Martes, 19 de noviembre de 2019
Ciudad Rodrigo al día

Contra la desmemoria republicana, “archivos vivientes” (14): Bernarda Isabel González Villoria

No es persona amiga de figurar en lugares públicos ni de salir en los medios de comunicación, pero lo hace cuando se le pide

Bernarda Isabel González Villoria ha sido una compañera fiel desde que se emprendió la andadura memorialista de Robleda. Su aportación, más allá de la escasa información recibida de la tradición familiar, ha sido el apoyo moral constante e incluso material desde que se planteó el asunto en 2002, con la creación de la asociación cultural de Documentación y Estudio de El Rebollar, de la cual, por así decir, fue socia fundadora, y a cuyos miembros foráneos acogió en las jornadas que se organizaron hasta 2014. No es persona amiga de figurar en lugares públicos ni de salir en los medios de comunicación, pero lo hace cuando se le pide, y por ello también en esta ocasión ha aportado detalles sobre ella misma y su familia en una entrevista del verano pasado (31/08/2018).

Bernarda (“Nardi”) nació en Robleda el 12 de septiembre de 1934. Su padre, Amable González Andrés, de 36 años, maestro nacional, era natural de Reyero (León), y su madre, Isabel Villoria Esteban, diez años más joven, natural y vecina de Robleda. El matrimonio ya tenía otra hija: Concepción (1930). De los abuelos paternos, Bernarda no tiene casi noticias, aunque por el registro civil conoce su identidad y procedencia leonesa: Baldomero, natural de San Cebrián (¿de Ardón, o de La Somoza?), y Bernarda, que legó su nombre a esta nieta, natural de Pallide (municipio de Reyero). Supone que vivían de la cría de ganado, recurso habitual de los pueblos de la Montaña leonesa. Los abuelos paternos eran muy conocidos dentro y fuera de Robleda: Eduardo Villoria García y Concepción Esteban Esteban, respectivamente naturales de Fuenteguinaldo y de Casaseca de Campeán (Zamora).

“Doña Concepción”  fue una benemérita  maestra de las niñas de Robleda durante más de 30 años, durante los cuales trataría de paliar el mal endémico del analfabetismo. En ese ejercicio de la docencia, coincidió al principio con el empleo de secretario del ayuntamiento de Robleda por parte de su marido, Eduardo Villoria, que no es beneficiario de una aureola semejante. Además de oportunista en materia de política, en Robleda le cuelgan el sambenito de usurero, porque prestaba dinero en un “banco” y vendía a crédito los abonos para la agricultura. Sin duda su intuición le permitió manejar con tino la aguja de marear, sin cometer graves errores (aunque tuvo sus líos con el ayuntamiento), hasta consolidar un grupo de parentesco que, sin ser numeroso como el de otros vecinos, era compacto y estructurado, para lo cual supo dar una formación adecuada a sus hijos: Juan Manuel, Eugenio, abogado, y Enrique, veterinario; e Isabel, maestra (de “otro tío militar” no se tienen noticias). El primero tomaría a su cargo la agricultura, el segundo la gestión de los negocios y el tercero ejerció su profesión. Isabel sólo esporádicamente practicó la docencia.

Los clientes y otros vecinos robledanos, de un modo gratuito, obsequiaron a Eduardo y sus descendientes con el sobrenombre de “los Cojos”, debido a un defecto físico del fundador de la dinastía. Ellos nunca han manifestado estar molestos por esa etiqueta. Nadie es perfecto. Pensaban sin duda que, con habilidad, hasta de las imperfecciones se puede sacar provecho. La misma prosperidad económica familiar fue en parte tributaria de la soltería de los varones, que adicionalmente tuvieron fama de mujeriegos e incluso, sin retribución, progenitores en casas ajenas, según las malas lenguas, aunque la verificación de tales rumores no tiene interés aquí. No eran peores que otros amos con sus criados: un gañán para las labores agrícolas, un mozo joven para la manada de vacas lecheras (suizas), una muchacha para las labores domésticas, aguadoras eventuales, etc., que no se quejan de malos tratos ni de que los mataran de hambre; algunos los recuerdan todavía con agradecimiento. Los Cojos eran gente instruida, de trato llano y algo preguntona, lo que les evitaría depender de chismorreos ajenos para enterarse de lo que suscitaba su curiosidad.    

