Viernes, 17 de agosto de 2018
Ciudad Rodrigo al día

Contra la desmemoria republicana, “archivos vivientes” (7): Natividad Calzada Blasco (in memoriam)

Nació el 16 de agosto de 1932 en Abanto y Ciérvana (Vizcaya) y falleció el 17 de febrero de 2018 en Robleda

Natividad Calzada Blasco (“la Nati”, para sus numerosos amigos) era un “archivo viviente” discreto y permanente, siempre presente en el entorno familiar del encuestador, vecina de toda la vida. Desde 2007 mostró su plena solidaridad con el deber de memoria histórica, que siempre había cultivado, asistiendo a los actos conmemorativos hasta que le faltaron las fuerzas.

Nació el 16 de agosto de 1932 en Abanto y Ciérvana (Vizcaya) y falleció el 17 de febrero de 2018 en Robleda. Sus padres se llamaban Francisco Calzada Sánchez y Justa Blasco Iglesias, ambos de naturaleza extremeña, el primero nacido en Gata (hijo de Felipe y Aniceta) y la segunda en Villamiel (hija de Alejandra y padre desconocido). Cuando vino al mundo, en el hogar de dicho matrimonio ya había tres varones y una niña: Julio (1918), Agustín (1922), Cirilo y Eusebia. Estos datos y otros relativos a su biografía y a su grupo de parentesco son tributarios de la información de sus hijos (principalmente, Tomás Mateos Calzada).

La familia se asentó en Robleda poco antes de la guerra civil, procedente de Gata. De ello se deduce que al menos el matrimonio y los tres primeros hijos emigraron al País Vasco durante la Monarquía, quizá en busca de trabajo en la explotación del mineral de hierro, que desde el tiempo de los romanos se extraía en el territorio del actual municipio de Abanto y Ciérvana, pueblo que en el antiguo régimen formaba parte de la comarca de Las Encartaciones, en el Valle de Somorrostro, de todos conocido por sus minas. Se ignora el motivo del regreso de estas  personas a Gata y su traslado a Robleda, donde no tenían bienes ni parientes conocidos.

El encuestador recuerda al matrimonio de Francisco y Justa, así como a los hijos más pequeños de la fratría. Además de buenos mozos, muy por encima de la estatura media robledana, quizá al principio los recién llegados se distinguirían por el deje “serrano”, propio del dialecto de la Alta Extremadura, que Cirilo y Natividad no conservaron. Vivían en “el barrio del Portugalillo”, un nombre que, por pura ironía del destino es homónimo de Portugalete (Vizcaya), población cercana al lugar de nacimiento de Nati. En este apéndice del lugar de Robleda vio la luz el mismo encuestador, en parte gracias a las habilidades como parteras de “tia Justa” y  otra vecina  (“tia Margarita”) de Mª Antonia Ovejero. Allí vivían unos quince vecinos hermanados por el hambre (incluidos algunos cainitas), que sobrevivían gracias al mísero contrabando con Portugal, que practicaban hombres y mujeres jugándose la integridad física e incluso la vida, porque los guardias civiles, conocidos algunos, tiraban a dar (sobran ejemplos en los pueblos de la Raya). De ahí le venía la sobrehúsa a la calle del Rincón.

