Domingo, 15 de diciembre de 2019

Ceniza y corazón

Y el camino hacia la Pascua nos llama precisamente a restaurar nuestro rostro y nuestro corazón de cristianos, mediante el arrepentimiento, la conversión y el perdón, para poder vivir toda la riqueza de la gracia del misterio pascual.

Francisco

La Cuaresma te invita a dar una versión nueva a tu vida: la de Cristo. Te hace libre, orante y generoso. Vive esta gracia.

Carlos Osoro

 

La Cuaresma para un cristiano es un preámbulo que le introduce en el Misterio Pascual de Cristo, celebración más importante del calendario litúrgico y de la vida cristiana. Con la ceniza se abre la Cuaresma, que puesta a la vista de todos quiere recordar el sentido penitencial que tiene este tiempo de conversión hacia la Pascua.

Los primeros datos de la Cuaresma se remontan al siglo II, aunque en el formato de los cuarenta días comenzará en el siglo IV. Será la confluencia de tres itinerarios, la preparación de los catecúmenos a los sacramentos de iniciación que culminaban en la Pascua, las celebraciones penitenciales y la participación de la comunidad, acompañando a las dos anteriores como preparación a la Pascua.

La Ceniza se empezó a imponer a todos los fieles en el siglo IX, cuando empezó a decaer la práctica de la penitencia pública (ordo paenitentium). Se conservó la fecha tradicional, es decir, el miércoles anterior al primer domingo de Cuaresma, como un signo de conversión ante la llamada de Dios. Con la imposición de la ceniza se nos invita a una profunda revisión de nuestra vida, de nuestras actitudes, así como a un tiempo de conversión y purificación. De liberarnos de todo aquello que nos estorba para encontrarnos con Dios, de vivir en verdad y de corazón ante el Padre y los hermanos.

La Cuaresma es por excelencia un kairós, un tiempo oportuno, un tiempo intenso, creativo, caluroso, participado, orante, de salvación. Donde cada cristiano se renueva en su vida de gracia, de incorporación a Cristo que muere y resucita. Es un tiempo oportuno para la escucha de la Palabra, tiempo para la reflexión personal y para hacer silencio en el corazón y en la vida, lugar privilegiado para el encuentro con Dios.

La liturgia cuaresmal, rica en símbolos, utiliza la palabra conversión. En griego, la palabra “metánoia significa “cambio de mentalidad”; así como la palabra latina “conversio”, es “cambio de dirección”. Para encontrarse con Cristo en la Pascua, el creyente busca un cambio de mentalidad lejana al evangelio, por otra que pone su acento en la misericordia y en el perdón: conversión de una vida mundana, carnal y alejada de Dios, por una vida centrada en el espíritu; conversión del egoísmo y el narcisismo, por la apertura a Dios y al prójimo, sobre todo a los más necesitados. La conversión entra en la hondura del corazón, en lo más profundo del ser cristiano, ya que es morir con Cristo para resucitar con Él: Rasgad los corazones, no las vestiduras, convertíos al Señor Dios vuestro.

En la primera lectura del Miércoles de Ceniza, el profeta Joel, con una fuerte iluminación poética, llama a la conversión profunda, interior, manifestada externamente en una jornada de ayuno y penitencia para suplicar la compasión divina: “convertíos a mí de todo corazón con ayuno, con llanto, con luto. Rasgad los corazones y no las vestiduras; convertíos al Señor, Dios vuestro” (2,12-17). Sabemos que el silencio tiene vida propia, una realidad que solo puede ser palpada en la noche oscura del alma, de la que procede todo ser y a la que retornan todas las cosas. Sólo en el silencio puede tener sentido la palabra Dios y la palabra de Dios. Desde el silencio del corazón podemos escuchar la continuación de la profecía de Joel: “… porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad; y se arrepiente de las amenazas…”.

Jesús ha propuesto a sus discípulos en las bienaventuranzas un camino para conseguir la felicidad. Para ello, es necesario no buscar las alabanzas de la gente, sino orar desde lo profundo del corazón, ayunar no solo de cosas materiales, también de ciertos males que nos pasan por la cabeza. Nos recuerda el evangelio de Mateo: “Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial” (Mt 6, 1). Jesús nos invita a ir a las profundidades y ser coherentes y sinceros con nosotros mismos, de cara a Jesús resucitado, quien ha vencido el pecado y la muerte.

La conversión es poner a Dios en el centro de la existencia humana, y desde esa realidad actuar en la vida. En esa conversión interviene mi libertad, es un don de Dios, que puede vivir en nosotros a través de su palabra, de su vida, de su muerte y resurrección. Esto nos lleva a un cambio y, a liberarnos de aquellos dioses que esclavizan y no liberan al hombre, que son necesarios, pero no deben ocupar el centro de la vida: dinero, placer, poder, etc. En esta conversión moral, debemos someter nuestro interés más inmediato a la justicia. La fe nos lleva a un cambió en la forma de ver las cosas, buscar con profundidad y serenidad la verdad de la existencia.

Para ello podemos contar con una importante ayuda auxiliar, la discreción y modestia en el obrar, la oración y servicio a los más pobres. Son días para la oración personal, como para oración litúrgica y colectiva, unión con toda la Iglesia, o con la comunidad a que pertenecemos. Pero también es un buen momento para pensar en los que más lo necesitan, es necesaria la limosna, el compartir lo que tenemos, que es también una forma de poner a punto nuestro corazón.

En el camino se nos ofrece la cruz, antes de llegar a la LUZ, donde cientos de seres humanos sufren, pasan hambre, son violentados, viven en la miseria y en el hondón de la vulnerabilidad. La Diócesis de Salamanca ha propuesto que la colecta del Miércoles de Ceniza se destine al proyecto Ranquines, surgido de la Asamblea Diocesana. Es un centro de día para personas con problemas de salud mental, personas que no tenían donde ir y que estaban en situación de una profunda vulnerabilidad. Convertirse es compartir, orar, saber caminar con la fragilidad del pecado y abstenerme de todo mal, abstenerse de tanto consumismo y, sobre todo, poner a Dios en el centro de mi vida desde la hondura del corazón y todo ello, en las pequeñas acciones de nuestra cotidianidad.