Sábado, 25 de enero de 2020

El último día

Cultiva la melancolía cada jornada y sabe que lo que acontece no volverá a suceder. No es una mirada de su existencia en clave de Heráclito, no se trata de que considere que todo fluye y que el afán de cada día sea diferente por definición. No es que el gesto no vaya a repetirse, ni que la palabra concatenada de la explicación rutinaria no pueda regresar alguna vez. Tampoco se relaciona con una pose milenarista en la que la mera supervivencia sea un fruto agónico antecesora de la catástrofe. Es la convicción de estar ante algo concluido, con vencimiento cabal y voluntariamente decidido, lo que precipita la interrupción del rito. Toma conciencia preclara de todo.

Asumir, por tanto, que no habrá repetición posible, que la ida al trabajo que ha realizado durante tanto tiempo no se va a dar, que las reuniones se celebrarán sin su presencia. La misma calle que la conduce de un lugar concreto de la ciudad a otro será ajena, nunca la volverán a pedir una cita para elucidar las posibilidades de un proyecto promisorio. Sentir por momentos el poder del demiurgo que decide que habrá pasos que no dará, imágenes que no volverá a ver, palabras que no pronunciará, diálogos que no escuchará. Desplazar las emociones hacia insólitos derroteros, asumir el reto de lo nuevo que pronto será caduco. Reiniciar un camino desconocido, sin volver la vista atrás.

Es entonces cuando sabe que lo que se ha vivido en la hora postrera toma el cariz no solo de lo efímero sino de lo irrepetible. Tampoco se trata de que sea algo banal, ni de que la trascendencia ilumine los derroteros de la acción, quizá sea algo más prosaico, posiblemente también más egoísta. Por ello anda despacio, intentando reconciliar el propósito de la vida, sabedora de que las cosas están tasadas, pero que, en este caso, ella se ha convertido libremente en la tasadora de sus días.

No obstante, todo se enreda ante cualquier fecha del año como pudiera ser un 17 de noviembre. El tiempo es turbio, la grisura que viene del Guadarrama preludia una tormenta de otoño. Deja su casa y tras el trabajo acude a realizar unas gestiones administrativas: quiere que los peques estudien con beca. Los años recientes viene tratándose de una dolencia cardiaca que atiende con cuidadoso esmero. Ha tenido algún sobresalto que otro y vive cobardemente, le dicen, porque no asume riesgos. Sus jornadas monótonas las entretiene la ocupación parsimoniosa y vocacional, como regularmente lleva haciendo años. En el hogar la inercia se adueña de los pequeños rituales: la partida de cartas que mata el tiempo, una tertulia con viejos colegas. Cada día sigue al otro. A veces, la punzada en el costado derecho le asusta, aunque enseguida desaparece, siente alivio. Pero aquel día de noviembre será el último, no lo sabe cuando sale de casa. Su cuerpo yace frío en la Casa de Socorro que medio siglo después es la Casa de México en Madrid.