En el contexto local Eduardo y sus hijos tuvieron que codearse con otros clanes llegados de fuera y pronto aclimatados en el pueblo. Al grupo más arraigado de  Rogelio del Corral (ya emparentado con la familia de los Pedraza, también de origen foráneo), sucesor de Eduardo en el cargo de secretario (1909), se unieron el del médico Víctor Viñuela, el de los industriales Félix Gallego (elaboración de resina) y Desiderio Merchán (fábrica de luz y de harinas), otro alguno quizá. Todos ellos, a diferencia de los labradores ricos de Robleda, con los que establecieron alianzas matrimoniales, eran hombres emprendedores, con una fuerte personalidad y difíciles de pelar; no sólo no regalaban nada, sino que, guiados por el afán de lucro, procuraban (a excepción tal vez de F. Gallego) hacerse con los cargos de la alcaldía, que, según la vox populi, era la verdadera vaca lechera en Robleda y pueblos de su contorno. Contra el viento y la marea de sus adversarios, Eduardo Villoria fue secretario del ayuntamiento (habiéndolo sido antes en el de Fuenteguinaldo) entre 1890 y 1909, después fue alcalde por intermitencia repetidas veces hasta el advenimiento de la República (1910-14, 1916-23, 1930-31). Para entonces su hijo J. Manuel Villoria ya había tomado la alternativa en los cargos del ayuntamiento, primero como concejal y alcalde interino (1928), y después como sucesor de su padre en la alcaldía (1931-36),  según describe J. Alonso (Robleda 131-33).

Obviamente, entre los “Cojos” y sus contrincantes existían convergencias y diferencias ideológicas. Ellos no eran, no podían ser “de izquierdas”, aunque determinadas circunstancias en los vaivenes de la política nacional se prestaran a otras interpretaciones, como pudo ser la salida de Eduardo Villoria de la alcaldía en 1923, coincidiendo con la dictadura de Primo de Rivera, y la entrada en la misma el año 1930, que le permitiría festejar el advenimiento de la II República con su hijo y sucesor en el cargo. Pero esto mismo no deja de ser un indicio de que, si bien compartían o se repartían con los miembros de otros clanes los cargos del ayuntamiento y sus presuntas o reales prebendas, Eduardo y sus hijos, además de menos religiosos y menos monárquicos, también fueran menos visceralmente antirrepublicanos que los derechistas locales. Por supuesto eran más cultos, independientes y liberales que ellos. A juzgar por los hechos, eran sobre todo más astutos, lo cual los habilitaba para, llegado el caso, nadar y guardar la ropa. Habían practicado este método durante la Monarquía y la República, y  procuraron seguirlo en la zozobra del verano sangriento de 1936, sin demasiado éxito, pues para empezar, Eduardo Villoria fue de los primeros vecinos obligados (“por izquierdistas”) a contribuir con un “donativo voluntario” de 3.000 pts para la financiación del Ejército sublevado y las Milicias Fascistas. De hecho era una pesada multa, cobrada con amenazas (y en otros pueblos a punta de pistola). 

En la primavera de 1936 J. M. Villoria había sido apeado de la alcaldía con los miembros de la gestora opuesta a las reformas republicanas, fiel reflejo del llamado “Bienio Negro”. Las autoridades provinciales, surgidas del Frente Popular, no sin hacerse de rogar por los sindicalistas robledanos, nombraron una gestora (presidida por Fermín Mateos Carballo) más acorde con la situación política y social. Esta nueva Corporación, figuradamente hablando, defenestró a la mayoría de los empleados municipales, empezando por el secretario, Rogelio del Corral, por vago, y el escribiente que lo sustituía, Julio del Corral, hijo del anterior, por incompetente. No hace falta insistir en que la sublevación militar del 18 de julio vino como anillo al dedo a estos desalojados “por el nefasto Frente Popular”, que pasaron a ser los primeros héroes del “Glorioso Alzamiento Nacional Salvador de España”. En seguida fueron premiados con creces por un ostracismo que apenas había durado unos meses, no ya con la devolución de los empleos y empleíllos, sino con el nombramiento de concejales en la gestora militarista  (presidida por Rafael Pedraza, primo del secretario Rogelio) y la concesión de cargos paramilitares. La colonización de los cargos municipales por miembros de estas familias se prolongó hasta los años cincuenta o más tarde.

