Martes, 21 de mayo de 2019

¡Qué va! Salamanca no es elitista

Por aquel dicho de que “los días que estás fuera de Salamanca son días que se dejan de vivir”, desde la eventualidad de los madriles, nuestros nietos nos dieron libre el viernes, sábado y domingo y con “su”, de ella, cincuenta por ciento y los de servidor hemos pasado aquí, en Salamanca, el último “finde” (“porfa”, señores de la RAE, ¿estos términos p’cuando?).

Han sido tres días muy necesarios para la recuperación pulmonar. Los lectores más atentos -fue noticia ayer en la portada de “El País”- sabrán que Salamanca ha sido reconocida como la ciudad en la que, a diferencia de las cincuenta y una restantes, el cambio climático acaecido en los últimos cincuenta años ha sido negativo (las temperaturas han bajado).

Estamos de enhorabuena, pero… (¡maldito “pero”!) de ello podemos obtener dos lecturas: una positiva y otra negativa. La positiva, que este hecho quizá haya sido debido a la falta de industria y su escasa o nula emisión de CO2 a la atmósfera; la negativa es por lo mismo: la falta de industria. Disculpen que no me extienda, pues explicar esto nos llevaría mucho tiempo y espacio, y tampoco es que me preocupe tanto explicarlo, pues la mayoría de los salmantinos son suficientemente intuitivos y perspicaces para entenderlo; si no, ¿me pueden decir quién no tiene alguna experiencia familiar para saber qué razón advierte que la población salmantina disminuya y nuestros hijos terminen por irse a respirar CO2 en otras tierras?

Para los amigos de los datos diremos que la temperatura media de Madrid en ese período de cincuenta años al que nos referimos ha sufrido un incremento de 2,4 grados, mientras Salamanca, en el mismo tramo, ha tenido una escasa pero positiva disminución de 0,09 grados.

¿Qué hacer? Cualquier profano en la materia diría que habría que repartir ese 2,4 de Madrid retrayéndole la mitad de la industria y situaríamos a Madrid y Salamanca en el módico calentamiento de 1,2 grados.

Ante esto imaginamos por experiencia que gran parte de la intelectualidad, algunos hoteleros y quizá altos señores de la curia dirían que esta no es una solución ni medianamente plausible. Y lo peor no es eso, lo malo es que ese “no” a esta idea o a alguna parecida siempre sería huero o hueco, sin aportar soluciones, ya que ante la desbandada de los jóvenes -hijos de ricos e hijos de pobres, estos con peor pronóstico- la solución que se aplica es la de ir a despedirles a la estación.

Y por esos mismos poderes -inquisidores sociales, diría yo- tampoco se aceptaría ese reparto de calentamiento del clima aunque la señora Carmena lograra que el CO2 desapareciera y Madrid terminara oliendo a pan recién hecho y calentito. Esto ningún estamento o poder fáctico sabe por qué, o se lo calla, pero en Salamanca la industria sigue y seguirá siendo sinónimo de pecado. Es más fácil que la Fiat introduzca una fábrica de vehículos dentro del Vaticano a que la Seat o la Renault, por ejemplo, los produzca en Salamanca.

Además, con la inmigración de ahora mucho peor, pues quién asegura a esos que sojuzgan la ciudad que no terminemos los salmantinos de color del chocolate. Y esto no significa que en Salamanca exista racismo. Aquí existe toda una colonia de senegaleses en El Encinar y recibimos a cualquier turista norteamericano, indistintamente del color que tenga, con los brazos abiertos. Pero en ese edificio estructural de la economía somos como somos.

Por tanto, justifiquemos el titular de este artículo tal como debe de ser, que no es debido a lo que cree mucha gente de Madrid, bastante confundida. Así, en la capital de España el barrio más elitista es el Distrito de Salamanca, y, claro, el personal piensa que esto es así como reflejo o mimetismo con una ciudad de parecida enjundia como la nuestra. Y no, ¡qué va!, el barrio de Salamanca de Madrid lleva ese nombre en honor de su promotor inmobiliario, que lo fuera el ilustre señor con título de Grandeza, primera fortuna de España en el tiempo que le tocó vivir -Regencia de María Cristina y Reinado de Isabel II-, don José María de Salamanca y Mayol, marqués de Salamanca, persona que disfrutó -como detrás de casi toda gran riqueza- de mucha información privilegiada.