No es seguro que Cirilo y Natividad Calzada participaran en este ruinoso comercio ilegal. El cabeza de familia, “tio Quico el Albardero”, hombre siempre serio, quizá porque la experiencia vital no le hubiera dado muchos motivos de alegría,  ejercía el oficio que motivaba su sobrenombre y otros trabajos análogos. Sabía pelar los burros y demás caballerías. Pero no tenía tierras ni ganados. En esas condiciones vivir requería mucho arte e ingenio. Los hijos mayores contribuirían a la economía doméstica como pudieran y mientras les dejaran. Todas las personas de la familia se beneficiarían de la principal industria del Portugalillo, la cestería derivada del berceo o berecéu, planta gramínea (stipa gigantea, la cual crecía en las barreras o riscos  de los ríos y desarrollaba una caña llamada paja zorra, con una espiga parecida a la de la avena). Esta labor, a falta de beneficios dignos de tal nombre, daba mucha ocupación, entre arrancar los manojos, enrollados en un palo, limpiarlos, una vez secos, preparar la trenza ancha (de siete manojos), a partir de la cual se elaboraba otra más fina (de tres manojos) para coser la primera en función de los productos elaborados: serones grandes (para el transporte de los productos hortícolas o del estiércol), aguaderas, esteras o alfombrillas (que algunas mujeres usaban hasta en la iglesia), pequeños serones (para el transporte de los barriles o botijos). Con el tiempo, Nati llegó a ser una especialista en esta artesanía del berceo y otros saberes análogos, que supo transmitir a quienes estuvieron dispuestos a beneficiarse de ellos, empezando por su hijo Tomás.

En 1936 su hermano Julio, con 18 años, había elegido otro medio de ganarse la vida y no iba mal encaminado, pero no consiguió su objetivo. “Era peón de albañil, cuando lo detuvieron y lo mataron”, resumía su hermana menor, que cuando sucedieron los hechos tenía cuatro años y, obviamente, no estaba en condiciones de entender lo que se cocía en el pueblo. Después se enteró de lo esencial, pero, probablemente, nunca llegó a medir los efectos de la pérfida culpabilización de su hermano y de otras víctimas, llevada a cabo por “algunas personitas” hasta no hace mucho, mediante bulos infundados, para así blanquear sus mezquinas conciencias. Julio estaría afiliado a la Casa del Pueblo, que gestionaba la bolsa del trabajo. Y la Casa del Pueblo era la antesala del Infierno para el Párroco de Robleda, un “cura fascista” declarado (por lo que algunos padres no tenían prisa en bautizar a sus hijos), que se tomaba por un mártir o poco menos. En su oposición frontal contra los jornaleros sindicalistas y republicanos reformistas le ayudaba un grupo de ultracatólicos, ex seminaristas algunos, labradores aspirantes a ricos (integrados en el sindicato de los “Agrarios”) y un pequeño industrial, para quienes la normativa laboral republicana (jornada de ocho horas y salarios convenidos) y, por supuesto, la libertad de culto, debían de ser horribles herejías. Pero lo que más les dolía eran los conatos de “romper”  (roturar) y parcelar  las dehesas boyales, que eran la parte más sustanciosa de los antiguos baldíos comunales, cuyos beneficiarios eran ellos mismos casi en exclusiva. De allí provino la famosa canción “Que rompan la Jesa Arriba” (Iglesias,  “El folclore fue historia vivida: Que rompan la Jesa Arriba”, Carnaval, 2010, pp. 355-361).

Los testimonios que emanan de este grupo, no siempre con fundamento, relacionan a los sindicalistas, entre los cuales contaban a Julio Calzada, con tres o cuatro episodios que tuvieron cierto relieve en la primavera de 1936. Según los mismos, el delito más horrendo había sido la entrada en la iglesia parroquial el día 15 de marzo de 1936. Los profanadores entraron por un agujero practicado en una pared del edificio y su objetivo habría sido el robo, pero nunca se ha señalado inventario alguno de los objetos robados. Los aludidos derechistas de entonces y de ahora han responsabilizado de la profanación al alcalde frente-populista Fermín Mateos, que la habría fomentado o tolerado. Pero esta acusación cae por su propio peso, pues todavía no había sido nombrado para el cargo cuando se produjo el hecho. Los izquierdistas denunciaron el caso como una provocación, pues el maestro albañil (“tio Quico Culpa”), al reparar el destrozo, se habría dado cuenta de que se había producido de dentro a fuera. Julio Calzada, que trabajaba de peón con dicho albañil, sería  de los primeros en descubrir el pastel y en cantar una coplilla que, según las memorias del falangista José Zato (1997: 36), circulaban por el pueblo y en las que se menciona al Párroco y dos de sus más fieles feligreses como autores inductores: “Desiderio” y “José el Pintor” (Iglesias, Represión: II.10, y notas). Por lo demás, los loritos que siguen vertiendo los bulos apuntados ignoran que el Cura y Desiderio no tenían por fervientes cristianos al Secretario del ayuntamiento y a su hijo el escribiente (los máximos responsables locales de la represión) y quizá no pensaran que las coplillas fueran forzosamente de factura izquierdista.

