Martes, 21 de mayo de 2019

"La solución es política"

Es un mantra textual que he escuchado en dos escenarios muy diferentes en el último mes y que me cuesta trabajo entender. Los políticos catalanes enjuiciados lo citan a propósito de su situación que conciben como ilógica e injusta puesto que únicamente se limitaron a liderar “una movilización prácticamente espontánea de miles de personas…. cívica, pacífica, reiterada y persistente” (Raúl Romeva). Juan Guaidó, presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, lo menciona desde la tribuna al señalar que la crisis que vive su país tiene un origen político, mientras reta al usurpador Nicolás Maduro para que deje el poder. Dos situaciones que no tienen paralelismo alguno, pero que les une la reivindicación de la política como reclamo aparentemente mágico para la resolución de sendos conflictos cuyo germen, se remarca, es de naturaleza política. Nada que ver, por consiguiente, con la actuación de otros mecanismos institucionales que reciben una valoración ambigua.

El mantra me produce igual congoja que cuando oigo la afirmación “todo es política”, aplicada para explicar circunstancias variopintas que pueden ir desde la contratación de personal en el ámbito público, al diseño de planes de estudio, pasando por el monto de ayudas dedicadas al cine nacional o por el incremento de las pensiones, sin dejar de lado a las actuaciones de la fiscalía pública. Una desazón que se hace más aguda dada mi profesión. Para Hannah Arendt, prototipo de pensadora que reivindica afanosamente como modelo un mundo virtuoso, ser político equivale a ser una persona pública concernida por los asuntos públicos; además, la vida política de la ciudadanía constituye una opción moral libremente hecha por personas que podrían fácilmente haber escogido otra, siendo la asociación política una comunidad moral basada en la confianza, la amistad y el respeto mutuo, aspectos éstos sin los cuales el mundo político no existe. Un pensamiento, que, me temo, no sirve para abordar mi dilema. ¿Entonces? ¿Debo navegar en las aguas de su antagonista, Carl Schmitt, para quien lo político se basa en la distinción amigo-enemigo? Me niego.

Siglos de pensamiento y de intentos de comprensión del acontecer humano han generado numerosas interpretaciones que, no obstante, no han terminado de ser unánimemente aceptables, precisamente porque la posibilidad de la unanimidad es inverosímil. La gran transformación de una civilización basada, entre otros, en la racionalidad kantiana, que hoy se deconstruye a pasos agigantados, se yergue sobre una apuesta por lo que Edward Bernays ya anticipó hace casi un siglo como la nueva matriz política. Esta suponía el imperio de la propaganda articulada en la irracionalidad del ser humano o, si se prefiere, en una mezcla del dominio de la subjetividad y de las emociones. Bajo ese estado de cosas, siempre favorable al desarrollo del capitalismo, se deja de lado, sin abandonarla, a la sociedad de consumo para adentrarse en la nueva lógica de la economía de la materia oscura, de lo intangible, de lo simbólico. En este contexto, lo político se convierte en una palabra vana, en una trampa para ingenuos.