J. Manuel aceptó el nombramiento de concejal, que de hecho era una rebaja de su anterior cargo de alcalde, seguramente por oportunismo y en previsión de las amenazas que podían cernirse sobre su familia (y que la susodicha multa a su padre, casi inmediata al Alzamiento, vino a confirmar). Y, ya metido en el lodazal de esta deriva militar y fascista, siguió los pasos de su nuevo compinche Julio del Corral, jefe local de Falange, cuya investidura se vería  obligado a aceptar en 1937 accidentalmente, cuando el Julio fue denunciado por otros derechistas a causa de sus fechorías criminales (con amenazas para sus mismos correligionarios) y por alzarse con las requisas destinadas al Ejército franquista. En la compañía de este personaje se vería implicado (en ningún caso acusado de victimario) en aventuras macabras no deseadas, como le sucedió a su hermano Enrique. Este, por entonces estudiante de Veterinaria, fue obligado conductor de un coche perteneciente al médico Víctor Viñuela, para la conducción de dos víctimas mortales (José Mateos García y Juan Mateos Carballo, padres de cuatro niños cada uno)  y dos falangistas robledanos al puerto de Perales. Allí asistió, a escasos metros y “entre arcadas”, a la ejecución extrajudicial la noche del 24 de agosto de 1936. De vuelta al pueblo, se desahogó con algunos vecinos e informó del hecho a determinados familiares de las víctimas, de modo que lo que debía ser un crimen clandestino e impune, se convirtió en un secreto a voces de un crimen impune. Si los victimarios (calificados de “matones” hasta el día de hoy) no le cobraron de inmediato una revelación que los dejaba en evidencia, quizá ello se debiera a la mano providente de su hermano Manuel, que, en cambio, no alcanzaría a proteger a su cuñado Amable González.

Este maestro se hallaba de vacaciones en Robleda, con su esposa y su familia política, cuando se produjo allí la mayor parte de la veintena de asesinatos por orden o al menos con la venia de los militares sublevados contra el gobierno legítimo de la República. A pesar de las advertencias, Amable, docente republicano ejemplar, de quien por entonces la Inspección había mandado una excelente apreciación, quiso estar en la apertura de curso en su destino de Écija (Sevilla). Allí lo asesinaron junto al cementerio el 1º de septiembre de 1936. La causa de su muerte le sería ocultada a las dos hijas que dejaba (Concepción y Bernarda), hasta que fueron adultas (R 2002). La pauta a seguir era clara: “si te preguntan de qué murió tu padre, dices que de una pulmonía”. Contra el miedo reinante, este era el seguro general de vida o al menos de tranquilidad,  en los días triunfales del franquismo.

Nardi se ha enterado de todo esto tarde y mal. Como el desenfado que caracteriza su manera de hablar ordinaria, la forma desgarrada de contar lo que sabe es reflejo de una ruptura interior que, de forma consciente o no, vivió en la niñez y la adolescencia. La impresión más fuerte y duradera ha sido la estampa de su madre, solitaria y enlutada, envuelta en un halo de tristeza que invadía el ambiente familiar. De un modo paradójico, en ese círculo cerrado la huérfana de padre se sentía protegida (“no lo pasé mal porque la familia tenía dinero”), pero desarrolló un carácter poco propenso a las manifestaciones sensibleras en su niñez y adolescencia (“no lloraba nunca”), porque Isabel tampoco prodigaba las caricias maternales (“no la quería”, suelta como desabrida explicación), quizá debido a la desolación interior que la consumía, cuando a la viudez prematura se añadió la pérdida del hijo póstumo de su marido  (Cecilio Amable, nacido y muerto en diciembre de 1936).

