Domingo, 15 de diciembre de 2019

Una Nochebuena corriente de un abuelo cualquiera

Era una tarde fría, un tanto desapacible y con un sol tibio. El abuelo Raimundo, salió a dar un paseo por el Parque de los Jesuitas e intencionadamente olvidó su móvil en casa para que no le perturbasen, quería vivir sus recuerdos. Hacía tres años que su mujer se había ido a pasear a otros parques y los hijos le habían dicho a través de sus nietos que este año no podían acompañarlo y que pasase una Feliz Noche buena. Se quedó triste, muy triste. Pero saneó su corazón y se envolvió en su mundo de telarañas entre los chales y bufandas de sus recuerdos.

Cruzó el Parque donde jugaban niños con sus padres y abuelos. A Raimundo se le añusgó el corazón, carraspeó, tragó saliva, y reflexionó, soy abuelo y no juego con mis nietos. Detrás de él venía un anciano con un andador que quería desviarse a otra calle pero el bordillo de la acera se lo impedía. Pasó corriendo un chico y al verlo se volvió y le dijo:

_ Abuelo, por aquí no puede, ahí al lado hay una rampa. Espere, yo le ayudo.

_ Gracias, hijo. ¡Qué Dios te lo pague!

_ Y eso ¿qué es? –preguntó el joven. El abuelo se quedó mirándolo…, pero el joven siguió corriendo. Todos los hombres viejos tienen un apodo bonito: ¡Abuelo!

De pronto al abuelo Raimundo le dio una punzada en la corva de la rodilla izquierda y se paró en seco. Quedó inmóvil mirando el penacho de humareda de la fábrica Mirat. Bueno, miraba al horizonte sin ver nada en concreto. En esta postura de piedra le adelantó con paso de tortuga un hombrito, al que el abuelo Raimundo observó su andar, lento, su gorro calado hasta las orejas debajo del cual le salían unas guedejas de canas mal peinadas, la cabeza caída hacia adelante y jorobada su espalda, los brazos le caían descolgados y con su mano izquierda arrastraba un bastón, el abrigo le caía lacio hasta los muslos y apenas se le notaba el culo, las piernas delgadas y tiesas, unas playeras sucias de barro, y pasito a pasito, vacilante, arrastraba los pies. Visto así, de espaldas, era un cuerpo humano en desmoronamiento.

Al abuelo Raimundo se le había pasado la contractura de la corva al observar aquel simulacro de hombre, bien parido, mejor criado y mal andante. De pronto, Raimundo se asustó, volvió su cabeza y miró hacia atrás por si alguien le estaba observando él de espaldas.

Se cruzó con una pareja de ancianos que paseaban cogiditos del brazo y apoyados en sus bastones, miraban con ojos desvaídos, pero sin ver. Oyó que el hombre le musitaba a su mujer:

_ María, ¡qué pena! ¡Cómo nos vamos haciendo mayores!

_ Calla, Bartolo, aún estamos los dos juntos pedaleando. Y Raimundo recordó a su mujer que había volado en invierno y pensó: ¿estará ella paseando también en otro parque?

Se fue a la orilla del Tormes, el río de aguas oscuras, gélidas y serenas que espejaban el cielo azulado y los árboles de las orillas. Se acercó a la barandilla del puente que va a La Fontana, frente a la imprenta KADMOS, y se vio reflejado allá abajo, en el espejo de las aguas. El mundo enfrentado y al revés. Su imagen, agarrada a la barandilla, le pareció un monigote y se preguntó: ¿quién será ese payaso que me mira desde el fondo del río? Le pareció una mofa, con la gorra y la bufanda. No se conocía a sí mismo. Sintió vértigo de la altura y por lo mismo se sintió atraído por el agua. ¿Para qué estaba él aquí, encogido y mirando a ese muerto en el fondo del río? ¿Le estaba esperando allá abajo? Se sintió un cuerpo extraño, respirante aún. Quiso buscar otra felicidad pero se alejó de allí, prefería pasear y almacenar ganas de cenar.

Se volvió al Parque de los Jesuitas. Los abuelos deambulan como seres sin destino fijo, y sobre todo en invierno. Le adelantaron varios grupos de jóvenes corriendo y al pasar el abuelo Raimundo sentía el empujón de la oleada de aire como un tifón. ¡Qué forma de quemar energía! En la orilla del río se levantó una neblina lechosa y el cierzo se le metía en las narices y le picaba en la garganta. Sintió frío en el cuerpo y en el alma, y se volvió a casa. Era la primera Navidad que estaba solo y no quería complicarse con la cena: un caldo, unos espárragos, una loncha de jamón y queso, ah, y un vaso de vino. Antes de salir había dejado la mesa puesta y en el centro había colocado el misterio escueto, sólo el Niño y sus padres.

Como tenía el ánimo un tanto reblandecido por haber visto tantos hijos, nietos, abuelos en el parque, paseó como sonámbulo por el piso mientras oía el allegretto de la séptima de Beethoven, que siempre le inyectaba coraje. Después puso una cinta de villancicos de dos horas de duración que él, siendo joven, había grabado en su viejo magnetofón Grundig TK 14. Y volvió a soñar. Con el ánimo más entero y sosegado se puso a cenar. Se tomó el caldo caliente, despacio, como quien fuma un puro esperando a alguien que sabe no va a venir. Había puesto el resto de la cena sobre la mesa para no tener que levantarse.

Invitó a cenar a la familia de Belén, pero se excusaron diciendo que era tarde y el Niño se estaba a punto de dormirse. De pronto se encaró con el Niño y le dijo:

_ Jesús, tú al menos tienes a tus padres contigo. Yo no tengo padres, ni hijos, ni nietos.

El Niño se despertó sin llorar y le pareció que la madre María giraba la cabeza para mirarle. Raimundo se emocionó y el silencio le pareció sedante y familiar. Siguió escuchando los villancicos: Noche de amor, noche de paz. Pasado un rato se puso a tejer sueños, pues estos villancicos los había oído todos los años en compañía de su mujer y recordó momentos muy felices. Había conseguido vencer la tristeza. El pasado le ha dado coraje en este su presente.

A su mente fue bajando suavemente una neblina sedosa que le envolvió acogedora, la maquinaria de sus sueños lentamente se fue inmovilizando... Y se quedó… Se había alejado del ruido exterior. Había tejido su mundo interior en paz y felicidad. La felicidad estaba dentro de él. Había aprendido a vivir sin depender de apariencias externas. Viejo y aprendiendo.

De noche soñó que soñaba con sus hijos y nietos y le daba de regalo de Reyes Magos:

_ Os bendigo porque comprendéis mi torpeza en andar, en oír, en entender, y sobre todo, gracias, porque no me decís: “esto nos lo has repetido ya varias veces”.

 

Venancio Pascua Vicente