Jueves, 24 de enero de 2019

Lobos solitarios

Hermann Hesse deslumbró a varias generaciones con una obra que fue una pieza clave en la educación sentimental de muchos. Si bien el escenario que se vivía en Alemania al final de la década de 1920 era muy distinto al que se daba en otros países, el texto supuso un aldabonazo a la sociedad de masas que se venía pergeñando desde finales del siglo anterior. Tras la segunda Guerra Mundial su influjo creció y en cierta medida empató con el floreciente existencialismo que se desarrollaba al otro lado del Rhin. En Estados Unidos, Salinger removía el cotarro de manera similar con El guardián en el centeno. Hesse, como consecuencia de una hemorragia cerebral, murió mientras dormía en 1962 a la edad de 85 años, una existencia marcada permanentemente con ideas suicidas. Durante décadas El lobo estepario creció como una referencia literaria imprescindible dentro de la fecunda producción del autor, un genio del sufrimiento como el protagonista del afamado libro.

Octavio Amorim Neto, un brillante politólogo carioca, aplica el término al recientemente electo Bolsonaro. Alguien que, pese a ser 28 años diputado en Brasil, jamás ha liderado algo que no fuera a su grupo de asesores parlamentarios. Un individuo guiado siempre por un radar electoral preciso y ajeno a cualquier estrategia grupal. Apenas su vinculación con su núcleo familiar, en la esfera privada, y con el gremio militar, al que perteneció en su juventud, le han brindado un nicho de pertenencia a una estructura social; después, la soledad del lobo ha sido el marco de su andadura. No es un caso único en política, pero sí que hay que reconocer su escasa frecuencia y más cuando se alcanza la cima del poder desde el ensimismamiento y sin haber ejercido antes liderazgo alguno. Este se expresa a menudo en diferentes facetas de la actividad profesional y en el terreno del ocio, pero no es el caso.

Quienes no encajan en el mundo en algún instante de su vida o, quizá, durante toda su existencia, pueden tener un perfil permanentemente retraído o, en un momento dado, dar un salto hacia las bambalinas. Entrar en el Teatro Mágico de Hesse, que es la añagaza que presupone la solución a la hora de encontrar sentido a las cosas. Es asimismo el espacio donde se construye un nuevo mundo pendiente de descubrir y en el que lo único relevante es llegar a poderse reír de uno mismo. La entrada es solo para locos y su coste es la razón. Mientras que la escritura silenciosa y solitaria es una opción, el púlpito representa la contraria. Un trasfondo perplejo, sin embargo, parece construir un hiato: la consideración de que el tiempo y el dinero pertenece a los mediocres y superficiales se adueña de la primera, a la vez que es imperio de la segunda la alharaca y el ruido compañeros del anhelado éxito, por mucho que durante largo tiempo fuera impredecible. La soledad de la estepa es irremediable, pero los lobos no son lo que eran.