A nivel local, la fabulación que más afectó a Julio Calzada fue el famoso episodio del “toro Rizado”, que también dio materia para cantares y pullas (Iglesias, “El folclore fue historia vivida”). La gestora nombrada por el gobernador civil de Salamanca (FP) decidió que, en vistas de que uno de los “toros de villa” (propiedad del ayuntamiento) era un animal viejo y pesado, poco apto para su función de semental, se sacrificara para carne y la gente pobre sacara el cuerpo de mal año, al menos el día de la fiesta patronal del pueblo (San Juan, 24 de junio). Esto resultaba una afrenta imperdonable para los propietarios de vacas cerriles (holgonas), porque, si en el anecdotario se citan casos de “riquinos” que utilizaban los servicios de los criados para asegurarse herederos (un remedio muy de derechas e incluso muy monárquico), es fácil de suponer cómo les sentaría que sus vacas se quedaran jorras. El toro en cuestión fue corrido en la capea, lo que el animal aprovechó para escaparse hasta que presuntamente la Guardia Civil acabara con él. Y los mozos (entre ellos Julio “el Guapo”) volvieron, exhibiendo sus atributos y burlándose de los dueños las vacas. 

El tercer episodio ya no tuvo nada de folclórico. El día 10 de agosto empezaron a ser llamados a  filas  los quintos de los reemplazos de 1933, 1934 y 1935 para el ejército rebelde, lo que dio motivo a un “tumulto” en la Plaza. Los sindicalistas y algunos de los que se sintieran afectados por la medida se opusieron a la salida e incluso consiguieron que bajaran de los vehículos los que estuvieran embarcados. Hubo zarandeos y palabras mayores (“No montan en la camioneta porque lo manden los maricones”, C. 728/37: f. 122). Para los militares sublevados contra la República este hecho era una rebeldía en toda regla contra ellos, que podía tener malos efectos si cundía el ejemplo (ver detalles en “la croniquilla” del 13 de agosto de 2016; Inf.R/36C.1233/37, Zato 1997, Iglesias 2008a).).

Según la versión de Bernardo García, brigada de Carabineros, dos días o tres después de la “protesta”, es decir el día 13 de agosto, se presentó en Robleda un capitán de Carabineros de Ciudad Rodrigo, sin duda Marcelino Ibero, con fuerzas de su Cuerpo y Falangistas (al frente de los cuales ahora se sabe que iba Ernesto Bravo Rivero, Jefe de Milicias, y seguramente también Agustín Calzada Hernández, jefe comarcal de Falange), y se llevó a cuatro de los seis detenidos, soltando a los otros dos, pero apresando las mencionadas fuerzas a otros tres “por ser de la directiva socialista”. Uno de los buscados se fugó (Julián Ovejero). Gracias al testimonio de Laureano Enrique (“Roque”) en 1938, se conoce con detalle lo que se globalmente se sabía por la tradición oral (de Nati incluida). Estos vecinos robledanos formaron parte de la primera tanda de asesinados. Fueron sacados en dos vehículos y su destino quizá sería para todos ellos la finca de Castillejo de Huebra, a más de cincuenta kilómetros de Robleda, pero los “conductores” de uno de ellos no acertarían con el paraje (Isabel Mateos, 2007). De modo que cuatro cautivos fueron asesinados la noche del 13 de agosto en el término de Boadilla, en cuyo cementerio fueron enterrados: entre ellos Julio Calzada Blasco  (Iglesias 2008a: 166, 177).