Con los años ha descubierto que sus padres se llevaron bien, aunque el encuentro fue un tanto fortuito. En Sevilla residía el quinto miembro de la fratría materna (“un tío que era militar”), el cual hizo amistades con Amable. Lo llevó invitado a Robleda, y el maestro conoció a Isabel Villoria, también maestra. Se hicieron novios y se casaron (h. 1929), pero la esposa siguió viviendo en la casa de “los Cojos”. Su hija Bernarda sospecha que la familia de su padre no vería con buenos ojos este matrimonio, porque sus abuelos paternos no se interesaron por su nuera ni por sus dos nietas robledanas. Recuerda que, en una ardua travesía, fue con su madre y su hermana a Reyero, un pueblo pequeño y perdido en las montañas de León, al que llegaron después de cruzar un río a pie.  Ella tendría unos siete u ocho años, y regresó de allí con la impresión de que “los abuelos las trataron mal”, y después, para recuperar la parte que le correspondía por su padre tuvo que intervenir Eugenio Villoria por la vía legal.  

De sus abuelos y tíos de Robleda tiene una imagen muy diferente de la que circula en la tradición local. Manuel, Eugenio y Enrique se repartieron la paternidad afectiva y moralmente efectiva de esta sobrina huérfana. Y ella, que los considera “de izquierdas”, los defiende, sacando a relucir ese lenguaje crudo e incluso truculento que cultiva, cuando la molestan con tópicos pueblerinos sobre sus familiares ya fallecidos (“gracias a que mi abuelo fue un usurero, vivo yo de puta madre”, “mis tíos fueron unos puteros”, y se da por enterada del parentesco con otros tíos y primos bilógicos que la gente le atribuye). Son alardes verbales con que  recuerda a los sastres de “trajes” cortados a la medida que en esto hay un trasfondo de envidia. Pero debajo de este aparente cinismo, la procesión va por dentro. Al fin, aunque las penas con pan son menos, los ricos también sufren.

La infancia y parte de la juventud de Bernarda González transcurrieron en Robleda bajo la tutela familiar, con intermitencias. Hasta los nueve años asistió a la escuela con Felisa Páez Pérez, maestra de las niñas robledanas entre 1935 y 1965, a excepción de los tres años de la guerra civil, que la sorprendió en su casa natal de Carabanchel Alto (Madrid). De allí volvería con renovado fervor cristiano y patriótico, acorde con los tiempos, sin que esto le impidiera realizar una labor muy meritoria. Su alumna tiene un recuerdo agradecido (“defendió a los tíos en alguna ocasión”). La conocía bien porque le daba clases particulares (“por la Ciprés”), así como a su hermana Concepción y a “una de Fructuoso”. El sueldo de maestra no alcanzaba para mantener probablemente a su madre y en todo caso a su hermana Pilar, que había sido monja de clausura (así como otra hermana), pero se puso enferma y la mandaron para casa. Por esta razón “doña Felisa” no se hacía mucho de rogar cuando “los tíos” la invitaban a comer. Para Bernarda aquellas mujeres eran “buena gente”. El cronista recuerda que la hermana Pilar, que no debía de estar de continuo en el pueblo, además de enseñar la catequesis, cantaba muy bien, dirigía el coro de las mozas en la iglesia, pero no la oyó blasfemar más y mejor que un carretero cuando le daban las crisis de nervios, según contaban los muchachos grandes.

A los diez años, Bernarda, en compañía de su hermana, ingresó en un internado de las Siervas de San José, en Salamanca, donde estuvo hasta los 17 años. La separación de su madre no la  afectó mayormente. El objetivo era obtener el título de bachiller y hacer estudios de Derecho, pero esto era un vago proyecto que la entusiasmaba poco, por no decir nada. En cierto modo, se regía por un desapego estoico que, lejos de ayudarle a tomar decisiones, la conducía a dejarse llevar por la inercia de la vida, con una indiferencia que, en primer lugar, afectaba a las rutinas del internado. Levantarse temprano, ir a misa, rezar cinco veces al día, sin más asueto que el paseo por los aledaños del colegio, sito en la calle de San Justo, cerca del antiguo Gran Hotel y la Gran Vía. Precisamente los castigos consistían en privar del paseo, porque otras distracciones, como ir al cine, no tenían las internas. Pero hasta ese castigo le resultaba indiferente a la niña Bernarda, a quien pasear le resultaba un entretenimiento insulso.

