Jueves, 20 de septiembre de 2018

No es venganza, sino justicia

Profesor de Derecho Penal de la Usal

Siempre se ha dicho que la derecha política democrática en España no es corresponsal de los mismos principios y valores que los partidos conservadores europeos que han participado y participan del gobierno de los países más avanzados del mundo. En cuestiones sociales, por ejemplo, es difícil imaginar un partido conservador que gobierne o haya gobernado países como Reino Unido, Alemania, Francia, Italia o Suecia (por hablar de algunos de los países más avanzados política, social y económicamente del mundo) que tenga dentro de su programa electoral derogar o restringir la legislación de despenalización del aborto consentido, prohibir el divorcio o actuar contra la ideología de género o los derechos del colectivo LGTBI, como están haciendo los nuevos líderes del PP capitaneados por Pablo Casado.

A este respecto, la nueva sabia “popular”, ataca al feminismo calificándolo de “un colectivismo social que el centro derecha tiene que combatir”, siguiendo las teorías rancias y ultra católicas de colectivos como HazteOir, que califican la ideología de género como “el totalitarismo del siglo XXI” y reivindican, como lo hace Andrea Levy, la vuelta a la legislación de despenalización del aborto de 1985 en un acto de hipocresía sin precedentes, porque los que tenemos algo de memoria histórica sabemos que aquélla derecha se posicionó radicalmente en contra de aquélla regulación del aborto por el sistema de indicaciones que, incluso, recurrió ante el Tribunal Constitucional.

Tampoco es fácil imaginar un partido conservador democrático europeo que ensalce a líderes totalitarios (Hitler, Mussolini o Stalin), que tantos millones de muertos, sufrimiento, hambre y exilio generaron en el pasado siglo XX. Es más, en algunos países, como Alemania, ensalzar la figura de Hitler y el nazismo o en Italia, la de Mussolini y el fascismo, son conductas tipificadas como delito en los respectivos Códigos Penales. En cambio, la derecha española, sobre todo la del PP, está mayoritariamente unida, sociológica y políticamente a la figura del dictador Franco. Y alguno de sus gobiernos (el de Aznar), subvencionó con dinero publico (dinero de todos los ciudadanos) a la Fundación Nacional Francisco Franco. En los países antes mencionados sería inimaginable que en el funeral de un familiar directo de un ministro del gobierno, se hiciera apología del nazismo o el fascismo, brazo en alto, como pasó en España en la celebración de los funerales de Utrera Molina, suegro del ex ministro Ruiz Gallardón.

Indudablemente, si los partidos conservadores democráticos de los países europeos más avanzados no apoyan la figura de ningún mandatario totalitario (fascista, nazi o comunista), no digamos defender una edificación símbolo,  estandarte e icono de los años de vino y rosas en los que gobernaron los respectivos genocidas; construida, además, a sangre y fuego, en un régimen de esclavitud por los vencidos en la contienda. En absoluto. Algo que no ocurre en España, donde esa derecha del PP unida por el cordón umbilical al franquismo, sigue defendiendo la pervivencia del gran monumento de la infamia: El Valle de “los Caídos por Dios y por España”, los caídos de uno de los bandos, los vencedores, que es lo que desde 1959, en que se inauguró, ha representado siempre; más aún desde que allí reposan los restos mortales del general Franco, que abanderó la Rebelión contra el régimen democrático constitucional republicano, provocando una guerra “incivil” en la que murieron cientos de miles de personas de ambos bandos (todos eran españoles, todos eran hermanos e hijos del mismo sol, participes de las mismas tradiciones, costumbres, lengua e idiosincrasia y herederos de la misma historia), y que ya, en tiempo de paz, masacró vilmente a los vencidos, ordenó decenas de miles de ejecuciones en las cárceles y fuera de ellas, y persiguió a los exiliados políticos más allá incluso de nuestras fronteras, con la colaboración del ejército nazi tras su invasión de Francia y el destino de muchos de esos exiliados a campos de concentración nazis, como Mauthausen y Dachau.

Hace ya cuatro años el Relator especial para la promoción de la verdad, la justicia, la reparación y las garantías de no repetición, de la ONU, Pablo de Greiff, urgió a España a incrementar los recursos que se destinan a las víctimas de la Guerra Civil y el franquismo, a dejar sin efecto la ley de Amnistía, de 1977 y a reconsiderar el futuro del Valle de los Caídos, porque no se trata de un asunto de política partidista, sino de política de Estado. Es, a todas luces inconcebible en un Estado Social y Democrático de Derecho, que exista un edificio que sigue ensalzando un régimen dictatorial que, además, tiene enterrado allí a su máxima figura, mientras aún hay más de cien mil desaparecidos del otro bando, el  republicano, que están indignamente sepultados en infames fosas comunes, en cunetas, como si no hubieran sido seres humanos, sino animales salvajes.

El Valle de los Caídos debe ser en el futuro un monolito a la memoria de todas las víctimas de la Guerra Civil y a la de los que fueron vilmente asesinados en ese supuesto tiempo de paz, en el que, por desgracia, no sólo no hubo paz para los vencidos, tampoco hubo ni piedad, ni perdón. Para eso debe servir el Valle de los Caídos, para dejar claro las barbaridades que se cometieron, por los dos bandos en tiempo de guerra, por supuesto; pero sólo por uno, el vencedor, en tiempo que si hubiera sido de paz como lo designó el régimen genocida de Franco, no se hubieran cometido. Un monolito al que visitar y poder pedir: ¡POR FAVOR, QUE NUNCA MÁS VUELVA A OCURRIR!

Por tal motivo, es coherente y sensato exhumar a Franco de este monolito. Esto no es venganza, sino justicia. Franco fue un ser humano como todos y, por tanto, tiene la dignidad inherente a todo ser humano, no lo olvidemos, sujeto de derechos, que cuando fallece debe tener un funeral digno y sus familiares tienen derecho a honrarlo como se merece; insisto, como un ser humano más, como los más de cien mil cuerpos de otros tantos seres humanos que aún siguen enterrados en la ignominia del infame anonimato sin que sus familiares hayan podido celebrar los ritos funerarios a los que tienen derecho.

Por todas estas consideraciones, no llego a entender que partidos de la derecha democrática, como el PP, no apoyen la exhumación de Franco del Valle y su traslado al cementerio que los familiares designen. Y, desde luego, lo más incomprensible de todo es la postura de Ciudadanos, que hace tan sólo un año apoyaba la medida y ahora ha cambiado de opinión. Allá ellos.