Jueves, 23 de mayo de 2019

En casa de Doña Antonia, la viuda del Duero

En una de las más icónicas y remotas fincas de la región, vivió esta mujer visionaria y emprendedora. Ambas forman parte de la gran historia del Duero

La casa de la Quinta do Vesúvio/ Rep. Gráf.: Martín-Garay

Cuando Doña Antonia regresó de su luna de miel por Italia, vino a vivir a esta finca y decidió bautizarla como Quinta do Vesúvio, pues el monte que protege el profundo valle donde crecen las viñas le recordaba al Monte Vesubio, que había conocido durante ese viaje.

La Quinta do Vesúvio se convirtió en la favorita entre todas las propiedades de Doña Antonia, proveniente de una acaudalada familia de la burguesía agrícola del Duero. Salamanca al Día entra hoy en esta casa con dos siglos de historia, que rara vez es abierta a las visitas por sus actuales propietarios. Actualmente, solo los pasajeros del Tren Presidencial pueden conocerla. Aquí comenzó a forjarse la leyenda de la viuda del Duero, por eso, con todo respeto, decimos en el umbral: com licença, Dona Antónia. Con permiso, Doña Antonia.

Antónia Adelaide Ferreira nació en 1811, en el concejo de Régua, en el Alto Douro portugués. Su familia poseía muchas viñas en la región, donde se producen vinos desde hace más de 2000 años, aunque con una nueva perspectiva a partir de la creación del vino de Oporto, a mediados del s. XVII, casi por azar, demandado por los ingleses.

Mediante un matrimonio de conveniencia, se casó con un primo y tuvieron dos hijos. Su marido nunca se implicó tanto como ella en el negocio del vino, ya que Antónia Ferreira sentía pasión por las tierras heredadas de su familia. Cuando enviudó a los 33 años, sus competidores pensaron que comenzaría una época de debilidad de la casa Ferreira, ya por aquel entonces una de las más fuertes del Duero. No solo no fue así, sino que Antónia Ferreira hizo crecer aún más el negocio, llevándolo a tal punto que el apellido Ferreira quedó para siempre vinculado a la tradición vitivinícola del Duero portugués. Comenzaba ahí la verdadera historia de la que fue bautizada como ‘la viuda del Duero’.

Dirigía y mandaba, tomaba decisiones y se apoyaba en su hombre de confianza, Francisco da Silva Torres, el administrador de las fincas, un hombre fiel que ya había trabajado para su tío y después para su marido. Se convirtió en el mejor compañero de trabajo y con él acabó casándose en segundas nupcias una década después de enviudar. En el Portugal rural decimonónico, una mujer con tal determinación y arrojo no debía ser bien aceptada por los hombres de negocios con los que trataba ni por los políticos, entre los cuales la viuda del Duero producía admiración y temor a partes iguales.

Esta finca, situada en el concejo de Vila Nova de Foz Côa, pertenece desde 1989 a la familia Symington, una familia anglo-lusa que lleva cinco generaciones en el Duero portugués, y es la única de las 27 quintas que poseen que no está abierta a los turistas, sino que es disfrutada en exclusiva por la familia.

Llegamos a una sala donde en cada una de sus paredes cuelgan retratos en blanco y negro. Sin duda, los antiguos moradores de esta casa, construida en 1823. El retrato de una mujer ocupa en solitario una pared. Se sitúa en medio de la luz que entra por dos ventanales laterales escavados en la piedra, y reclama toda nuestra atención. Es ya una mujer de edad, con mirada decidida y actitud serena. Es Doña Antonia.

La casa tiene algunas estancias tal y como debían estar en el siglo XIX, con muebles clásicos, oscuros y recios. Otras, sin embargo, tienen un aire más contemporáneo y confortable, son las usadas por la familia Symington cuando viene a esta casa.

Encontramos un refrescante jardín para mitigar los efectos de los calurosos veranos del Duero, donde las temperaturas superan con facilidad los 40ºC, así como una capilla, la bodega y los lagares, todos de la misma época que la casa.

Los terribles años de la filoxera

Doña Antonia tenía a su cargo más de 350 obreros, que vivían junto con sus familias en sus fincas. En esta Quinta do Vesúvio aún se mantienen las ruinas de lo que fuera la escuela que Doña Antonia creó para que los niños de los operarios recibiesen una educación mientras sus padres trabajaban.

El negocio prosperaba cuando una amenaza inesperada hizo tambalearse a toda la región del Duero, y a las regiones vinícolas de media Europa. La filoxera llegó al viejo continente a través de las viñas norteamericanas, que por aquel entonces se importaban de Estados Unidos en gran cantidad y sin control, para ser plantadas junto con las autóctonas, pues se consideraban mejores y más fuertes. En Norteamérica había aparecido en 1854, en el Duero portugués se detectó en 1865, cuando aún no se sabía lo que era.