Globalmente, la estancia en el colegio no fue muy placentera ni satisfactoria para la colegiala. Con las compañeras se llevaba bien, pero en el trato con las monjas distingue marcados contrastes, y, reconociendo su parte de responsabilidad, considera que la aguantaron más por necesidad que por espíritu de sacrificio (“no me echaron porque tenían poca gente”). Había unas cien internas, que recibían  clases de las monjas, escasamente preparadas (“no tenían ni el bachillerato”) y quizá sin vocación religiosa, obligadas por la carestía y la hambruna del primer franquismo (“entraban para comer”). Más tarde se incorporaría un profesor de matemáticas. Eso sí, el colegio era precioso (“hoy lo alquilan”), al menos el que frecuentó Bernarda, que era para “niñas ricas”, porque, cuenta, había otro (quizá regentado por la Congregación de María Inmaculada) para “niñas pobres”, donde éstas eran formadas para su carrera de criadas en el servicio doméstico. Ella no debió de enterarse entonces de que allí residían varias adolescentes robledanas (Josefa Mateos, María y Santiaga Pascual, etc.), que no han olvidado las buenas palabras y las panzadas de hambre que  allí recibieron.

Al término de los estudios de bachillerato, Bernarda pasó al régimen de “señoritas de piso”, más llevadero, pues tenían comida y habitación en un piso, con más libertad para entrar y salir con amigos y amigas (“lo pasé muy bien”). En cambio, los estudios de Derecho no fueron por ello más atractivos, así que su madre le cortó el suministro (“se acabó”). Ella volvió al pueblo sin oficio ni beneficio, pero colaboró en el trabajo de la casa, ayudando a su tío Eugenio, a quien admiraba por su inteligencia, y a Enrique, el más joven de sus tíos, con quien sentía más afinidad, llevando el papeleo del “Veterinario”. Con su colaboración, este último aguantaría con el negocio de los Cojos hasta el casamiento de Bernarda, asunto en el que ella no tuvo demasiadas prisas, debido a que en su familia el estado de casado, por diversas razones, no cuajaba (su hermana Concepción se casó, pero terminó divorciándose).

Nardi conocía muchachos en Fuenteguinaldo y en Robleda. Pero los aspirantes locales, o no se manifestaron (la casa de los Cojos imponía) o no fueron de su agrado, un médico joven o Pepe Zato, vecino pared por medio, hijo del maestro Gabriel Zato. “Pepe” era buen mozo y tenía un buen puesto (Universidad Laboral de Gijón), pero le pareció “chulo” y le oyó expresar conceptos “muy desagradables sobre política” (en síntesis, después de regresar de la División Azul, era más fascista que Franco). Así las cosas, cuando ya empezaba a pesarle el ambiente pueblerino (“quería salir de Robleda”) apareció Juan. Era “guapo”, colocado en un banco de Madrid, hijo de un militar robledano, Daniel Pascual (de la familia de los “Chanos”), que, entre otros laureles, se había ganado el merecido mote de Chularris, y estaba casado con una señora nacida en un pueblo fronterizo. Estas personas no le caían muy bien a Nardi, pero el hijo le gustaba tanto, que, a no tardar mucho, Juan Sotero Pascual Piñel y Bernarda Isabel González Villoria se unieron en matrimonio (28/05/1960).

