Viernes, 19 de octubre de 2018

¡Lo que ve el que vive!

Nadie duda de que el señor Macron, actual presidente de Francia, con su sola presencia, dé la talla como hombre bien educado, elegante -la revista “Le Point” informó que en 2017 el mandatario había gastado 26.000 euros en maquillaje-, culto, refinado de modales y con posibles (lean autores del 98), o sea, una joya de yerno para cualquier suegra si no estuviera felizmente casado.

Esta es la imagen que ofrece y con ella nos quedamos. No hace falta acudir a la Wikipedia. Además, como es mi caso, por esa bendita hemeroteca que es la memoria, recordarán ustedes unas imágenes de telediario, a los pocos meses de ser nombrado presidente, en las que el señor Macron se daba entre la plebe un baño de gloria y, sin poderlo evitar, se encaró con un joven que le había llamado “Manu”, por lo que tomó la muleta y la solución del señor Macron, en términos taurinos, le acarreó división de opiniones, ya que otro dirigente cualquiera se hubiera echado al lado y recordando el curso de primer año de Refranero hubiera aplicado lo de “no hay mayor desprecio…”.

Pero claro, con las cámaras presentes y por lo que había ‘estudiao’, cómo iba a dejar pasar la oportunidad para dar una lección al chico y decir a cuantos le escucharan que él, con 40 años, era el presidente de su país y como tal merecía un tratamiento a la altura de su cargo. Por tanto, se despachó a gusto y, como hemos dicho, parte de la opinión pública se puso de su lado y otra parte le recordó que al no ser un insulto era un plus que lo incluía su sueldo.

Aquello quedó para su biografía y no ha tenido mayor trascendencia hasta la semana pasada, en la que durante otro paseo un joven se le quejó de la falta de trabajo, con lo que al señor Macron -que hizo su carrera política en el Partido Socialista y en el 2016 dijo que él era un político honesto “y esa honestidad me obliga a deciros que ya no soy socialista”-, le salió el neoliberal que lleva dentro y muy ufano le contestó: “yo le aseguro que paso con usted hacia la otra acera de la calle y le encuentro cuatro o cinco empleos, seguro”. (¿Gratis, o a qué precio?).

Ahí quedó la promesa y, por educación, sabiendo el joven que era una apuesta retórica sin ánimo de recibir respuesta, por suerte para don Emmanuel Macron no le tomó la palabra, pues dudamos si aquel que le llamó “Manu” hubiera actuado de igual forma y no le hubiera retado con un “acepto”.

Dejamos de momento al señor Macron y nos solidarizamos una vez más con la actitud de nuestro emérito presidente señor Rajoy en el incidente con un pontevedrés delincuente zascandil que en un paseo por su ciudad le dio a traición una bofetada y le rompió las gafas, y don Mariano con su porte tranquilo puso la solución de la tropelía en manos de los de seguridad, pero nosotros, al dudar si lo nuestro tiene que ser siempre lo malo, ¿quién sabe si don Emmanuel no lo hubiera hecho mejor al salir tras él y devolverle la bofetada? Pero no lo compro.

Estos gestos de confundirse entre la gente y presumir de normalidad no todos los dirigentes los llevan con naturalidad -quizás nos tendríamos que remontar a don Enrique Tierno-, así, como último ejemplo, la semana pasada salió al ruedo español el presidente de la Generalitat señor Torra, conocido como de la familia, pues ya saben que desayuna, come y cena con nosotros desde los telediarios y no necesita presentación. Por tanto, nos vamos directamente al hecho que le trae a este artículo:

Un grupo de jóvenes del CDR (Comité de Defensa de la República) se manifestaba en su presencia y, sin ningún pudor, acercándose a ellos les dijo: “apretad, apretad…”, y eso para muchos tuvo la interpretación de “pegarle a los nuestros”, pues al ser manifestaciones no autorizadas todo el mundo describe ese “apretad” como un presunto “desobedeced y darles leña a los mossos d’Esquadra”, o sea, a la Policía catalana. ¿O no?

¿Es cosa de niños? Estos despropósitos me hacen volver a la infancia y recordar una exclamación extremeña: “¡Lo que ve el que vive!”