Se probaron todo tipo de remedios, químicos y tradicionales. La propia Doña Antonia viajó hasta Francia, interesándose por los estudios que allí se estaban realizando con el fin de erradicarla, pues amenazaba con llevar a la ruina a la industria vitivinícola francesa al completo, como, de hecho, acabó por ocurrir.

En el Duero, se observaba que las viñas americanas eran más fuertes, no morían o lo hacían en menor medida que las autóctonas, a las que la filoxera atacaba desde la raíz, acabando con ellas desde dentro. Era arriesgado, pero en el origen del problema parecía estar también la solución. Se empezó a injertar viña americana en la viña del Duero que, actuando como una especie de vacuna, consiguió atajar la enfermedad.

En las fincas de Doña Antonia se tardó más de diez años en vencer a la filoxera. Años en que las vides morían sin remedio, no había trabajo, pero la viuda del Duero no quería dejar en la calle a sus trabajadores, ni tampoco mantenerles por caridad, así que ideó un proyecto donde emplearles: la construcción de un muro de un metro de ancho por dos metros de alto que rodease la finca. Una obra suficientemente larga como para mantenerlos ocupados durante mucho tiempo. Y totalmente absurda, aquí no se necesitan muros perimetrales, el propio aislamiento de estos profundos valles lo mantiene defendido. En un tiempo en el que se trabajaba a cambio de techo, comida y poco más, no quería dejar sin trabajo a los hombres que habían hecho posible su grandeza.

Antónia Ferreira se ganó otro sobrenombre por parte de las gentes humildes del Duero, sin duda, más cariñoso, el de ‘la Ferreirinha’, que representaba lo que esta mujer era, una matriarca, audaz pero compasiva cuando se trataba de defender a su tierra y a su gente.

Como grandes crisis son también grandes desafíos, la desgracia de la filoxera hizo que muchos propietarios de viñedos, ante la evidencia de la ruina, comenzaran a vender. Los ingleses, que llevaban ya dos siglos en el negocio del vino de Oporto, vieron oportunidad de negocio y empezaron a comprar, pero cada vez a precios más bajos. La Ferreirinha no solo no vendió, sino que compró, subiendo el precio de compra ofrecido por los ingleses, arriesgándose a entrar en una guerra comercial con ellos que no le convenía. Abordó la situación colocando a sus hombres de confianza en las principales bodegas inglesas de Vila Nova de Gaia, que le pasaban información permitiéndole adelantarse. No solo logró evitar el enfrentamiento, sino que la respetaron más.

Era una competidora de primera y una visionaria, pues, en este momento en el que todos vendían, ella compraba, y a precio justo. Las dificultades que acarreó la filoxera le hicieron comprender que debía diversificar los cultivos y se dedicó a plantar olivos y almendros en las nuevas fincas, que al cabo de un tiempo le dieron buenos rendimientos. Gracias a esta iniciativa, antes solo experimentada en el Duero Superior a pequeña escala, hoy la región cuenta con aceites de una pureza excepcional y es la mayor productora de almendra del país.

Como visionaria que era apoyó firmemente el ferrocarril, que llegó al Duero Superior a finales del siglo XIX, paliando su aislamiento y mejorando las oportunidades de transporte de sus materias primas. La Quinta do Vesúvio tiene apeadero propio en la vía férrea del Duero, una de las más turísticas de Europa en la actualidad.

También promovió la construcción de embalses, que hicieron el río más fácilmente navegable hasta Oporto, transportando sus licorosos en los rabelos y evitando las periódicas inundaciones que se producían en las fincas. La Quinta do Vesúvio aún guarda las marcas de las crecidas del río, alguna llegó a dejar sumergida casi al completo la capilla y las bodegas.

Plantó viñas orientadas al mediodía, lo que se consideraba un error dadas las altas temperaturas del verano, pero logró así mejorar la calidad de sus oportos.

Vivió y trabajó en una tierra donde la enfermedad y las dificultades siempre estaban al acecho, tanto para las personas como para los cultivos. Una tierra, sin embargo, generosa, que gracias al trabajo del hombre da un vino igualmente generoso.

Doña Antonia y los ingleses

En el siglo XVII, los conflictos con Francia hicieron que Gran Bretaña comenzase a importar el vino que consumía de Portugal, pero la larga distancia provocaba que muchas veces llegase avinagrado, por lo que se pensó que si se fortificaba añadiéndole brandy al mosto, el vino se transformaría en licoroso y podría aguantar más tiempo. Así fue como nació el vino de Oporto. La técnica se perfeccionó y este vino gustó tanto a los ingleses que, con su proverbial instinto para los negocios, pronto se convertirían en importadores y, algunas veces, en productores del mismo, estableciendo sus almacenes y oficinas en Vila Nova de Gaia, en la desembocadura del Duero.