Desde entonces para Nardi fue otra vida, sobre la cual no se pierde en detalles. Conoció el amor. Se abrieron todos los horizontes. Se fue con su marido a Madrid, dejando al tío Enrique con una criada, pero al no poder él solo con el negocio, volvieron al pueblo, después de solicitar Juan la excedencia en su trabajo, para asumir la dirección del banco de Robleda. Vivió muy bien con su marido y sus dos hijos, Juan Alberto (1961) y Enrique (1965), en ese estado de bienestar que la gente califica de felicidad, y ella, por miedo a la inflación verbal, procura evitar. Con la muerte prematura e inesperada de Juan, debido a un accidente cardíaco,  la vida ha perdido gran parte de los alicientes que tenía para ella. También le ha afectado mucho el fallecimiento de una sobrina en el ambiente deletéreo de las décadas finales del siglo XX. Sin embargo, no da la impresión de haber caído en una situación depresiva, sino de haber regresado al estado de desapego, ya descrito.

Esta es la mujer que hemos conocido y ha colaborado con nosotros. Le gusta llamar las cosas por su nombre. La apariencia de juventud, mediante recursos vestimentarios y cosméticos, la trae sin cuidado. Aunque ha leído y viajado mucho, los alardes de cultura no van con ella, porque nunca ha aspirado a ser un burro cargado de letras. Está al corriente de la actualidad por la prensa escrita y la televisión, pero no vive pendiente de la red informática. No añora lo que no tiene: nietos caprichosos, ruidosos y maleducados, consentidos por padres y abuelos que los consideran “reyes de la casa” (propia y ajena) y por extensión de la calle cuando son talluditos, porque, dicen, “es de todos” (menos de la gente mayor, callada o discreta). La falta de civismo, que es la consecuencia de esa educación laxista, la horripila, y su manifestación en las ruidosas fiestas patronales y los botellones escatológicos, cuando son a la puerta de su casa, la sacan de quicio. Y por ello prefiere residir más tiempo en Salamanca que en el pueblo. Sin embargo nunca se ha desarraigado de Robleda.

Con la viudez reactivó las amistades, siempre mantenidas desde la infancia, con las hijas del médico Víctor Viñuela, Victoria y Fidela, y con una hija y una nuera del maestro Zato, vecinas de Salamanca. No ha compartido el ideario y la práctica religiosa, por convencimiento, como estas personas, aunque iba a la iglesia cuando no había más remedio (“si no denunciaban”) en tiempos de “don Julián”, con quien sus tíos se entendían mal. Sus más asiduas interlocutoras en Robleda han ido falleciendo, pero sigue apreciando la conversación de las más jóvenes, para lo cual tiene que hacer abstracción de sus opiniones derechistas, tan patriotas, que en los asuntos del estado echan de menos el perfil, para ellas apolíneo, del ex presidente Aznar. Nardi se considera  y a su modo es de izquierdas, vota a los candidatos socialistas (“tapándose la nariz” si hace falta). En la Transición o poco después participó en asociaciones informales de vecinos (Tasio y otros) preocupados por la evolución democrática, la cultura, la educación de los niños y la atención a las personas mayores.

En esta dinámica encaja su labor para la recuperación de la memoria histórica, no solo por lo que le toca de cerca, sino en solidaridad y por convicción. Quizá le hayamos caído bien o, simplemente y por extraño que parezca, Bernarda haya descubierto afinidades ignoradas hasta entonces, como nos sucede a nosotros con ella.

Referencias bibliográficas: José Zato del Corral, Vivencias de un observador crítico, 1997; J. Alonso Pascual,  Robleda: 2002;  A Iglesias (2008b), “Archivos vivientes: las víctimas del terror militar de 1936 a 1939 en El Rebollar y pueblos aledaños salmantinos”, Cahiers du P.R.O.H.E.M.I.O., nº 9, 101-201; (2016b), La represión franquista en el sudoeste de Salamanca (1936-1948), Ciudad Rodrigo, Centro de Estudios Mirobrigenses; (2016c), “Croniquillas del verano y otoño sangriento de 1936”, 06/09/2016:

https://salamancartvaldia.es/not/126365/tercera-tanda-asesinados-robleda/;

“Secuelas vigentes del franquismo”, 05/10/2017, 10/08/2017:

https://salamancartvaldia.es/not/161222/contra-desmemoria-republicana-archivos-vivientes-2-victoria-in/

https://salamancartvaldia.es/not/156700/memoria-desterrados-republicanos-so-salamanca-robleda-ii/