al turismo histórico conociendo el papel de Ciudad Rodrigo en la Guerra de la Independencia?

J.R.C.C.: La guerra de la Independencia tuvo mucho protagonismo en Ciudad Rodrigo, en el 2010 se celebró el 200 aniversario del Sitio, vinieron los descendientes de los protagonistas de la lucha y fue todo muy interesante. Yo fui el comisario de la exposición junto con Miguel Ángel Martín Mas, y mantenemos en el Palacio de los Águila parte de la misma. Es una propuesta que se debe potenciar porque es cierto que existe un turismo histórico y estamos en un lugar privilegiado.

Gracias al empeño de Cid Cebrián, la muestra histórico militar expuesta en el Palacio de los Águila, nos recuerda la importancia del Sitio de Ciudad Rodrigo. Bajo el título “Wellington frente a Napoleón”, el recorrido se inicia con los impresionantes grabados de Francisco de Goya, tan actuales y tan crudos que recuerdan al espectador la necesidad de no repetir la barbarie.

J.R.C.C.: Goya fue el primer reportero de guerra. Utilizó la técnica del grabado porque quería que Los Desastres se difundieran. No se hizo la tirada en vida, pero era su deseo que representaran la barbarie, la sinrazón del hombre. Dibujó lo que él veía, y no solo criticó los excesos del ejército napoleónico, sino la ignorancia del pueblo español. Son 82 planchas de grabado que se convirtieron en láminas, en ocho tiradas, a partir de 1863. Las que tenemos aquí salen de esas planchas originales de Goya grabadas en 1923, pertenecen a la quinta edición. Si os fijáis, los títulos y representaciones son aterritoriales, no muestran hechos y lugares concretos, sino la barbarie de cualquier guerra. Sus títulos son irónicos y dolorosos: mirad estos cuerpos en sacos, el grabado se llama “Las camas de la muerte”.

Ch.A.: Hay que darle visibilidad a esta exposición, es magnífica.

J.R.C.C.: La exposición cuenta la historia de Ciudad Rodrigo desde 1808 hasta el final de la Guerra en el 1813. Sufrió dos sitios terribles y en su entorno concurrieron algunas de las grandes batallas de la Guerra de la Independencia. Tenemos cartas, mapas, documentos, grabados, armas… pero quizás lo más curioso sea la parte que nos enseña que lo que se fabrica para la guerra se recicla para la paz. En Ciudad Rodrigo se utilizaron las balas de cañón, las bayonetas. Mirad, aquí está el peso de una romana o una plomada de albañil fabricadas con una bala y un instrumento para atar las caballerías al suelo realizado con una bayoneta.

Ch.A.: Eres un profesional de la Justicia, un historiador experto en el Sitio de Ciudad Rodrigo y un musicólogo de la música popular salmantina ¿Cómo se conjuga todo?

J.R.C.C.: Siempre he tenido pasión por la cultura tradicional, no sólo por la música, sino por todo lo que está vinculado a lo popular, como la cocina tradicional, la literatura de cordel, los refranes, los dichos… Y del interés por mi tierra nace el interés por su historia. Ciudad Rodrigo está situada sobre un castro prerromano, en una colina junto al río que disfruta de un microclima. Es el sitio ideal para hacer una ciudad y eso lo sabían los primeros pobladores de los castros, los romanos, los hombres medievales y los que adaptaron las murallas medievales al sistema abaluartado Bovant cuando llega la artillería.

Ch.A.: Esa doble faceta tuya se ve en las dos exposiciones: una sobre la Guerra de la Independencia y otra sobre el tamborilero charro. ¿Se valora como se debe la música y el folclore salmantino?

