Miércoles, 22 de mayo de 2019
Ciudad Rodrigo al día

Loquito por sus huesos

Su ayuntamiento es un sindiós, sin cuentas, ni gestión, ni amo, y que su único éxito es dejar en ridículo a toda la comarca

Son muchos los amigos y conocidos que, durante estos días, y en las oleadas ya superadas, me han llamado o escrito preguntando por este alcalde que aparece en las televisiones pidiendo para su pueblo los restos de Franco. He intentado, en la mayoría de los casos sin éxito, explicar el carácter del personaje, cuyas declaraciones y pretensiones únicamente son capaces de ponderar quienes le conocen, porque desde su insignificancia podrían parecen propias de un delirio, cuando en realidad son puro histrionismo.   

Cuentan las malas lenguas que todo comenzó durante las fiestas de la aldea, en la guarida del susodicho, quien inició sus elucubraciones afectado por el vino y rodeado de animosos compañeros de fatiga. Tras la exaltación de la amistad, rebosaría la apología del franquismo y se encomendaría a una nueva cruzada. Llegada la resaca, muy macho y mesetario, más vale, habría pensado, quedar por facha que por cobarde, y sin consultar a nadie más que a su aguerrido séquito, optó por convocar a la prensa y dar cuenta de la ocurrencia.

Y así es como German I de Águeda y V de Ciudad Rodrigo (en paralelas listas del PSOE) pulula por los medios mendigando los huesos de un dictador. La propuesta es infame por sí misma, risible y esperpéntica, pero más insultante aún para quienes, a día de hoy, siguen intentando localizar los restos de sus familiares a escasos 6 kilómetros, en Pedro Toro.

Flori(n)do, pero no muy cultivado, probablemente no haya caído en la cuenta de que su pequeña pedanía no tiene cementerio, ni él posibilidad administrativa de hacer nada de lo que dice. Más aún, que su ayuntamiento es un sindiós, sin cuentas, ni gestión, ni amo, y que su único éxito es dejar en ridículo a toda la comarca. Una de esas en las que no hubo guerra, solo exterminio militante, destrucción sin miramientos y sufrimiento acallado por el hambre, la ruina y el miedo.

Quienes estamos en el activismo por la memoria democrática mantenemos estos días una sensación agridulce. Saboreamos el caramelo de ver que hay avances, aunque limitados (mucho se dice de Franco, poco de Primo de Rivera), que permiten transitar por el camino de la normalización democrática del país. La reacción no se ha hecho esperar y a los manidos argumentos a los que nos tienen acostumbrados se une ahora el de “que no es algo importante”, como si las salidas de tono y los aspavientos de la derecha no demostraran que, a pesar de todo, le dan mucha importancia. Y, sin embargo, se mueve.

Por contraste, observamos con pavor la extensión del fascismo en discursos, prácticas e imaginario colectivo. La ola desbocada de racismo, las loas a regímenes criminales y la amplificación de un discurso atávico y trasnochado, pero existente.

La prensa no está exenta de culpa. Si una bandada cacarea en los platós de forma abnegada las virtudes del franquismo es porque tal cosa se permite, promueve y alienta. Porque serán botarates, eso nadie lo duda, pero en todo caso botarates franquistas a quienes se está dejando micrófono, cámara y millones de espectadores. 

Entretanto, Germán sigue loquito por los huesos de un asesino, y sus vecinos no saben si tomarlo en serio o a chufla, pues en el fondo no es más que un reflejo de lo que les rodea. Una imagen en un espejo, no sabemos si cóncavo o convexo.

Domingo Benito