Miércoles, 19 de septiembre de 2018

Desvarío

Me cuesta confrontar el inicio del curso cuando pretendo poner el cuentakilómetros a cero. Tener una idea cabal de los distintos signos que hay a mi derrotero, sean en el ámbito público o en el terreno privado, e interpretarlos para ser consciente de lo que se avecina. Posiblemente lo que me ocurre es una combinación del desgaste que supone la inercia de ciclos circulares con el paso imponderable del tiempo. Además, las expectativas están bajo mínimos por el hecho, quizá, de tratarse de mi último curso. Sí, me resulta laborioso configurar un escenario promisorio, aquí y acullá.

En Argentina han preguntado a la gente si prefería que terminase la corrupción o que mejorase la situación económica. Un 51 por ciento contestó que era mejor acabar con la primera mientras que un 46 por ciento respondió que prefería que mejorara la economía. Una profunda división en partes casi iguales que no es una grieta ideológica ni política. Es una crisis de valores expuesta casi obscenamente. Representa a una parte significativa de la sociedad que explica por qué se pudo robar tanto durante tanto tiempo. Pero vuelvo la vista atrás, a cuarenta años justos, la primera vez que visité el país, y me digo que nada cambia.

Dentro de nueve meses se celebrarán unas nuevas elecciones municipales, autonómicas y europeas ante las que los partidos afinan sus candidaturas. La rendición de cuentas de quienes estuvieron en el poder y en la oposición, las nuevas promesas proyectadas en los programas, los cambios sociales registrados y forjados en formaciones veteranas y otras de cuño más reciente, configurarán los argumentos de esos procesos que apenas si supondrán un jalón en la vida política de los últimos cuarenta años del país. Unos comicios que, salvo el permanente sobresalto catalán, son pura rutina.

En la Universidad, un año más, ha habido problemas para asegurar las matrículas de quienes quieren venir a estudiar posgrados desde fuera del país. Al sinfín de trabas procedimentales se une la decisión de cerrar a cal y canto la actividad administrativa en agosto. Nadie responde, los días pasan y decenas de estudiantes se van a otras universidades. Ese calvario es aun más penoso para quienes quieren venir a estudiar cualquier grado desde su inicio. La desidia general es ingrata y a veces tiendo a pensar que estamos peor que hace un cuarto de siglo cuando llegué a pesar de tantos esfuerzos dispersos.

Entre todo ello, sin embargo, me produce un especial desvarío la reiteración de viejos comportamientos que adquieren el carácter de pantomima. Maneras que vuelven a representarse una y otra vez y que suponen una mezcla extraña de provocación y de ansiedad. El incumplimiento de la palabra, la mentira, la deslealtad, la incompetencia y la falta de compromiso constituyen un pentagrama de una sinfonía que hace más cuesta arriba el retorno, superponiéndose unas sobre otras las cicatrices labradas en la vida. El curso que comienza testifica sin piedad el fluir insoportable de obstáculos, situaciones melifluas, desinterés, conflictos pendencieros y mal encarados.