J.R.C.C.: Quizás no se valora lo suficiente, las instituciones no lo impulsan como en otras regiones. Pienso que nosotros en esta zona hemos ido a la cola de todo, otras partes de España han hecho una gran reivindicación de su cultura, de su identidad, como los vascos, los catalanes, los asturianos… pero nosotros vamos a la cola y no lo hemos hecho. Pensábamos, por ejemplo, que eso de los tamborileros era cosa de señores mayores de boina, cosa de primitivos y paletos. Hubo una época en la que se veía así y se pensaba que debíamos superarlo. Pero ya no, por suerte cada vez se valora más, dejamos de ser tan fríos hacia lo nuestro, porque hemos valorado culturas foráneas y sin embargo, hemos despreciado lo nuestro.

Carmen Borrego: Hace años yo pertenecía a un grupo de folclore charro y, en el verano, recorríamos muchos pueblos de la provincia, yo creo que entonces se valoraba más cualquier manifestación de folklore que ahora.

J.R.C.C.: Y yo organizaba la Fiesta de la Charrada, fui uno de los fundadores, en 1980. Este año se cumplen los 40 años de su inicio. Quizás tú no lo conozcas, Charo, como cierto público medio, pero está declarada Fiesta de Interés Turístico Regional.

Ch.A.: La verdad es que solo sé que mi madre cantaba muy bien. Aquí la charra es Carmen.

Carmen Borrego: Yo tengo mi traje de charra, bordado por mi madre, y bailo, de joven estaba enamorada de Ángel Carril, de su voz. Recuerdo que en el Centro de Cultura Tradicional había mucha gente joven como yo y había mucho interés en la ciudad y en la provincia por aprender. Ahora, quizás no…  ¿Por qué?

J.R.C.C.: La verdad es que políticamente Salamanca ha sido más olvidada. Todo en Castilla y León está centralizado en Burgos y en Valladolid y se deja un poco de lado otras provincias, y no digamos el Oeste que raya con Portugal, es una pena, son zonas que se están despoblando y que quizás no tiene interés para los políticos. Os pongo un ejemplo, en Valladolid se valora mucho su cultura tradicional, y es una provincia llana, con tradiciones muy similares. Sin embargo Salamanca, por su geografía, es como un montón de provincias, tierras y comarcas muy diferentes. Eso significa una gran variedad de costumbres, de trajes, de toques, de bailes, de música… todo. Cada comarca es un mundo y de una variedad enorme, en otras provincias hay mucho menos y lo potencian más.

Ch.A.: ¿De ahí tu trabajo como compilador, musicólogo?

J.R.C.C.: Lo importante ha sido la recopilación de la música, porque ya no quedan músicos genuinos, la tradición se ha roto. Los tamborileros que yo conocí habían aprendido por tradición oral, en el campo, cuidando vacas y ovejas. Allí en su trabajo, aprendían de otros. Ahora se aprende en una escuela o academia, como se aprende cualquier otro instrumento. Yo me he dedicado a recopilar música, como otros folcloristas, y me encantaba ir a ver a estos músicos, ir aprendiendo de los toques de unos y de otros, aprender, por ejemplo, a tocar una flauta de cuerno de cabra, que es un paleo de una zona llamada el Salto del Gitano… Pero no solo recopilaba música, me gusta recoger literatura popular, refranes, chascarrillos, saberes de veterinaria popular, de medicina popular, arte pastoril… 

Ch.A.: Has fundado una escuela de tamborileros. ¿Hay futuro en el folklore con las nuevas generaciones?

J.R.C.C.: Sí, hay cantera. A mí me impresionó que, en la ofrenda floral que se hace en septiembre a la Virgen de la Vega, participaran tantas personas ataviadas con trajes tradicionales. Eso antes no pasaba, había cuatro charros en el concurso que se organizaba y era algo casi marginal. Me gusta ver, por ejemplo, al alcalde acompañado de su familia, que fueran vestidos de charros, eso hace cuarenta años era impensable. Ahora mucha gente está aprendiendo, es verdad que se está perdiendo la forma tradicional de enseñar, ya no existen ni los pastores ni esa gente que trabajaba en el campo y que enseñaba a tocar a los otros por transmisión oral, gente analfabeta en muchas ocasiones. Es normal, los pastores ya no trabajan de la misma manera y ahora tampoco se aprende a tocar el
tamboril ni la gaita de la misma forma.