La Ferreirinha era consciente de que los productores del Duero se encontraban siempre en manos de los importadores ingleses, que hacían oscilar los precios a su conveniencia. Por eso, ya viuda, Doña Antonia pasó una larga estancia en Gran Bretaña, aprendiendo inglés y nutriéndose de la sabiduría británica para los negocios. Con todo ese bagaje, Doña Antonia volvió al Duero y aplicó las técnicas comerciales adquiridas, forjó una fuerte amistad con alguno de ellos, como el Barón de Forrester, que le ofrecía siempre valiosa información comercial sobre sus compatriotas, lo que Doña Antonia aprovechaba para adelantarse a sus estrategias.

Doña Antonia y el poder

Por dos veces el rey de Portugal le ofreció el título de Condesa do Vesúvio y por dos veces Antónia Ferreira lo rechazó. Ni pretendía formar parte de la élite aristocrática ni se fiaba de la generosidad de la monarquía, sospechando que algo le pedirían a cambio de tal honor. Doña Antonia, que era mujer pudiente, pero de campo, solo se comprometía con su negocio y con el Duero. Por ellos, era capaz de todo, pero no por alcanzar el poder ni contentar a los poderosos.

Tenía bastante influencia sobre las gentes humildes de la región y amenazaba siempre a los poderes civiles con sublevarles, cuando consideraba que éstos no defendían suficientemente los intereses del Duero.

Era muy consciente de que la labor realizada por los que trabajaban en la casa Ferreira alimentaba su fortuna, por eso, siempre fue sensible a las dificultades personales y familiares por las que podían atravesar sus trabajadores, a los que siempre ayudaba con generosidad.

La familia Symington y el Duero

Esta familia con orígenes escoceses, ingleses y portugueses, lleva en el Duero desde 1882, aunque algún antepasado anduviese por aquí ya en los inicios del vino de Oporto, a mediados del XVII. Los cinco actuales propietarios, Johnny, Dominic, Paul, Charles y Rupert, conforman una amalgama de caracteres, culturas y nacionalidades y viven todos en el Duero.

Son los actuales propietarios de la Quinta do Vesúvio y líderes mundiales de Vinos de Oporto Premium, con marcas como Graham´s, Cockburn´s, Dow´s y Warre´s.

La vendimia y los vinos de la Quinta do Vesúvio

La jornada empieza a las seis de la mañana, los vendimiadores trabajan hasta las once, después el calor no permite continuar. Transportan la uva hasta los lagares, comen y descansan. Por la tarde, a las siete, después de una merienda, comienza la pisa de la uva en el lagar.

Cuatro filas de diez personas cada una con los brazos entrelazados, arriba y abajo, a izquierda y a derecha, adelante y atrás, pisan la uva durante dos horas con ritmo cadencioso, coordinados por un director situado frente a ellos. Hacia las nueve de la noche, entran los músicos, ahí la tarea se convierte en fiesta, y los pisadores acaban bailando dentro del lagar.

Después de fermentar durante unos días, se añade una parte de brandy por cada cinco de vino. La fermentación se detiene, permaneciendo azúcares sin fermentar, lo que hace que el vino de Oporto sea dulce. Para los Vintage se elige la mejor uva de añadas de excepcional calidad, el vino envejece en barrica durante un año y, antes de llegar el segundo invierno, es transportado hasta las bodegas de Gaia, donde pasa otro año antes de ser embotellado. En botella pasará un mínimo de 10 años, existiendo oportos Vintage de más de cien. Los Vintage míticos son los de la década de los ochenta. El último año declarado Vintage en la Quinta do Vesúvio ha sido el 2016.

Además de oportos, en esta quinta se producen dos vinos DOC Douro: Quinta do Vesúvio y Pombal do Vesúvio.

Antónia Ferreira, una mujer con nombre propio en el Duero

Con una enorme intuición para los negocios, logró transformar el infortunio en prosperidad. Todo lo que Doña Antonia hizo en el Duero fue con gran sacrificio, pero con orgullo. Murió en 1896 dejando más de treinta viñedos y una enorme fortuna. Multiplicó la herencia recibida, así se había hecho en su familia desde los tiempos de su bisabuelo, José Ferreira; una fortuna que, sin embargo, sus hijos no supieron aumentar ni preservar, vivieron siempre en la ciudad alejados de la tierra.

Antónia Adelaide Ferreira construyó su sueño, consiguió lo que quería siendo Antónia Adelaide Ferreira, no la viuda de António Bernardo Ferreira. El sueño de una mujer con nombre propio en el Duero portugués.

Pero, sobre todo, Antónia Ferreira dejó un gran legado para los emprendedores vitivinícolas de la región y una fuente de inspiración para todas las gentes del Duero.