Natividad Calzada empezaría a tener conocimiento de cómo había afectado a su familia la represión franquista por el tiempo en que asistiera a la escuela, porque ella y sus hermanos, a diferencia de otros muchos niños de su edad, recibieron instrucción elemental: leer y escribir, las cuatro operaciones aritméticas fundamentales. Pero en la escuela no se hablaba de las tragedias familiares, sí de la patria y las glorias imperiales, aunque casaran mal con la realidad palpable de la década de los cuarenta. Quien no haya conocido aquella época, difícilmente podrá imaginar lo que realmente suponía sobrevivir en los años del hambre, sin atención médica, sin higiene; en la promiscuidad; soportando el frío invernal, mal vestidos, y los calores extremos del verano; trabajando desde la infancia en labores superiores a las fuerzas y mal alimentados. Para quienes solo han conocido el término municipal cubierto de pinos, salpicado de robles y encinas, baste recordar que en la posguerra casi no había pinares todavía, las encinas tenían dueño, el monte de roble estaba guardado y por los caminos no había escobas ni serojas secas, solo zarzas y espinos que se rozaban para las porteras y las paredes de los huertos. En las casas de los pobres faltaba la leña para calentarse. Contaba Anastasio Mateos (“Tasio”) que los chiquillos y  mozalbetes del Portugalillo  iban de noche a robar los tapijos de las fincas cercanas (cuyos dueños solían abastecerse por el mismo procedimiento). En estos antecedentes está arraigada la estampa habitual de Nati, de silueta alargada y con su perrita al lado, volviendo del paseo con alguna rama, varizo de pino o cualquier otra cosa que sirviera de encendaja.

A corto y medio plazo, sin duda la represión condicionó el devenir de la familia Calzada. Los hijos mayores se casaron con forasteros. Agustín se asentó en El Sahugo (1948), donde vivió hasta que emigró a Francia (1953), al principio de la gran diáspora. Eusebia se casó con un vecino de Fuenteguinaldo y allí falleció en fecha temprana. Cirilo, que heredó  el oficio paterno de albardero, y Natividad vivieron y fenecieron en Robleda (2006 y 2018, respectivamente). Esta última no volvería a efectuar ningún viaje migratorio comparable al que le llevara en sus primeros años del País Vasco a Robleda, pasando por Gata. A excepción de una ida a Francia, para oficiar de madrina en la boda de una sobrina, casi no saldría del pueblo, siempre ocupada en labores domésticas propias o ajenas (entre las cuales se incluían las faenas agrícolas, el acarreo de leña y otras similares).

El 5 de junio de 1955 se casó con Tomás Mateos Sánchez (nac. 1930), hijo de Saturnino y Nicolasa, nieto de Andrés Mateos y Juana Mateos, por vía paterna,  y de Mateo Sánchez y Rosalía Gonzalo por el lado materno. Tenía una hermana (Rosalía) y un hermano (Pedro) y había perdido otra hermanita en un accidente doméstico. Sus padres eran pequeños labradores, de modo que Tomás y sus hermanos tuvieron que prestar servicios en las dehesas del otro lado del río Águeda, él concretamente en la finca de Pascualarina (El Bodón). La situación laboral de Tomás no cambió con el nuevo estado civil, cuando los recién casados se asentaron en la parte de la calle de la Guaña conocida como “La Solana". Allí nacieron  sus tres hijos: Justa (1956), Pedro (1959) y Tomás (1963). Este último prácticamente ya no llegaría a conocer a su padre, que falleció a sus 33 años, cundo él mismo tenía 9 nueve meses.