Ch.A.: ¿La gaita? ¿Eso no es gallego?

Carmen Borrego: ¡Charo, la gaita es la flauta que toca el tamborilero!

J.R.C.C.: La gaita en Salamanca es una flauta de tres agujeros, es un localismo, como la denominación de “gaita salamanquina” que cita Dámaso Ledesma en su cancionero publicado en 1907. Es verdad que la gaita es un instrumento de doble lengüeta, soplo indirecto y una bolsa. Lo nuestro es una flauta de tres agujeros y se llama gaita como se llama en Aragón o Navarra a la dulzaina, que es un instrumento de la familia del oboe. En Huelva la llaman gaita rociera. Luis Cortés decía que todos los pastores tocaban la gaita, era su forma de entretenerse, y los había muy buenos, buenos, regulares y malos.


Ch.A.: ¿Cuándo empezaste a interesarte por la figura del tamborilero?

J.R.C.C.: A mi padre le gustaban mucho estas cosas y yo empecé a tocar con 14 años. Me gustaba la vida de pueblo, las fiestas de los alrededores de Ciudad Rodrigo, yo las vivía porque me llevaba mi padre y yo me ponía al lado de los tamborileros y, cuando pude, porque no había gaitas y era difícil conseguir un instrumento, ya que cada tamborilero se hacía la suya, aprendí a tocar.

Ch.A.: ¿También se hacían su propio tamboril?

J.R.C.C.: Los tamboriles se hacen también con elementos reciclados, con un bidón, aros de cribas, el tronco de un cerezo… Cada tamborilero hacía el suyo y la porra de cada uno es diferente. En la exposición mostramos una gran variedad de piezas. Esta gaita está hecha con una cayada rota, esta otra la forraron con la piel de un bastardo, pero la más curiosa es esta flauta de ala de buitre, así las hay antiquísimas, descubiertas por la zooarqueología. Este hueso del pájaro, la ulna, es el equivalente al cúbito nuestro. Esta la tocaba el tío Rebulle. El buitre, un ave tan silenciosa, resulta curioso que haya generado los primeros instrumentos musicales de la historia del hombre. Mira si es importante el tamborilero que se decía: No hay olla sin tocino, Ni boda sin tamborino, Ni sermón sin agustino.

Ch.A.: Ahora tú innovas tocando el tamboril con otros instrumentos.

J.R.C.C.: No solo yo, se está haciendo mucho. El tamborilero era un instrumentista solitario, tocaba solo, producto quizás de una economía limitada. Con una mano hacía la melodía y con la otra el acompañamiento rítmico, era el alma de la fiesta y no hacía falta nadie más. Por eso se ha mantenido la figura del tamborilero solo, porque la gente antes no se podía permitir pagar a más músicos. Y eran músicos increíbles, en Los Villares, por ejemplo, había una gran tradición de bailadores, estaba Federico Lozano, yo lo trate mucho, era un hombre encantador y, como teníamos pocos medios, cuando venía a bailar a Ciudad Rodrigo lo hacía desinteresadamente, se vestía en mi casa. Bailaba muy bien y era muy generoso… Eso se ha perdido.

Ch.A.: En la exposición y en tu libro recuerdas que el tamborilero es uno de los músicos más antiguos de la historia y que aparece en muchas representaciones artísticas.

