Sábado, 16 de febrero de 2019

Una pobre en los altares

Una vez más, fiel a la fecha de su celebración, quiero dedicar el comentario de hoy a mi paisana más universal. Personaje de fama bien extendida, la religiosa salesiana sor Eusebia Palomino Yenes, nacida en Cantalpino el 15 de diciembre de 1899, y fallecida en Valverde del Camino el 10 de febrero de 1935, en existencia tan efímera tuvo el tiempo suficiente para mostrar unas virtudes tan fuera de lo normal que, 84 años después de su muerte, es conocida, venerada y querida desde los cinco continentes. El 25 de abril de 2004 fue beatificada en Roma por san Juan Pablo II, convirtiéndose así en la primera mujer salmantina en subir a los altares. Como sucede tantas veces en esta adusta Castilla nuestra, por falta de información, y por aquello de que nadie es profeta en su tierra –un motivo más para dedicarle estas líneas-, es mucho más conocida fuera que en su pequeña patria.

Esta mujer de origen muy humilde, vino al mundo junto a otras dos hermanas  en un hogar lleno de estrecheces. En una sociedad sin clase media, la población se repartía entre pequeños agricultores autosuficientes en mano de obra, y unos pocos terratenientes que proporcionaban trabajo a quien carecía de fincas propias. Antonio, padre de Eusebia y jornalero agrícola, tuvo la desgracia de sufrir una lesión laboral, siendo aún joven, que le incapacitó para seguir trabajando en el campo. Estamos hablando de una época en la que no existían las coberturas sociales de hoy y, a partir de ese momento, el sustento de aquel hogar pasó a depender, en buena medida, de la generosidad de los demás.

La necesidad apremiante, unida al complejo de sentirse inútil para la sociedad, obliga al padre a visitar los núcleos de población más cercanos en busca de la limosna que alivie las necesidades del hogar. Con apenas siete años, para no dejar solo a su padre, Eusebia solía acompañarle en estos recorridos de varias jornadas. De aquella época no quedan supervivientes pero, en los últimos años del pasado siglo, no faltaron personas que recordaban perfectamente aquella niña tan simpática y alegre que mantenía conversaciones impropias de su edad, y que se interesaba por el horario de los cultos religiosos en los pueblos que visitaban. Terminado el recorrido, con las provisiones obtenidas de la caridad de hogares en los que tampoco se conocía la abundancia, padre e hija regresaban al hogar. Eso sí, siempre al anochecer. Se quedaba Antonio en el extrarradio para amortiguar su vergüenza y Eusebia se adelantaba anunciando su llegada,  llena de alegría por haber contribuido a remediar las necesidades de la familia.

Que algún hogar castellano de primeros del siglo pasado sufriera penurias, no es de extrañar. Lo que ya no es tan normal es una familia con muy escaso nivel cultural, que no tenga nada para cenar y se reúna completa, al calor de una pobre lumbre, para rezar antes de acostarse, todos los días del año. Ese fue el hogar en que creció sor Eusebia. Aquel pobre padre sin cultura, gastado por el afán de aliviar el hambre de los suyos, aún tenía tiempo y ganas de impartir su catequesis diaria. La fe mueve montañas y, estoy seguro, también mata el hambre.

La madre lleva la casa y aún le quedan fuerzas para allegar a la cosa algo de lo que no puede llevar su esposo. Un pequeñísimo huerto familiar y media docena de gallinas que se alimentan en la calle y duermen en la cocina de una vivienda de 20 metros cuadrados, representan los únicos recursos para subsistir. Las hermanas – y Eusebia también-, cuando alcanzan la edad suficiente, marchan a la capital para trabajar como servicio doméstico. De esta forma, con doce años, llega a Salamanca nuestra protagonista para trabajar como niñera. Un 24 de mayo, sentada en las escaleras de la Clerecía, ve pasar una procesión con una imagen de la Virgen que ya nunca se separará de ella. Relata la escena a una amiga que le explica que esa Virgen es María Auxiliadora, Patrona de la familia salesiana. Eusebia confiesa, un poco asustada, que esa Señora la miró y le dijo: “Tú serás mi hija”. Su compañera no presta demasiada atención pero insiste en llevarla el domingo al  colegio de las salesianas para conocer el Oratorio Festivo que animaban las hermanas para ocupar la tarde a las chicas de la ciudad. Ya no salió de allí. En cuanto la trataron, le ofrecieron un empleo como sirvienta de la casa y acompañante de las alumnas que asistían a las clases de la Normal. En medio de sus labores en la cocina, el ropero, la compra y los recados, pronto se la pudo ver rodeada de jóvenes entusiasmadas con sus comentarios. Pero Eusebia, siendo muy feliz, aún necesita algo más. Es consciente de su escasa cultura y de la extrema pobreza de sus pobres, razones suficientes  para ver muy difícil su ingreso en la orden. La Providencia, una vez más, quiso  que llegara Salamanca la Visitadora General, y ante ella se presentó “la mendiga de Cantalpino”. Muy pocos minutos bastaron para que la superiora dijera: “No te preocupes de nada”.

Dos años durísimos en el noviciado de Sarríá y tenemos a la reciente Hija de María Auxiliadora en el colegio de Valverde del Camino (Huelva). La decepción no puede ser mayor para las alumnas que se encuentran con una monjita muy poca cosa y no muy agraciada –decían que tenía feo hasta el nombre. De nuevo le encargan de las labores más humildes de la casa, incluido un pequeño huerto. Tampoco necesitó Eusebia mucho tiempo para convertirse en el polo de atracción de jóvenes y adultos. Cuando señalan que, no sólo niñas, sino  madres de alumnas e incluso sacerdotes ansiaban escuchar las “catequesis de la nueva monjita” alguien podría pensar que estamos hablando de verdaderos discursos cuajados de una mística más propia de Teresa de Jesús o Juan de la Cruz. Quienes hemos tenido la suerte de leer sus cartas manuscritas, algo podemos opinar. Sin haberla escuchado en persona, lo que he leído –eso sí, con bastantes faltas de ortografía-, te hace pensar en una mente privilegiada; que no es ella quien habla o escribe. De otra forma, no se puede entender que una persona analfabeta, si no está llena de Espíritu Santo, sea capaz de dictar verdaderos capítulos de teología.

Es en las labores del día a día donde Eusebia suelta su aroma de santidad. Por tener una tía carnal paisana y compañera de sor Eusebia, estoy en condiciones de aportar hechos y anécdotas que entran de lleno en el campo de lo extraordinario. Además del “milagro oficial” que dictamina la Iglesia –un cuadro de sor Eusebia pintado en condiciones nada normales, que ya han sido difundidas en este medio-, estamos hablando de una verdadera santa que, visto el sesgo de la situación española a la llegada de la II República, ofreció su vida a Dios por la salvación de España y de la Iglesia. Podría extenderme en referir hechos tan poco normales como haber presenciado en sueños el entierro de su propio padre, ser sorprendida orando en la capilla elevada medio metro del suelo o plantar pimientos y tomates en “su” huerto ; plantas que tenían frutos maduros al día siguiente. Pero no ese no fue su mayor mérito. Lo verdaderamente extraordinario fue toda su vida, la entrega a los demás y el empeño en difundir el amor a Jesús Sacramentado y la Virgen María. Una muestra de su personalidad está en la decisión del ayuntamiento socialista y ateo de Valverde del Camino, que acudió a su entierro y sufragó todos los gastos, incluida su primera sepultura. Esta mujer se paseó por las calles de salamanca hace menos de 100 años, una mujer que “siendo pobre, enriqueció a muchos”.