A falta de la emigración al extranjero, Nati efectuó por necesidad un trasiego corto, sin salir de la misma calle de la Guadaña, para hallar cobijo en casa de sus suegros. Estos residían en la famosa “Calleja” sin salida, cuyo tramo no sobrepasaría los cuarenta metros de largo, pero en los años cincuenta daba entrada a cuatro hogares densamente poblados: el de tio Antonio y tia Esperanza “la Curandera”, dos hijos; el de Juan y Mª Antonia, cuatro hijos y una sobrina huérfana; el de tio Saturnino y tia Colasa, dos hijos solteros y dos nietos; y el de Manuel Pardal y su esposa Marcelina, con cinco niños. A pesar de su exigüidad, tanto que solo era viable por un lado y para peatones y caballerías, la Calleja era un espacio muy acogedor, porque, aparte de los inevitables malentendidos, sus vecinos se respetaban y se llevaban bien. Los fines de semana aquel espacio se abría para los clientes de la barbería de Manuel, de modo que era de los más transitados en Robleda.

Allí fue a parar Nati con sus hijos huérfanos en los años sesenta y allí vivió hasta el fin de sus días, descontados los meses que pasó en la residencia de ancianos. Dentro de su desgracia, podía haber caído con un hospedaje más rudo. Tio Nino era un abuelo cumplidor de su papel tutelar; nunca volvía sin el burro cargado, en invierno de leña, en verano de frejones o de lo que fuera. Falleció en 1967, a sus 76 años.  Tia Colasa imponía por su físico y por su carácter. Una mujer fuerte que, después de haber perdido a una hija y un hijo, tuvo arrestos para ayudar a criar a sus nietos. Al filo de los años setenta Justa, Pedrín y Tomasín eran unos niños formalitos. Su madre les había explicado que “nunca les daría un padrastro”, aunque podría haber “rehecho su vida”, como (no sin mucho optimismo) se decía antaño. Pero a su vecina Josefa Mateos (Pepa), también le contó que en ningún caso estaba dispuesta a dejar sola a su suegra, con quien convivió nueve años (Nicolasa Sánchez falleció en 1973; había nacido en 1898). Y su solidaridad alcanzaba a las vecinas, en particular a la citada tia Esperanza que, a pesar de sus numerosos clientes, también se fue quedando sola, debido a la emigración de sus hijos.

En consecuencia, Natividad Calzada tuvo que bregar sin descanso para sacar adelante a sus hijos, aunque el contexto social ya no fuera tan precario como veinte años atrás. Al quedar viuda tuvo que redoblar los servicios domésticos, que ya de antes practicaba: enjalbegar las casas, lavar la ropa del agente forestal y los maestros (para lo cual a veces en invierno había que ir al río y eventualmente romper el hielo en el Vao Muñina), ir de jornal a cavar patatas y otras faenas agrícolas. Durante un tiempo se ocupó del comedor escolar y de la limpieza de las escuelas. Todo esto lo hacía bien y sin quejas de nadie. Y no por ello descuidaba los trocitos que sus suegros sembraban o ella misma arrendaba. Los cuidaba con tal esmero que, si había bonanza ayudaba a brotar las patatas y los frejones, y si empeoraba, los volvía a enterrar. Su recreo eran las plantas florales, con las que engalanaba su corral y la Calleja, con las que en fechas bien elegidas también preparaba los ramos que ponía junto al listado de víctimas republicanas en el monolito que les está dedicado, sin llamar la atención.

Nati pasó por la vida haciendo el bien, como hija, esposa, madre y  vecina. Sin meterse en vidas ajenas, era afable y hasta cariñosa en el trato, solidaria y generosa. En el archivo de su memoria no había una información copiosa, pero estaba al corriente de la tradición local que transmitía lisa y llanamente, sin dar pábulo a comidillas irrelevantes. En el recuerdo del investigador hay un lugar especial para esta mujer que era, “en el mejor sentido de la palabra, buena”.