J.R.C.C.: Hay muchos ejemplos en la historia de tamborileros que tocan con otros instrumentos, mirad, aquí aparece un rey tamborilero del siglo XIII, aquí junto a una viola de arco y un rabel. La iconografía nos lo muestra con otros instrumentos, dentro de la música culta o cortesana. Quizás en la música popular tocaba más solo. Y en algunos actos religiosos, durante los ofertorios, la consagración, los pasacalles de las procesiones. En las antiguas misas, el tamboril no solo acompañaba al pueblo, sino al rey de los instrumentos, el órgano que hacía música en parte popular porque acompañaba al pueblo que cantaba en las celebraciones religiosas. Hay ejemplos de pange lingua o misas en latín en las que cantaba la gente, y el tamborilero acompañaba con el órgano o el armonio.

Ch.A.: Lo primero que me enseñó Amador Martín de ti fue una pieza de órgano y tamboril en la Capilla de la Universidad.

J.R.C.C.: Yo toco con Manuel José Gutiérrez que es el organista de la Catedral de Ciudad Rodrigo; también hemos realizado conciertos en San Felices de los Gallegos y Lumbrales, que conservan órganos barrocos restaurados. Tocamos en la Universidad con motivo del Congreso de Poetas que coordinó Isabel Bernardo, fue muy hermoso. En San Felices tocamos en el convento de las Madres Agustinas, el órgano está dentro de la clausura, nos dejan entrar y estamos con ellas, el concierto es espectacular y se llena la iglesia de gente. En Ciudad Rodrigo hay dos órganos excelentes en el coro del siglo XV de Rodrigo Alemán. En Ledesma hay otro órgano fantástico de dos teclados que se pretende restaurar, lo que no es una tarea fácil, sino muy compleja.

Ch.A.: ¿Qué se siente tocando junto a un órgano?

J.R.C.C.: Los órganos siempre están en un sitio alto, sientes que estás más cerca del cielo, el ambiente es diferente, la luz, la sonoridad, parece que estás en otra atmosfera con una acústica fantástica.

Carmen Borrego: ¿Ahora tocan las chicas el tamboril? Antes, tampoco las mujeres tocaban las castañuelas, las tocaban los hombres bailadores.

J.R.C.C.: Ahora sí, antes no, hay alguna referencia de mujer tamborilera, pero no era lo tradicional. Hay cosas que se deben mantener y respetar, y otras no. ¿Por qué no puede haber una mujer tamborilera?

Carmen Borrego: Yo aprendí poniéndome detrás de los bailadores, la charra tiene que mover con elegancia las manos y hacer los pitos. Había una serie de movimientos que no nos estaban permitidos. En las clases de baile nos decían que el hombre protege y la mujer debe tener elegancia y ser sosegada. A veces, cuando no había chicos, yo me vestía de hombre y tenía que bailar como los hombres.

Ch.A.: ¡Lo de sosegada no iba por ti!

J.R.C.C.: Hay diferentes versiones de las interpretaciones musicales. Pero lo verdaderamente importante es citar su procedencia, al informante o la fuente. A mí me duele que no se diga de dónde se sacan las cosas y se confunda el sitio de un toque, eso pasa mucho.

Ch.A.: Pero eso es un trabajo de especialistas, la gente corriente ¿se interesa por todas estas cosas?

J.R.C.C.: La gente tiene un límite, y la situación cultural actual tiene otros medios de divertirse y de transmitir la cultura de los pueblos. Ya no aprendes de tu abuelo que cantaba o tocaba, ni del pastor del pueblo porque ya no se cuidan las ovejas como antes. El pastor y el agricultor ya no se pasan la vida en el campo mirando al cielo a ver si siembran o van o vienen con las ovejas, ahora se pasan la vida mirando las subvenciones de la PAC.

Ch.A.: Si no he entendido mal, esta música es fruto de una forma de vida que ya no existe, pero la música permanece gracias a vosotros. Dime, cuando tú eras estudiante, ¿tus compañeros entendían que a ti te interesara el folclore?

J.R.C.C.: Era algo casi marginal pero, al contrario, yo siempre me sentí muy orgulloso y lo tenía muy claro: era lo mío y me daba igual lo que pensaran los demás.

Ch.A.: Hace unos días tuvimos la oportunidad de ver, muy felices, la película de Gabriel Velázquez y los Mayalde: Zaniki. Ahí sale una flauta de hueso de buitre y tu música ¿Qué te parece el resultado?

J.R.C.C. Desde luego es una maravilla. Antes, hacer una película así era inconcebible, ahora se empiezan a unir los lenguajes artísticos y es un honor que usen, por ejemplo, mi música para esta película. Como es una maravilla que haya multitud de grupos que mezclen. Yo toco con otros músicos y es muy enriquecedor el intercambio.

Ch.A.: Tienes estas exposiciones, tocas en los conciertos, has entrado en el Centro de Estudios Salmantinos con un libro y un disco de tu música. ¿Qué quieres hacer ahora?

J.R.C.C.: Seguir disfrutando y aprendiendo con la cultura tradicional y poderla impulsar dentro de mis posibilidades, aunque el único problema es que ahora hay muchos tamborileros y antes solo había uno y el pueblo bailaba. Ahora hay pocos bailadores, es como si en un equipo de fútbol hubiera once porteros y un jugador. No es fácil bailar, hay muchos toques que no los baila cualquiera. Y hay que tocar bien, no vale con tocar a medias una melodía y decir que es tu creación, es como pensar que Picasso hace garabatos cuando inicia el cubismo, como si no tuviera una formación clásica anterior.

Ch.A.: Eso en tu tarea de maestro… ¿Y personalmente?

J.R.C.C.: Yo lo que espero es poder organizar todo lo que he recopilado, clasificándolo y ordenándolo para después poderlo publicar y difundir. Porque la función de un folclorista es recopilar, investigar y difundir. Tengo mucho material recogido porque había que darse prisa en recopilar a los informantes tradicionales que en su mayoría eran ancianos, difundir no era tan urgente.

Ch.A.: ¿Dónde se guarda un acervo tan importante?

J.R.C.C.: En el centro etnográfico de Joaquín Díaz hay alguna de mis cosas, pero debería hacerse algo para que quedara todo en Salamanca. Se nos pierden las fuentes y yo las fuentes las tengo archivadas y recogidas, he escuchado a estos maestros, recogido sus toques con su propia gaita y tamboril que tenían un sonido característico.

Ch.A.: Has aprendido de los mayores, sigues la tradición como dice Eusebio Mayalde en Zaniki, pero, ¿cómo tocas tú?

J.R.C.C.: Voy tocando cada gaita intentando hacerlo de la forma más fiel posible a cada maestro, pero yo también tengo mi estilo y le doy mi personalidad a la música. Yo no distingo entre música popular y académica. Todo es cultura, la cultura es el conjunto de conocimientos que tiene el hombre y los puede recibir en la escuela, en la academia o en el campo, por tradición oral aunque sea analfabeto.

El sol de invierno ilumina las vitrinas donde castañuelas, gaitas, porras y panderos nos hablan de una forma de vida directamente unida a la tierra. Palos de danzar laboriosamente labrados, dibujos a punta de navaja, colores de la tierra para policromar el instrumento. Horas de soledad junto al ganado, es el impulso ancestral de hacer música con lo más cercano. Un charro lígrimo como dicen en la comarca de Vitigudino, enhiesto como en sus ropas de paño, tocando la gaita y el tamboril con esa rara apostura del salmantino de boto y de traje charro como los que pintan Jerónimo Prieto y Carlos García Medina, como los que recorre Florencio Maíllo en una serie que es un homenaje a estos músicos humildes, emblemáticos, curtidos en la labor y en la fiesta, estatua de Agustín Casillas y de Venancio Blanco. Los maestros del maestro Cid Cebrián, aquel que guarda sus instrumentos, los cuida, los muestra con el respeto y la reverencia de quien sabe valorar el tesoro de lo ancestral, la raíz de una tierra a ratos ingrata